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'El chico de la última fila'
'El chico de la última fila'

El chico de la última fila: reinventar la realidad

En 2006 Helena Pimenta dirigió el primer montaje de 'El chico de la última fila', un complejo texto de Juan Mayorga que vio de nuevo la luz en 2012. Esta última producción, dirigida por Víctor Velasco, está en marcha desde hace más de un año. Ahora le quedan pocos días de temporada en el teatro Galileo. No se la pierdan.
Mayorga ha escrito una obra en la que se entrelazan diversas miradas sobre el mundo de la familia y de la sociedad burguesa. Hay un narrador, el chico de la última fila, que va escribiendo ante el espectador un relato basado en una familia de clase media, aparentemente feliz. Pero a través de su mirada -o de su imaginación- descubrimos sus frustraciones cotidianas. El testigo, estimulado por su profesor de literatura, debe encontrar su forma de escribir, de narrar y resolver situaciones novelescas. Pero ¿es ficción lo que nos está contando el adolescente Claudio?

Claudio es como el Visitante que destruía, en la película Teorema, una familia consolidada. Es un agente extraño en un cuerpo aparentemente sano. Su ingenuidad, su mansedumbre, son destructoras. Al final su propio Pigmalión advertirá el poder devastador de esta mente, alejada de los estereotipos adolescentes. El chico de la última fila mira, observa, estudia su presa y, finalmente, se le lanza al cuello.
Más chocante resulta la reiteración del autor en su parodia del arte contemporáneo. Quizá esos chistes sobre sobre obras absurdas destinadas a personas superficiales quieran reflejar la vacuidad de una sociedad relativamente bien acomodada, que busca señas de identidad que delaten su bienestar. Y las encuentran en un arte incomprensible.

Oscar Nieto San José es el chico. Maestro de ceremonias durante toda la acción. Perturbador, sigiloso como un reptil. Admirable esfuerzo para un actor joven, obligado a llevar el mayor peso de una función nada corta. Destaca también otro joven, Sergi Marzá, como Rafa, el compañero adolescente del protagonista. Silencioso casi siempre, sumergido en una pecera de la que asoma esporádicamente para dar rienda suelta a su rabia juvenil.

Víctor Velasco ha trazado una extraordinaria dirección con tiralíneas. Mueve los personajes como las piezas de un ajedrez, con los trayectos marcados para cada uno, con sus ataques y repliegues. Clarifica los múltiples espacios de la acción con unas sillas, con unas lámparas de distintos tamaños. Y tiene permanentemente atrapados a todos los personajes como en una tela de araña, que los mantiene irremediablemente unidos.

'El chico de la fila de atrás' es un hermoso texto, un buen trabajo de interpretación y una dirección excelente. No es teatro de carcajada, sino de reflexión, de disfrutar con cada palabra, de interés por seguir cada paso del perturbador protagonista para intentar adivinar a dónde nos llevará.
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