19 de septiembre de 2019, 0:16:36
Cultura y ocio


El cielo de Madrid también se puede ver en Barcelona

Un pedazo de Madrid en Barcelona

Por Teresa Aísa Gasca


“Hacer madrileñismo”. A eso se dedica la Casa de Madrid en Barcelona desde su fundación a principios de los años 50. Un grupo de madrileños residentes en la Ciudad Condal, habituales en las tertulias del Bar Sanlúcar –situado al final de las Ramblas-, comenzaron a “rumiar” la idea de encontrar un sitio en el que sentirse más cerca del cielo de Madrid, aunque solo fuera a base de cocidos y algún que otro chotis.

Así fue como Andrés Villanueva, Antonio Olmos, Fernando Pastrana, Ángel Maeso, Fernando López y Julián Santana se unieron en la búsqueda de posibilidades para crear un lugar que representara su patria chica, la misma en la que nadie se siente inmigrante y que está marcada por la amabilidad, el entusiasmo y, por qué no, la chulería.

No tardaron mucho en dar con nuevos socios fundadores -José Alba, José Camún, Antonio Ontoria, Antonio Parrondo, Julio Álvaro, Manuel González, Juan Millán y Fernando Valera-, y en marzo de 1952 celebraron un acto oficial en el barcelonés Teatro Calderón (clausurado y demolido en 1967) con más de medio millar de personas en el que fundaron la Asociación Casa de Madrid en Barcelona.

Un edificio señorial

Situada en un espléndido palacete en el Carrer d’Ausiàs Marc -en pleno distrito del Eixample-, el edificio es uno de los múltiples ejemplos del simbólico modernismo catalán de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, un arte que se aprecia nada más ver el estampado floral que detalla la parte central de la fachada.

Desde fuera, en un primer piso -el mismo que hoy ocupa la Casa de Madrid y que en su momento estaba destinado a ser vivienda de las familias más pudientes- se aprecia un gran balcón de piedra al que uno puede asomarse desde dos grandes ventanales culminados en cornisas detalladas con el mismo material.

Las alturas superiores -las pensadas en la antigüedad para ser hogar de vecinos con menos recursos- muestran miradores más pequeños con barandillas metálicas llenas de inspiraciones naturales modernistas, en combinación con imperiales columnas corintias adosadas. A su vez, estas culminan en arcos que dan paso a la última parte del edificio, más estrecha y simple, pero igualmente bonita.

Al acceder a su interior, se pueden ver las puertas que en su día eran entradas para carruajes, las mismas que llevan hasta un patio de caballerizas presidido por una impresionante escalinata de mármol. De ella se despliega en lo alto un pequeño banderín rojo en el que se anuncia la llegada del visitante al hogar condal del Oso y el Madroño.

Sus escalones, estrechos y de baja altura, conducen a la planta principal, a la Casa de Madrid, que tal y como cuenta a Madridiario el actual presidente de la institución, Florencio García Cuenca, “huele a historia, a tradición, a cultura y algunas veces a cocido madrileño”.

Los 420 metros que ocupa están divididos en varias estancias distribuidas en torno a un largo pasillo. Destacan el salón principal -con un pequeño escenario en el que se celebran actos, tertulias y conciertos-, la sala de exposiciones y del piano y la biblioteca, la misma que sirve como sala de juntas y en la que pueden verse las fotografías de los 14 presidentes de la asociación y un cuadro con los socios de honor.

El mobiliario que decora el lugar es clásico y, en ocasiones, sobrio. Alfombras, espejos, sillas y mesas de estilo art decó llenan todas las estancias de este lugar, en el que no falta una pianola para tocar chotis. Pero lo que más puede verse son cuadros: pinturas, imágenes y dibujos que hacen viajar al visitante hasta la Puerta del Sol, el Arco de Cuchilleros o la Plaza de las Ventas, sitios que llenan el alma de todos aquellos que llevan a Madrid en el corazón.

Un lugar para convivir

A pesar de que esta institución fue durante muchos años la única casa de Madrid en el mundo, en la actualidad ciudades de renombre como Miami, La Habana o Ciudad de México gozan también de un rinconcito de la capital española para beneficio de todos aquellos que quieran sentirse un poco más cerca de casa. Porque Madrid siempre será la casa de todos.

“El pueblo de Madrid no posee un carácter emigrante, más bien, está acostumbrado a recibir en su seno a todos aquellos que llegan procedentes de otros lugares”, explica en su página web el organismo. De esta manera, la Casa de Madrid tiene socios no solo de origen madrileño, sino también uruguayo, francés, aragonés, andaluz o catalán, entre otras procedencias. De hecho, García Cuenca comenta que “a día de hoy contamos con más socios catalanes que madrileños”.

Asimismo, uno de los galardones que otorga la institución, el Trofeo Mariblanca, está destinado anualmente al reconocimiento de una persona de origen catalán que sea distinguida dentro de la Comunidad de Madrid. “El listado es envidiable”, dice el presidente tras enumerar personalidades como Montserrat Caballé, Josep Carreras, Sergi Arola, José Manuel Lara o el último reconocido, Joan Matabosch.

“Es una casa emblemática en Barcelona”, asegura su presidente, que reitera que el fin de esta morada es que se convierta “en la casa de todo el mundo” y se erija como un lugar en el que “convivir”. Seña de ello es su fachada, en la que ondea “una gran bandera española, una señera y una bandera de la Comunidad de Madrid, todas ellas regaladas por figuras emblemáticas de cada comunidad”, recalca el presidente.

En estos tiempos, en los que la relación entre Cataluña y España se presenta cuanto menos complicada, este pequeño espacio trata de pasar desapercibido en las riñas políticas y sociales. Por ello, no solo se celebran las festividades más chulapas –como San Isidro, la Virgen de la Almudena o Santa María de la Cabeza-, también hay agenda para las catalanas, entre ellas la Diada.

Solo alguna anecdótica pegatina de carácter político independentista en la fachada y una manifestación antitaurina durante una tertulia con el escritor taurino Carlos Abella (Barcelona, 1947), han ensombrecido el devenir de esta institución. “En Barcelona hay una alta dosis de cordura” entre los ciudadanos, lo que permite que “afortunadamente se pueda convivir” a la perfección en la ciudad entre unos y otros.

Momentos complicados

A pesar de que por la Casa de Madrid ha pasado “lo mejor de la sociedad catalana, madrileña y española”, la institución sobrevive a base de una “economía de guerra” ante la falta de subvenciones y ayudas por parte de los órganos de Gobierno de Madrid, así como por un embargo ejecutado por el Consistorio de Ada Colau el pasado año.

La financiación proviene en su mayoría de las cuotas de socios y del dinero recaudado en las actividades que copan la agenda de la institución. Entre ellas la degustación de cocido madrileño el primer sábado de cada mes, o la tradicional celebración de las famosas verbenas madrileñas en la terraza del palacete –de más de 600 metros-, siempre con productos de la tierra.

A esta recaudación se suma una pequeña ayuda del Ayuntamiento de Barcelona, de en torno a 1.500 euros, más otros tantos procedentes del distrito. “Desde Madrid no llega nada”, asegura el presidente, que lamenta que ni siquiera se cuente con la ayuda “moral” de los organismos madrileños. “Tenemos una historia para presumir, y queremos seguir haciéndolo”, clama.

Sin embargo, el ‘gato’ confirma que con “trabajo, cariño y unidad” todo se puede conseguir, y esa es la máxima que sigue él y el resto de su equipo para seguir manteniendo este pequeño rincón de la capital en Barcelona, ese pequeño agujerito por el que ver el cielo de Madrid.

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