20 de septiembre de 2020, 7:13:58
Opinión


La recuperación de Madrid, por el paladar y el estómago

Por Ángel del Río


Cuando por los soportales de la plaza Mayor vuelva a colarse el tufillo tentador de los bocadillos de calamares; cuando al pasar por el número 84 de la calle de Embajadores, nuestro olfato se llene de ese aroma duro de fritanga de gallinejas y entresijos; cuando a la legión de bares y tabernas de la Cava Baja y la plaza de los Carros, retorne el bullicio de las cañas, las tapas y las raciones; cuando de el Madroño, junto a la plaza de Puerta Cerrada, se escape el aroma dulzón del licor de este fruto emblema del escudo de Madrid; cuando en los vecinos mesones de Botín y la Posada de la Villa, el ambiente se aromatice de cochinillo y cordero asados en hornos de leña; cuando en Casa Labra vuelvan a crepitar en la sartén los “soldaditos” de Pavía, en casa Mingo nos embriague el aroma de la sidra recién escanciada, las patatas a la brava vuelvan a seducir paladares, los huevos estrellados de Casa Lucio, la gallina en pepitoria se enseñoree de la cocina de Casa Ciriaco, el cocidito madrileño repique en los pucheros de La Bola; cuando en los escaparates de El Pozo vuelvan a tener aposento los hojaldres que embriagaban al goloso Jacinto Benavente, las napolitanas llenen de clientes La Mallorquina y las empanadillas rellenas, El Riojano; cuando se pueda volver al chateo, en el Anciano Rey de los Vinos; cuando pueda visitar, sin límite de tiempo y espacio, los grandes museo de Madrid, el primero que pisaré será el del Jamón, ya sea en la plaza Mayor, en la Gran Vía o en Goya, que de todos ellos cuelga el arte del sabor que chorrea grasa de puro ibérico de bellota, cuando todo esto sea plenamente posible, es que el maldito coronavirus estará huyendo por el “quinto pino” o por el Cerro del Pimiento.

Es menester que a Madrid se la permita abrir, con garantías suficientes y aforo adecuado, sin estrecheces ruinosas, los figones, bares, tabernas, cenáculos, barras, terrazas, obradores, confiterías, para que vuelva a ser una atracción para el turista extranjero y el foráneo, un reclamo gastronómico inigualable, con una oferta culinaria popular y tradicional, porque todo esto crea empleo, riqueza y es la vacuna más eficaz contra estados de crisis económicas.

Madrid me mata, y me da vida, por el estómago y el paladar.

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