Ángel del Río | Lunes 24 de noviembre de 2008
Conocí a Cristina Almeida cuando andaba enredando en el movimiento ciudadano, a principios de la década de los años setenta, con el PCE, su partido, en la clandestinidad oficial y en la actividad vecinal. Luego vino la época de la política activa en los albores de la democracia y Cristina Almeida pasó de la reivindicación de los barrios a la vindicación de los despachos; es decir, del barro de los suburbios, de la tarima desgastada de los despachos laboralistas, a la moqueta recién puesta de los despachos del poder y a la buena mesa de los cenáculos de lujo.
Fue concejala del Ayuntamiento de Madrid de 1979 a 1983, pero tras un corto periodo de transición personal, dejó el PCE para embarcarse en otros proyectos que abrieran su horizonte particular. El escaño de la Casa de la Villa se le había quedado estrecho y el sillón del Congreso de los Diputados se acomodaba mejor a sus necesidades cuando se sentó en él por primera vez, en 1986. Ese escaño se le rompió, como el amor, de tanto usarlo, y se convirtió en candidata a la Comunidad de Madrid como independiente en la lista del PSOE, y esto fue el principio del fin de su carrera política. Asistí al momento cruel en el que Ruiz Gallardón la abrasó dialécticamente y la redujo a cenizas políticas en un debate sobre el estado de la región, donde sin piedad, la dejó fuera de combate para siempre.
Ahora, Cristina Almeida renace de sus cenizas para mostrarse en una faceta que no la conocíamos: la de pirómana, y muestra públicamente su deseo de quemar libros, especialmente los de César Vidal, una especie de inquisidora que se quedaría más ancha que larga quemando, o sin quemar, volúmenes. Quizá haya pensado en contribuir al ahorro energético quemando piras de libros para calentar el frío otoño. Ella, la Cris de los barrios, como se la conocía por la década de los sesenta, convertida ahora en martillo, ¡qué digo!, en pirómana de herejes mediáticos, de historiadores, de productores de la cultura. Ahora resulta que la abogada sindicalista de toda la vida, la política de ocasión y la incendiaria coyuntural, vuelve con su grandiosa humanidad, que nadie le discute, presta a quemar los libros de César Vidal en el stand de El Corte Inglés. Luego dice que se ha arrepentido, pero la verdad es que la veo muy quemada.
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