14 de noviembre de 2019, 0:59:08
Social


Radiografía social de los acampados en el Prado: así son algunas de sus vidas

Por Paula Díaz


Unos dicen que son 12. Ellos, 700. Les acusan de ser falsos pobres que duermen a la intemperie por voluntad propia. "Activistas", les llaman. Pero son gente sintecho que viven bajo el umbral de la pobreza, mendigan un bocadillo en los comedores sociales y, haga frío o calor, recorren las calles de Madrid en busca de una ayuda que ni los servicios sociales ni las ONG pueden (o no quieren, según denuncian) ofrecerles en la mayor parte de los casos.

En la acampada del Paseo del Prado, todos ellos -unos 100 de los 700 que calculan que se encuentran en la misma situación- encontraron una familia con la que comparten sus historias de (infra)vida. Juntos se organizan para limpiar, ir a comprar, organizar las viandas que les donan o arañar euros para la bombona de butano con la que alimentan el camping gas en el que cocinan "pasta y arroz, sobre todo". También celebran asambleas para mantener su (des)orden interno y hasta se turnan para establecer servicios de vigilancia como medida de seguridad comunitaria.

(Foto: Chema Barroso)

Tienen miedo, sí. Pero aún les sobran las fuerzas para seguir reclamando a las autoridades -locales, autonómicas y estatales- su derecho a la vida. "Queremos vivir, no sobrevivir", exigen. Y lo hacen con protestas pacíficas como la que trasladaron el pasado miércoles al Palacio de Cibeles para protestar contra lo que consideran un ataque del Consistorio.

"¡Qué cuento tenéis los sintecho!", les recriminó una señora que presenciaba la escena con curiosidad y desprecio a partes iguales. "¡Poneos a trabajar ya!", les espetó otra.

(Foto: Chema Barroso)

"¡Ojalá!", responden ellos desde sus tiendas baratas en las que malviven desde hace meses. A veces, cuentan, ni siquiera pueden aceptar el poco trabajo que les sale. "No tenemos ropa adecuada ni un sitio donde ducharnos para ir limpios todos los días", explican.

Los sintecho llevan desde el 16 de abril acampando frente a Sanidad

Una vida detrás de cada tienda de campaña

Además, algunos tienen discapacidades que se lo impiden. No todos son drogadictos, ni borrachos, ni tienen problemas de salud mental. En casos como el de María, el problema está en su cadera. "Me operaron dos veces, pero en la última no me dieron ni rehabilitación. Me dieron el alta enseguida y me recomendaron caminar. Se me descolocaron los hierros", relata esta cordobesa que sueña con encontrar a un buen samaritano que sea traumatólogo y le eche una mano con su problema.

Camina con muleta, pero con la cabeza alta. Quiere, incluso, denunciar por "mala praxis agravada por aporofobia" al último médico que la atendió. "Ponlo, ponlo. A ver si hay algún abogado que me pueda ayudar", dice. Es lo único que pide: ni dinero, ni comida, ni tabaco. "Nos lo pedimos entre nosotros; a la gente, nada", dice mientras le echa la bronca a un compañero que osó pedir un cigarrillo a los periodistas.

María, de Córdoba y Tasio, con Bobby, en la protesta del miércoles frente al Ayuntamiento. (Foto: Chema Barroso)

Lo hace, como todo, medio en serio, medio en broma. Porque a María no le falta el humor. Así cuenta cómo conoció a su actual marido, con quien lleva en la calle los últimos siete años. "Nos conocimos en Murcia, en la cola de un albergue. Él me buscó. Yo no quería saber nada porque pensaba que todos los de la calle eran unos perdidos", bromea.

Y es que ella no siempre fue una sintecho. "Antes vivía con mi (anterior) pareja y mi hijo en casa de mi suegra", cuenta. "Yo no tenía trabajo ni familia y él era un maltratador. Esperé hasta que mi hijo cumplió los 18, le expliqué la situación y nos fuimos los dos", continúa. El Centro de la Mujer de Córdoba no pudo ayudarla: "Al tener mi hijo 18 años me decían que no podía venirse conmigo a una casa de acogida", lamenta.

