Rafael Martínez-Simancas | Domingo 28 de junio de 2009
La idea de asfaltar las calles cuando llega el verano es magnífica, la idea de probar con asfalto de ruedas usadas es mejor, pero la idea de hacer un socavón para calcular la profundidad de la calle y dejarlo abierto quizá ya no sea tan buena.
Uno que va por Madrid en moto y se traga los humos de los autobuses con total impunidad, que procura guardar las distancias con los coches y que en ocasiones tiene que subirse a una farola para dejar pasar a una comitiva oficial de coches oscuros, lo que no espera es que dejen agujeros sin cerrar. De tal manera que pensé que había caído en un agujero negro y que había sido abducido por los demonios que se han escapado por el boquete abierto en la Puerta del Sol. (¿No hubo cura en la inauguración que echara agua bendita?, ya se están perdiendo todas las formas).
Está bien que a la ciudad la doten de emociones fuertes pero ya me gustaría conocer el nombre del “ingeniero” que ha dejado la zanja sin cerrar, no sólo en esa que de manera tan directa he conocido, sino también en el resto de calles porque me he dado cuenta de que es un mal generalizado. Hasta que no se contemple la operación asfalto los moteros tendremos que sufrir la operación sustos. Juro que por un momento pensé que estaba en la montaña rusa del Parque de Atracciones, (en la que no he subido en mi vida porque le tengo un respeto notable).
Queda dada la voz de alerta para otros ingenuos que circulen por las calles y que no quieran dejarse los amortiguadores del coche, o los piños en el manillar en caso de ir en moto. Yo dejé un empaste en el cuenta revoluciones, justo en la zona roja.
Nunca dudé de que esta ciudad no fuera capaz de generar sus propias emociones, muy al contrario disfruto paseando por ella porque cada vez se aprenden cosas nuevas. Y disculpen que no escriba una crónica más extensa porque me duele el cóccix como si fuera King Kong aquella noche en la que se sentó sobre la aguja del Empire State, (de ahí esos gritos que asustaron a la rubia).
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