Ángel del Río | Lunes 08 de diciembre de 2008
Me cuentan que Pedro Castro, el alcalde insultador, alcalde de alcaldes, está muy afectado por todo lo que está sucediendo a su alrededor, incluso en su círculo más próximo. En su equipo de Gobierno la gente calla, porque no quieren hacer y hacerse sangre política; en algunos de los que formaron parte de su Gobierno y que ya no están en su órbita, la opinión es unánime: “¿Pero sabe este hombre que está haciendo?”, y en algunas instancias superiores de su partido las opiniones están divididas entre quienes piensan que la mejor salida es una dimisión que acabe con lo que se prevé larga campaña de acoso justificado a Castro y quienes piensan que es preciso resistir para no admitir culpabilidades exageradas, porque el tiempo todo lo borra, todo lo cura; la distancia es el olvido, y que hay que dejar distancia para que el insulto de Pedro Castro a los votantes de la derecha vaya desapareciendo de la actualidad.
El secretario general de los socialistas madrileños, Tomás Gómez, no ha tenido más remedio que arropar como ha podido a su alcalde, pero no sé que pensará de verdad por dentro, en la intimidad, porque no creo que le haya venido bien a Gómez encontrarse con este escándalo que ha rebasado fronteras locales, cuando el PSOE en Madrid anda en la dura tarea de reconquistar el voto perdido, y él personalmente, en el reto de convertirse en presidente de la Comunidad. Su alcalde de Getafe no le ha ayudado mucho que digamos con este episodio, que empieza con el insulto y prosigue con un arrepentimiento que no es tal, incluso una defensa con ataque al PP.
Pedro Castro, al que me dibujan muy preocupado, circunspecto, no diré que deprimido, pero al menos con el ánimo por los suelos, ha dicho que sólo dimitirá como presidente de la Federación Española de Municipios y Provincias si se lo pide la mayoría. Eso es jugar con ventaja, porque sabe que cuenta con la mayoría en la FEMP, porque de otra manera no hubiera sido elegido en su día, a no ser que dentro de su partido se produzca un ataque de sensatez y le retiren el apoyo, cosa que no parece probable. Castro sabe que si deja la presidencia de los alcaldes de España, el siguiente paso sería dejar la Alcaldía de Getafe, y ahí sí que le tocan en su punto débil, porque renunciar a su vocación de alcalde vitalicio, dejar el sillón después de 26 años y no tener a punto la sucesión a título de heredero de la corona municipal de su hijo, David Castro, que ya lleva dos mandatos como concejal, es muy fuerte para él.
Me cuentan sus íntimos que Pedro Castro siente que está sufriendo una campaña de acoso y derribo. Es el alcalde acosado por haber insultado, y entiende que se le está criminalizando. Estamos hablando del universo de la política, donde no se pide la cadena perpetua a un político por un delito de insultos, sino, simplemente, en política se conmuta por la pena de dimisión, aunque esto para algunos que han hecho de la política su modo de vida, su profesión, les parezca más que la perpetua, les parezca una condena a muerte del cargo. Y Pedro Castro quiere seguir viviendo de alcalde hasta que el destino le separe del cargo.
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