29 de noviembre de 2020, 23:40:45
Cultura y ocio


Parque del Retiro: día 1

Por Antonio Castro


Han pasado dos meses y diez días desde que el alcalde de Madrid decidió cerrar los parques de la ciudad ante la situación sanitaria que atraviesa España. Aunque los espacios verdes más reducidos ya eran visitables desde hace unos días, ha sido hoy lunes, 25 de mayo, cuando los grandes, como El Retiro, han reabierto las puertas para circular con libertad, salvo el uso de los espacios de recreo infantil.

Ha sido un lunes tranquilo, tal vez por el desconocimiento de la reapertura y, ya por la tarde, por la amenaza de tormentas sobre Madrid.

El parque luce esplendoroso por la abundancia de lluvia en los últimos meses. A la hora de recibir a los madrileños, los empleados de mantenimiento se afán en limpiar caminos, podar setos y en dejar impoluta la imagen. Los madrileños entran mayoritariamente con mascarilla. Padres que acompañan a sus hijos pequeños adoptan estas medidas en sus recobradas carreras de bicicleta.

Los pavos reales de los jardines de Cecilio Rodríguez se reencuentran con los humanos y no dudan en desplegar sus colores antes los móviles usados como cámaras fotográficas. Algún anciano, con evidentes problemas de movilidad, parece que echaba de menos sentarse un rato a la sombra de esta recobrada frondosidad. Como las mascotas, que también se reencuentran con sus espacios de correrías.

La rosaleda, ya en los últimos días de intensa floración, puede ser la imprevista playa urbana en la que tomar el sol. Don Benito (de que recordamos los cien años de su muerte en 2020) aparece rodeado por el rojo intenso de una tupida rosaleda.

Aun son escasos los kioscos que han desplegado sus mesas en el primer día que pueden hacerlo. Los paseantes enseguida las ocupan, mirando al estanque central, olvidándose momentáneamente de sus mascarillas.

En sus reducidos estanque las familias de patos enseñan a nadar a sus crías, nacidas durante el confinamiento de los humanos. Las fuentes aún no corren, pero el Retiro recobra perezosamente la vida, aunque al hacer su aparición, finalmente, la lluvia, vuelva a la tranquilidad de que ha gozado en las diez últimas semanas.

En sus Memorias de un sesentón, recuerda Mesonero Romanos a Fernando VII quien, para honrar a Isabel de Braganza:

restauró y embelleció los jardines del Buen Retiro, enriqueciéndoles con multitud de adornos, que hicieron por entonces la delicia de los madrileños, que los miraban como la octava maravilla. El palacio de San Juan, la montaña artificial o rusa, como entonces se decía, con su templete encima, que aludiendo a su forma, llamaba el pueblo la escribanía; el salón oriental, las casitas rústicas, los estanques y fuentes, la nueva Casa de fieras y el embarcadero del estanque grande, sobre cuyas tranquilas aguas paseaba en preciosas falúas la familia Real; todo esto era impulsado por el deseo de Fernando de complacer a su esposa.

Tras el derrocamiento de Isabel II en 1868 el parque del Buen Retiro pasó a ser propiedad del pueblo de Madrid y como suyo lo tiene y disfruta. Y lo echa de menos cuando, por cualquier circunstancia, cierran sus verjas. Pero, como hoy, cuando las abren, vuelve a entrar en su casa.

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