Celia G. Naranjo | Miércoles 12 de agosto de 2009
Ahora resulta que no. Que Antonio, la pareja de la mujer asesinada junto a su bebé en un piso de Retiro, ese hombre "desequilibrado", "que tomaba muchas pastillas", "muy inestable", "un poquito retrasado" y "agresivo", en realidad siempre fue una persona "tranquila y afable".
Los autores de esta noche y este día descriptivos son los mismos, los vecinos de la pareja, que solo necesitaron unas horas —y enterarse de que la Policía no albergaba sospechas sobre él— para cambiar radicalmente su versión ante la prensa.
Es lo que tienen la conmoción, la consternación y la estupefacción vecinales que acompañan a este tipo de sucesos. A no ser que los protagonistas lleven una relación estrecha, profunda y amistosa con los vecinos —cosa bien poco frecuente en esta nuestra Comunidad—, no tienen más remedio que basar sus opiniones en fugaces momentos de convivencia forzosa en el ascensor o en la escalera con los infortunados.
En estos casos, el tono con el que el aludido haya pronunciado los "buenos días" en las últimas semanas, la expresión de su cara al subir con las bolsas de la compra o la prisa con la que acostumbre a salir a la calle se convierten en detalles vitales para formarse una idea de su personalidad. Es a esto a lo que recurren cuando tienen que verter una opinión fundada 'de vecinos' ante las cámaras y los micrófonos, nada más enterarse de un suceso trágico. De esos que, por supuesto, nadie puede nunca imaginar que pueda ocurrir algún día en el piso de enfrente.
A pesar de que nuestras casas cada vez son repúblicas más independientes y nos interesa cada vez menos la vida del prójimo, los últimos supervivientes de Radio Patio se empeñan en combatir este fenómeno de desconocimiento mutuo por la vía de la deducción. Es el único recurso disponible cuando el vecino ha cerrado el grifo de la información a los hiperfrecuentadores de pasillos.
Echándole imaginación, cualquiera puede colgar a cualquiera los adjetivos que quiera o atar cabos —sale tarde, entra con prisa, no hace mucha compra, recibe visitas con frecuencia...— para atribuirle la historia que mejor le 'encaje'. Y soltarla ante la primera cámara que se le presente en casa. Así, sin ponerse un segundo en el lugar del afectado, o pensar qué pasaría —¡cielos!— si los demás tuvieran que deducir su grado de agresividad, sus facultades mentales y la calidad de sus relaciones personales por la cara que trae a casa cuando llega del trabajo.
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