27 de septiembre de 2020, 10:40:02
Opinión


La importancia de los programas educativos de verano

Por Eva Bailén


Según fueron avanzando los meses desde que se canceló la educación presencial y se instauró la modalidad a distancia, se fue desvaneciendo la posibilidad de volver físicamente a las aulas. Al principio nadie podía imaginar que la situación fuera a durar tanto y se dio casi por seguro el regreso a la actividad presencial en mayo o a primeros de junio.

Sin embargo, ha llegado el fin del curso en la Comunidad de Madrid y, aunque por suerte desde el 8 de junio existe la posibilidad de que los alumnos que necesitan refuerzo vuelvan a clase, debido a la merma que algunos han sufrido en su aprendizaje durante este tiempo es necesario tomar medidas cuanto antes.

En nuestra región, se encadenan ahora varios meses sin clases presenciales, cuyos beneficios no han podido ser suplidos en muchos casos mediante la educación a distancia, y un verano que agravará la brecha que existe entre aquellos alumnos más desaventajados y los que no presentan dificultades de ningún tipo. Estamos ya a principios de julio y lo que es urgente ahora es organizar programas educativos de verano.

Para los estudiantes afortunados que han podido seguir aprendiendo desde sus hogares, para aquellos que han estado esforzándose y que han tenido la suerte de contar con el soporte de sus familias, las vacaciones de verano suponen un merecido descanso.

Para ellos, el impacto del efecto conocido como “verano del olvido” es casi inexistente. Son niños que no pierden el tiempo en verano, que tienen acceso a libros y a actividades organizadas y pasan menos tiempo viendo la televisión.

Pero la situación no es la misma para todos. Como apunta el catedrático de Sociología Rafael Feito en su último libro, en EE.UU se calcula que cada verano supone para los alumnos de menor estatus socioeconómico un retraso de tres meses respecto al resto de compañeros. En 5º de Primaria ya acumulan dos años de retraso en comprensión lectora.

Por ello, es necesario plantear en colaboración con ayuntamientos y entidades sociales y de tiempo libre una oferta suficiente de programas educativos de verano para atender al alumnado que ha estado desvinculado de la escuela durante el tercer trimestre del curso, que presenta desfase educativo, dificultades de aprendizaje o necesidades educativas especiales, que se encuentra en riesgo de exclusión o desventaja social.

Además, sería deseable coordinar estos programas con los docentes que atienden al alumno durante el curso para incidir en las dificultades particulares de cada uno. Y contar con la participación en el diseño de profesorado voluntario que incorpore los contenidos más adecuados, con especial incidencia en mejorar la competencia lectora.

Estos programas deben garantizar una duración de entre tres y cinco semanas, con cinco días a la semana y tres horas diarias de refuerzo e instrucción académica. Y es necesario que incluyan adicionalmente actividades lúdicas y deportivas que compensen el sedentarismo de los últimos meses. Además, su éxito dependerá en gran medida de que cuenten con otros servicios como el comedor o el transporte.

Pero si la parte educativa es importante, también lo es y mucho la parte la emocional. No solo es importante, sino que sería la primera que habría que ajustar y reconfortar para que la otra tenga éxito. Los niños y las niñas no son recipientes vacíos que llenar de contenidos, y el aprendizaje solo se puede garantizar si sus emociones están bien reguladas y sus necesidades emocionales cubiertas.

No hay tiempo que perder. Si no queremos que ningún alumno se quede atrás, es el momento de poner en marcha programas de refuerzo educativo para que los niños que más lo necesitan recuperen, al menor en parte, el tiempo perdido.

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