Opinión

La piedra del señor marqués

Rafael Martínez-Simancas | Lunes 20 de julio de 2009
Miren por dónde el juez Garzón va a tener oportunidad de aplicar la Ley de la Memoria Histórica en relación con una piedra que llegó de la Luna. La historia es tan increíble como cañí: aquellos astronautas que pisaron la Luna hace cuarenta años se trajeron unos pedruscos para obsequiar, (tengan en cuenta que no había ninguna tienda de chinos y no pudieron hacerse con la socorrida barquita de conchas marinas “recuerdo de Benidorm”). Una de esas rocas vino a España cuando los astronautas llegaron de visita oficial, y como el que mandaba era Franco la piedra acabó en El Pardo.

Sabida era la afición de Franco a coleccionar huesos de santo y otro tipo de reliquias, entre ellas la famosa mano de Santa Teresa que tenía apoyada en la mesilla de noche en un gesto 'gore' como no se ha conocido otro igual. Pero murió el dictador y el marqués de Villaverde, que siempre estaba al quite, intentó vender la piedra en un mercado europeo. Teniendo en cuenta que son contadas las rocas lunares en nuestro planeta parece que aquella operación se saldó con el mosqueo de la Interpol. Se ignora si el marqués consiguió colocar la roca o si por el contrario se quedó con aquel objeto digno de las mejores colecciones de frikis. En cualquiera de las reuniones de loquitos del espacio aparece uno con ese pedrusco y le hacen la ola.

Esto nos pasa por no haber hecho inventario a la familia Franco y haber pasado muy por encima de sus bienes. No es que la roca fuera una joya de vital importancia pero tendría su encanto ver en un museo la piedra que Franco levantó un día para sentirse el rey del mundo.

En Madrid está todo, desde las vallas ocultas de Felipe IV a las rocas que trajeron los astronautas del Apolo XI. Ellos las repartieron con toda su buena voluntad porque si mal está no ir de visita con un regalo, peor es volver de la Luna con las manos vacías. Menos da una piedra, debieron pensar.

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