13 de diciembre de 2019, 12:42:48
Opinión


Erradicar la pobreza, el caso Ecuador

Por Javier López


Un día más. Uno de esos días internacionales, en los que las Naciones Unidas llaman la atención sobre un problema sangrante que requiere la atención de los gobiernos, de la sociedad. Algo que ocurre a nuestro alrededor, sin que muchas veces nos demos cuenta. Muchas de las personas afectadas por ese problema no tienen ni idea de que haya un día dedicado a ellos.

Da poco de sí, pero menos da una piedra. Ese día, algún que otro gobernante dice algo sobre el problema y visita una ONG. Todo organizado, medido, controlado por el gabinete de comunicación. Acompañado por las cámaras. Unas fotos, unas declaraciones. Adiós muy buenas, ha sido un placer, hasta el año que viene. Quienes pasan los días y los años, la vida entera, dedicados a combatir el problema lo seguirán haciendo.

Se acerca el 17 de octubre, Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza. El día en el que más de cien mil personas se concentraron en la plaza del Trocadero de París, en 1987, para exigir el fin de la pobreza, la violencia y el hambre.

Han pasado más de treinta años y en el planeta hay más de 800 millones de personas en el mundo que viven con menos de 1´25 dólares al día, mientras que muchos más carecen de vivienda, agua potable, saneamientos, alimentación, educación, sanidad pública.

Tampoco en Madrid, la región capital y una de las regiones más ricas de España, podemos decir que la pobreza haya desaparecido. La crisis siempre es una buena disculpa para justificar que una de cada cinco personas vivan en la pobreza en nuestra Comunidad. O que más de 250.000 niños y niñas vivan en la pobreza. O que cada vez un número mayor de personas que tienen trabajo no consigan retribuciones suficientes para dejar de ser consideradas pobres.

Pero una de las lecciones de las Naciones Unidas es que no se puede erradicar la pobreza, sin tomar en cuenta a los pobres, o a quienes sufren el riesgo de serlo. Por eso hoy quisiera viajar a un lugar donde todo un pueblo está dando la batalla para no caer en la miseria.

Lo que está ocurriendo en Ecuador, al otro lado de la misma selva del Amazonas que arde en Brasil, no me parece menos grave que lo que propicia Bolsonaro. No sólo por la forma en la que el Presidente ecuatoriano, Lenin Moreno, está reprimiendo las movilizaciones populares, sino por el escaso conocimiento sobre las causas de estas movilizaciones, que tienen que ver con la pretensión de convertir pobreza en miseria.

Las medidas del gobierno de Lenin, aprobadas en el decreto 883, contra el que se producen las intensas movilizaciones de estos días, suponen acabar con los subsidios que se aplicaban a los carburantes, con lo cual los precios de la gasolina se duplican en la práctica. Es la medida más conocida, pero no la única en el decretazo, todas ellas destinadas a contentar a las multinacionales y al siempre omnipresente Fondo Monetario Internacional (FMI).

Otra de las medidas, reduce o suprime, muchos impuestos a las importaciones, lo cual liberaliza mercados, abarata los productos extranjeros y perjudica a los productos nacionales. el efecto inmediato será la subida del paro, la desaparición de la industria nacional y la aún mayor dependencia del país de las corporaciones multinacionales extranjeras.

Los empleados públicos sufrirán bajadas forzosas de salarios y sus vacaciones se reducirán a la mitad. Estas medidas se ven completadas por una reforma laboral que recorta derechos y estabilidad de todos los trabajadores. La reforma fiscal aprobada supone un gran beneficio para las grandes empresas y repercutirá en los menores ingresos del Estado.

Mientras esto ocurre y el empobrecimiento se generaliza, el país se endeuda con los bancos chinos. Las grandes corporaciones australianas, canadienses y, sobre todo chinas, obtienen concesiones para explotar nuevas minas a cielo abierto en el Amazonas, acaparando el agua y contaminando los ríos.

Se benefician de nuevas explotaciones petroleras que queman miles de toneladas de gas, para convertirlo en dinero, contaminando la selva. Desertizan la Amazonía al ver autorizadas actividades agroindustriales y la obtención masiva de madera.

Pero, sobre todo, acaban con la cultura y las formas de vida de los campesinos y de los pueblos indígenas, conduciéndolos a la indigencia, la pobreza, la miseria y el abandono. Pueblos que han sabido vivir autónomamente desde los tiempos en los que frenaron en seco el avance del imperio inca y, más tarde, del imperio español.

Imaginemos estas medidas en nuestro país y entenderemos que lo que ha desbordado el vaso no ha sido una gota, sino una ofensiva organizada que cuenta con el apoyo del gobierno, las multinacionales y el Fondo Monetario Internacional.

Estudiantes, trabajadores, campesinos, mestizos, indígenas de las ciudades, de la Sierra, del Amazonas, se movilizan en sus pueblos y han marchado a Quito, desde todos los rincones de Ecuador, para exigir al gobierno la derogación del decretazo y la negociación de las medidas económicas y sociales que el país necesita.

Las últimas noticias, tras las manifestaciones, los gases, las bombas de mano, los disparos contra la multitud, las muertes, los miles de heridos, las detenciones masivas, denunciadas por la Defensoría del Pueblo en sus informes casi diarios, parecen indicar que el Presidente se ve obligado a negociar.

Si algo me enseña Ecuador es que los pueblos del planeta no van a soportar de buen grado el empobrecimiento generalizado decretado por sus gobiernos y decididos por los grandes poderes económicos. Si algo deseo para este 17 de octubre es que no sea un día más en el calendario, sino que traiga un acuerdo en Ecuador que asegure la dignidad de las vidas, la decencia de los trabajos y la erradicación real de la pobreza.

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