8 de agosto de 2020, 9:21:22
Social


La suspensión de Vacaciones en Paz deja a 250 niños saharauis sin verano en Madrid

Por Ángela Beato


Cuando Sheima vino por primera vez a Madrid el año pasado se quedó hipnotizada con los edificios que veía a través de la ventanilla del coche que la llevaba desde el aeropuerto de Barajas a la que iba a ser su casa ese verano en Alcalá de Henares. Luego vendrían más sorpresas que la dejarían con los ojos como platos: las escaleras mecánicas, los helados, las hamburguesas, la fruta, la pizza, los yogures, el mar… cosas que nunca había visto ni probado en el campamento de El Aaiún, en Tinduf, al suroeste de Argelia, donde vive con sus cuatro hermanos y sus padres.

Al aterrizar en España, esta niña de 9 años solo hablaba el hassanía, dialecto árabe que el pueblo saharaui emplea como lengua, y aunque le costó, al final del verano ya se defendía en castellano. Tampoco le resultó fácil a su paladar acostumbrarse a sabores nuevos como el pescado y la verdura, habituada como estaba a comer solo pasta, arroz, legumbres y otros alimentos no perecederos de la ayuda humanitaria que reciben de las ONG en los campamentos de refugiados. Se sintió un poco asustada cuando la llevaron al hospital para comprobar si el tratamiento que recibía en el desierto para la epilepsia que padece era el adecuado. Pero todo fue bien. El día que regresaba a casa, con más kilos, la piel hidratada y una sonrisa, se despidió de Virginia Fernández, su madre de acogida, decidida a volver al año siguiente.

Sheima es uno de los casi 5.000 niños saharauis de entre 9 y 12 años que debían estar pasando el verano en España, unos 250 de ellos en la Comunidad de Madrid, dentro del programa Vacaciones en Paz. La crisis sanitaria del coronavirus ha obligado a sus organizadores (el Frente Polisario, la Delegación saharaui para España y CEAS-Sahara) a suspender esta actividad después de casi tres décadas ininterrumpidas ofreciendo un respiro estival a los niños de los campamentos saharauis.

Asociación de amigos del pueblo saharaui de Alcalá de Henares

La madre que acogió a Sheima el año pasado es una de las coordinadoras del programa Vacaciones en Paz en la Federación Madrileña de Asociaciones Solidarias con el Sahara. Fue hermana de acogida cuando era una niña y sus padres fundaron la Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui de Alcalá de Henares. Ahora que ha crecido se ha sumado al proyecto. “Desde pequeña mi hermana y yo hemos aprendido a compartir 'papás' y es una experiencia que agradecemos y de la que nos sentimos orgullosas”, confiesa.

Más que unas vacaciones

Todos los que alguna vez han acogido coinciden en calificar la experiencia como muy gratificante. “Un verano, no es verano sin nuestros niños y niñas saharauis, esos que nos colman de alegría y felicidad, a los que ves sorprenderse de cosas a las que aquí estamos más que acostumbrados”, comenta Virginia.

En su casa llevan 19 años acogiendo a niños y niñas saharauis de diferentes familias, pero sobre todo de una, con la que han creado un vínculo muy especial. Jetsá fue la primera pequeña que llegó a sus vidas y se ‘engancharon’. Después recibieron a sus hermanos Keino y Galía, luego apareció su prima Uafa y la última ha sido Sheima. “Llegó con una mochila vacía en la que solo había una pulsera de obsequio para su madre de acogida y una carta con un número de teléfono para contactar con la familia”.

Virginia con su hermana biológica y sus hermanas saharauis de acogida

El contacto no se limita a dos meses en verano, sino que toda la familia viaja en Semana Santa a visitarles y convive con ellos en los campamentos de refugiados de Argelia para desarrollar y revisar proyectos de cooperación dentro de este programa a caballo entre lo solidario, lo humano y lo político.

“Ojalá el programa de Vacaciones en Paz, se dejara de hacer, ojalá dejaran de venir y no por una pandemia como la que estamos viviendo, sino porque su situación les llevara a disfrutar del verano en un Sáhara Libre e independiente, ya que significaría que Marruecos les ha devuelto lo que nunca debió quitar: su tierra”, expone la coordinadora del programa.

