Opinión

El árbol de Navidad, sus discursos y mis fiestas

Nino Olmeda | Viernes 26 de diciembre de 2008
Como en otras ocasiones, antes de los preparativos de la Nochebuena, la colocación del Árbol de Navidad en el salón que lucirá hasta que los Reyes Magos dejen sus presentes se convierte en un rito necesario. De él cuelgan figuritas festivas, ositos, diminutas cajitas de regalo, mucho color verde y bufandas plateadas que lo rodean.

Como siempre, todo lo han colocado Azeguiñe y Leire, las imprescindibles, quienes en esta ocasión han prendido de sus ramas los discursos de los jefes de las tribus. Sus discursos, los de Juan Carlos I, José Luis Rodríguez Zapatero, Esperanza Aguirre, Alberto Ruiz-Gallardón, permanecen escondidos, como parte del paisaje navideño, en mi Árbol.

El Rey nos recuerda la crisis económica, nos pide que tiremos del carro juntos para salir de ella; el presidente del Gobierno de España envía sus palabras a los militares repartidos por los distintos conflictos del mundo para que sirvan de aperitivo y complemento del pavo  que degustarán en sus nuevas residencias de combate; el alcalde de Madrid y la presidenta de la Comunidad de Madrid, que no sé si ya han leído sus discursos, nos hablarán de amor y sueños felices. Seguro.

No aportan nada, como dice el nuevo líder de IU, Cayo Lara, quien seguro que en su particular árbol de Navidad tiene confundidos los discursos institucionales con los adornos propios de esta época. Se refieren a lugares comunes, hablan del paro como un dato estadístico más, sin saber lo que cuesta ir de compras para la cena con el dinero justo para no quedar mal ante los suyos o soñar con el nuevo año sabiendo que la letra del piso o del coche se pagará recurriendo a nuevos préstamos o a engaños. Sus generosas palabras, que no cuestan dinero y que tienen tan poco contenido como las cajitas de regalo que cuelgan de mi Árbol de Navidad, han merecido elogios del PSOE y el PP.

El centro derecha comparte al 101% lo dicho por el Rey, con lo que se convierte en seguidor de la nada y amante de los lugares comunes. Ese día no puse la tele y me perdí su discurso, que fue repetido hasta la saciedad por todas las emisoras horas después. Lo que no me  perdí fue todo lo que rodeó cada una de mis fiestas. La cena en el restaurante de mi compañero de pupitre, en el Raimundo Lulio, abrió la era navideña. La improvisación jugó sus bazas y en el mismo salón, repleto de humo de petas de la risa  y olores alcohólicos, el ayer, el hoy y el mañana se fundieron.

El chico que dejó las gafas de ver encima del piano iba de la mano de ella, la hermana de Teresa, quien me regaló la ilusión a cambio de mi sonrisa. Yo iba escoltado por el hijo de Paula, la ciega que lo ve todo con las manos. Son parte de la familia que me preparó la cena, me inundó la casa de petardos y que me entregó la pistola de juguete con la que disparé tiros invisibles que salían directos al aire helado de la noche. Eso lo hizo el Francés, el gran maestro de ceremonias. También estaban la abuela de Leire y Azeguiñe, el gran jefe Batichelo, nuestro iniciador en ritos poéticos y golfos, acompañado de sus mujeres.

Sólo faltaba la mamma, presente en la fantasía del capo familiar y cercana en un lugar donde el vino, las ostras y el cava rezumaba tanto que se olía en el salón ocupado por un Árbol de Navidad en el que sus discursos, los de los jefes de la tribu, permanecían enlatados para que mis fiestas estuvieran siempre presentes.

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