27 de septiembre de 2020, 10:14:49
Opinión


Curro

Por Esther Ruiz Moya




Un sábado más y resulta que va a ser como el sábado pasado.

No hemos pasado el examen, nos quedamos en la Fase 0. Que, por cierto, nunca me gustó ese nombre, el de la fase cero, es como no darte la opción de empezar siquiera. De momento nada de ver amigos, ni familiares, ni terracitas. Da igual si ya las estaban preparando, de momento... ¡Tendrán que esperar! Y seguimos aplazando los plazos... Continuaremos soñando con nuestros encuentros en la Tercera Fase.

Y a muchas personas lo que les está haciendo más llevadero el confinamiento son sus mascotas. Quienes están solos porque están menos solos y al resto porque les ha permitido salir desde el primer día, aunque la policía de balcón no estuviera muy de acuerdo... Y es que el confinamiento, también ha supuesto un cambio para nuestras mascotas. Hemos pasado de verlos un rato y sacarles a pasear, incluso con prisa muchas veces, a estar con ellos un día tras otro. Llenos de estímulos, de olores, de gente a todas horas. Creo que hasta tienen la sensación de que hemos invadido su espacio, de que en cierta medida también el COVID 19 les ha robado su libertad.

Y entre esos peludos que viven con nosotros en casa, está mi perro, Curro. Un labrador chocolate de ojos verdes. Con el que he pasado más tiempo en estos 57 días de confinamiento que en sus 10 años de vida. Al principio tomaba distancia y nos miraba yo creo que pensando “estos no se van a ir nunca”, “siempre con prisas y ahora aquí todo el día” “y estos paseos a horas normales, ¿A qué se deberán...?” Él es bastante independiente y eso de estar siempre acompañado yo creo que no le hacía mucha gracia, la verdad. Pero como nos ha pasado a todos, ya se ha acostumbrado y ahora no se separa. Es otra de las cosas que ya no es igual y que no será igual, otra de las cosas que también tendremos que aprender a gestionar cuando volvamos a ser libres.

De Curro aprendo cosas a diario. Es como una fuente de enseñanza constante. En él encuentro valores que si fuéramos capaces de trasladarlos a nuestra vida, sin duda alguna, nos harían mejores. Como el amor incondicional a ti y a los tuyos que son los suyos. Da igual como estés, él siempre está contigo, con una lealtad inquebrantable. O vivir cada momento intensamente con la ilusión de una primera vez. No deja de sorprenderme en cada paseo, lo vive como si fuera el primero de su vida, o quizás el último y por eso lo disfruta tanto. Sabe perdonar, vivir sin rencor. Da igual que no le hagas ni caso o que le des un grito sin venir a cuento, o que sólo estés cuando te conviene o que lo encierres si viene gente extraña, no te lo tiene en cuenta. Él es pureza. Observo su felicidad. Esa felicidad en estado puro, es feliz con lo que tiene, sin más. Él es feliz porque tú estás y además te hace una fiesta cada vez que llegas a casa. Tiene un increíble radar para detectar emociones. En ocasiones, es como si el único ser de la tierra que te entendiera fuera él, mirándote, poniéndose a tu lado. Sin dejar que te sientas sola y a la vez haciéndote sentir única, querida sólo con su calor, con su presencia. Me enseña a disfrutar los pequeños placeres de la vida, Curro ve un rayo de sol y se tumba hasta que se pierde, en paz. En esa calma que tanta falta nos hace a nosotros y muchas veces nos impide disfrutarlos. Con él aprendo que la comunicación va más allá de las palabras.

Por eso cuando esto pase que pasará... Recordaremos que hubo un virus que nos confinó con nuestras mascotas en casa y que las estresó por un “exceso de humanos” en sus vidas. Pero que también salvó a muchas personas de la soledad obligatoria al separarles de los suyos. Y que lo que a diario nos parecía una obligación “sacar al perro”, se convirtió en una liberación. Y que nos enseñaron valores que creíamos eran patrimonio exclusivo de los humanos, pero que entre tanta prisa los habíamos olvidado. Y nos enseñaron a querer a diario y sin palabras.

Esther Ruiz
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