Los pequeños que no pueden venir este verano por la Covid no solo pierden unas vacaciones en España, donde “van a la playa y la piscina (algo impensable allí), toman helados, juegan y ven cosas totalmente nuevas”, recuerda Virginia. La crisis sanitaria del coronavirus les ha privado también de hacerse reconocimientos y tratamientos médicos que resultan imposibles donde viven, alimentarse de manera equilibrada con productos de difícil acceso en el desierto y seguir aprendiendo nuestro idioma. Además, durante los dos meses de verano se alejan de las condiciones extremas de la hamada, donde llegan a registrarse más de 50 grados. “A día de hoy recibo mensajes y llamadas de mi familia explicando el calvario que viven, no se puede dormir por la noche debido a las altas temperaturas y a veces cuesta respirar”, nos cuenta esta madre de acogida de Alcalá.

Un programa asentado en 18 municipios

La ausencia de estos chavales la están notando en 18 municipios de la Comunidad, tantos como asociaciones de amigos del Sahara existen en la región, entre ellos la propia capital, San Sebastián de los Reyes, Rivas Vaciamadrid, Fuenlabrada o Getafe.

En esta última localidad el proyecto se inició en 2003 y desde entonces este es el primer verano “que los pequeños no van a compartir las vacaciones con las familias de acogida y con los vecinos de Getafe, donde siempre recibimos con los brazos abiertos a estos embajadores de la paz, que ya forman parte de la vida de nuestra ciudad”, explica la concejala de Cooperación, Nieves Sevilla, quien recuerda que “el pueblo saharaui vive confinado habitualmente en los campamentos de refugiados, desde aquí les enviamos toda nuestra fuerza y cariño, a sus autoridades, y a las familias de acogida por su generosidad y a los miembros de la Asociación Dah-Sid Ahmed de Amigos del Pueblo Saharaui de Getafe por su esfuerzo y dedicación en este proyecto”.

Ante el inesperado contratiempo, las asociaciones de amigos del Sahara no se han quedado con las manos cruzadas. En coordinación con las autoridades saharauis han elaborado un programa alternativo de actividades culturales, deportivas y de ocio que se está desarrollando en los campamentos. Además, a los niños se les están realizando las revisiones médicas correspondientes que habitualmente se les practican en nuestro país.

“A pesar de las duras condiciones hemos conseguido que estos peques disfruten de momentos de diversión y aprendizaje gracias a los Ministerios, especialmente de Juventud y Deporte, a las Delegaciones Saharauis en España, a las entidades y asociaciones que han enviado su ayuda económica y a los jóvenes saharauis que están realizando los talleres, juegos y actividades con la ilusión de que la población infantil pueda salir de ese duro verano”, subrayan desde la Federación.

Las familias biológica y de acogida crean fuertes vínculos

No solo saharauis, también bielorrusos

En Fuenlabrada no solo están acostumbrados a recibir en verano a los niños saharauis; también suelen visitarles una veintena de chicos y chicas procedentes de la zona de Bielorrusia afectada por la radiación de Chernóbil. La Asociación Río de Oro y la parroquia Nuestra señora de Belén son los encargados de gestionar este programa de acogida que cuenta con la colaboración del Ayuntamiento del municipio y que este año también se ha visto suspendido por la pandemia.

La concejala de Cooperación Internacional, Soledad Martín, asegura que la ciudad "les echa mucho de menos". Los chavales suelen pasar un mes con familias de acogida fuenlabreñas "disfrutando de la piscina municipal, participando en actividades lúdicas y aprovechando los beneficios de una buena y sana alimentación, algo difícil de conseguir en sus lugares de origen debido a que aún persisten los efectos de la contaminación radiactiva provocada por el escape de la central nuclear de Chernóbil en 1986”, remarcan desde el Consistorio.

Además, acuden a revisiones médicas y se someten a pruebas diagnósticas en el Hospital de Fuenlabrada, en la Fundación de la Universidad Rey Juan Carlos y en el Instituto Oftalmológico, a través de los convenios firmados con el Ayuntamiento, para detectar y prevenir problemas de salud.

Resulta difícil saber quién va a echar más de menos estas vacaciones juntos, si los niños y niñas que han tenido que quedarse en Tinduf y Chernóbil o las familias españolas que iban a acogerlos y finalmente han tenido que renunciar a esta experiencia única.

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