22 de noviembre de 2019, 1:53:50
Cultura y ocio

FERIA DE OTOÑO


Su plaza dijo adiós con el corazón a 'El Cid'

Por Emilio Martínez


La emoción que no alumbró la pésima, por descastada y floja, corrida de Fuente Ymbro, la pusieron al alimón los aficionados madrileños y ‘su’ torero desde hace dos décadas, Manuel Jesús ‘El Cid’. Porque el sevillano se despedía de ‘su’ plaza de Las Ventas, en la que alcanzó los mayores momentos de gloria, sobre todo con su mágica mano izquierda, de su brillante carrera. Este Cid coletudo no pudo campear de nuevo en su adiós, y por culpa de los toros –o lo que fuera aquello que se lidió (es un decir)- tampoco Emilio de Justo, aunque dejó brillantísimo destellos, ni Ginés Marín.

Nada más destrenzarse el paseíllo, las palmas batían con entusiasmo para obligar a que Manuel Jesús saludase, cosa que hizo con el público en pie y una pancarta con el lema ‘El Cid, torero de Madrid. Gracias’. Y el coletudo, que tantas tardes de gloria festoneó aquí -con el mérito añadido de que a diferencia de otras figuras, muchas las llevó a cabo frente a victorinos (a los que salvo excepciones rehúyen las figuritas y/o figurones)- lo intentó con los dos mulos con cuernos de su lote, como el resto del encierro, incluyendo al sobrero, de similar catadura pese a ser de otra ganadería.

Aún el que abrió función le permitió, de recibo, andar suave, fácil y grácil con el percal en unas bellas verónicas y en un quite por chicuelinas. Tras su primer brindis al cotarro, en el centro del platillo, se echó la flámula a su fabulosa mano zurda, pero las condiciones del enemigo, que pronto se vino abajo, sólo posibilitaron algunos ramalazos sueltos, como en redondo.

La otra piltrafa con cuernos fue peor, porque a su ausencia de sangre brava unía una flojera supina que le hizo hocicar la arena casi de continuo. No obstante, El Cid dejó algunos fogonazos y, paradojas de la vida, él que tantas puertas grandes –aquí, en Sevilla y en otros importantes cosos- se cerró con sus desafueros con la espada, se despidió de ‘su’ Madrid con un estoconazo. Todo antes de una clamorosa y emocionante vuelta al ruedo con sus mejillas bañadas en lágrimas. Escena que se repitió, por el ruedo y por la puerta de cuadrillas, a hombros al fina del festejo. Loor a un magnífico toreo. Loor.

Ya no hubo más emoción a lo largo de la plomífera tarde en lo estrictamente artístico, aunque un entregadísimo Emilio de Justo, que quería refrendar en la cátedra su extraordinaria campaña haciendo el toreo de verdad que le caracteriza –también lo ha alboreado muchas veces con divisas duras-, se quedó con las ganas. No obstante, sí que ante la basura de sus dos enemigos, dejó ante ellos volutas de su toreo de oro puro y de su disposición, como en las ajustadísimas chicuelinas en un quite ajustadísimo en el primero de El Cid.

Más desapercibido pasó Ginés Marín, igualmente perjudicado por aquello que salía por chiqueros y que se anunciaba como toros, aunque tampoco él echó inspiración y clasicismo, salvo en una rara mezcolanza de verónicas y chicuelinas arrebatadas al que cerró un festejo que sólo se recordará por el adiós de El Cid. Loor.

FICHA

Toros de FUENTE YMBRO y 2º, sobrero de MANUEL BLÁZQUEZ, en sustitución del titular que se inutilizó nada más salir: bien presentados en general, mansos, descastados, nobles y muy flojos. EL CID. silencio; vuelta al ruedo. EMILIO DE JUSTO: silencio tras aviso; ovación. GINÉS MARÍN: silencio; silencio. Plaza de Las Ventas, 4 de octubre, 4ª de la Feria de Otoño. Casi lleno.

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