Sara Medialdea | Martes 28 de octubre de 2008
… Jamás serán vencidos… Unidad es, de momento, lo único que tienen los alcaldes españoles, remando como pueden en el mismo barco, y achicando agua con lo que encuentran a mano. La crisis económica, el parón inmobiliario y la falta de un sistema de financiación coherente que les ayude en la prestación de servicios a los ciudadanos está conduciéndoles, en algunos casos, al borde mismo de la bancarrota. No sería de extrañar que, en pocas semanas, asistamos al espectáculo de alcaldes anunciando que no pueden pagar las nóminas. O, todavía más grave, no nos enteraremos pero sucederá que muchos proveedores de administraciones locales pasen apuros serios porque no les pagan sus facturas.
Los alcaldes llevan años pidiendo, sin conseguir nada. En ocasiones, según soplaran los aires políticos, lo hacían incluso sin mucha convicción. Pero ahora es diferente: en términos generales, están con el agua al cuello; el acuerdo que otras veces habría sido oportuno, justo o incluso necesario, se convierte ahora en imprescindible para su supervivencia. No piden ya ni dinero: entienden –están hartos de entender- que la situación es complicada. Sólo quieren el mismo trato que el Estado se da a sí mismo y a las comunidades autónomas: poder cerrar sus presupuestos con déficit a cuenta de la deuda; o gravar la plusvalía en función del valor de la escritura, que es el criterio que se utiliza para calcular los impuestos estatales y autonómicos, y no según el catastro, que no se ajusta a la realidad del mercado.
En apenas un par de semanas, representantes de los alcaldes españoles mantendrán una entrevista con el presidente Rodríguez Zapatero, en un nuevo intento por arrancarle esas medidas que actúen como sus salvavidas. Previamente, se verán con Solbes para preparar el camino. A la cabeza, el regidor de Getafe, Pedro Castro, alcalde desde hace más de 25, archiconocido, hombre listo donde los haya, y socialista. Si Castro no lo consigue, con su carácter, su convicción y su picaresca, ¿quién lo logrará? Y, si finalmente nadie acude en auxilio de los consistorios, ¿qué nos pasará a los ciudadanos? ¿Cómo se puede sobrevivir a una crisis con ese techo?
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