Pasaron los años y salieron adelante como pudieron. Después, su hijo se hizo mayor y se dedicó a su carrera musical. Hoy no sabe nada de su madre, ni de la situación en la que se encuentra. Ella, que ha trabajado de auxiliar de enfermería, en centros de mayores y otros puestos similares, no puede continuar. "Yo quiero ser activa pero ahora, con 56 años y una muleta permanente, no tengo ni pensión", concluye.

Tasio llegó de Bulgaria hace 16 años pero no encuentra trabajo. (Foto: Chema Barroso)

Tasio tampoco tiene familia, pero sí un amigo fiel. Al mejor de todos. Se llama Bobby, tiene 3,5 años y mucho amor que dar. Ambos se conocieron gracias a que su dueña anterior era religiosa. "Yo pedía en las puertas de una iglesia. Ella iba mucho porque se le había muerto un hijo y hablando, hablando... me acogió en su casa", narra Tasio. Él, que llegó de Bulgaria hace 16 años, bailó de puesto de trabajo en puesto de trabajo hasta que se acabó la música. Fue chapuzas, cuidador de ancianos y varias cosas más. A día de hoy le sale "algo, muy de vez en cuando". Pero lo peor no es la falta de trabajo, sino las complicaciones para conseguir vivienda.

"Con Bobby no puedo pasar a los albergues", denuncia. Y no piensa dejar a Bobby nunca. Cuando murió su rescatadora -que terminó siendo un poco lobo detrás de la piel de cordero hasta que enfermó y le agradeció los cuidados que sus hijos no le daban-, los dos expulsados de su hogar compartieron sus desgracias. Por eso ya no se imagina la vida sin él a su lado. Pero pagar un alquiler le es imposible...

...Como a Selena. Ella tiene 64 años, es ecuatoriana, alta, morena, culta y católica. Y sí, también transexual. Una condición que, añadida a las crisis económicas de su país en los años 90, la obligó a emigrar a España. Aunque aquí tampoco la vida le trató demasiado bien. "Yo tenía un trabajo. Era una esclava legalizada con un contrato de miseria en el sector de la limpieza. Me obligaban a hacerme una coleta y disfrazarme de tío. Era humillante", recuerda.

Ya en casa, compartía piso con compatriotas. El último, un trastero por el que pagaba 200 euros y en el que vivía con un amigo colombiano y la pareja y el hijo de este. "Creía que con él iba a vivir segura, pero es un violento y un maltratador. Me insultaba, me discriminaba, me llamaba travelo... Estaba pagando para que me torturaran, así que aquí estoy", explica, con su transistor y su Biblia siempre a mano.

Selena va a todas partes con su transistor y su Biblia:

Pese a lo que pueda parecer, no hay lágrimas en su cara mientras cuenta su testimonio. "Soy fuerte porque el acoso que he vivido me ha hecho fuerte", presume. Y arremete contra una "metrópoli capitalina y moderna" (Madrid) que todavía peca de "homofobia y transfobia" y permite que haya "tantísima gente durmiendo en la calle".

"La culpa es de la quiebra del sistema capitalista que deja a familias enteras en la calle", apostilla Carlos, un músico brasileño de 62 años que huyó de la corrupción policial de su país. Aquí vive de albergue en albergue, aunque en los últimos tres meses decidió unirse a sus compañeros para pelear en lo que considera "una lucha estatal".

(Foto: Chema Barroso)

"¿Cómo se les puede negar de esa manera?", protesta Daniel. Él, que sí es un activista, se emociona cuando habla de sus "hermanos" de la acampada. "Solo se han negado a morir a solas. Por eso están aquí", opina quien, desde el lado opuesto de la cadena humana en el que se encuentran las señoras que insultaban a los sintecho, les baja todos los días café, agua o, simplemente, se sienta a escucharles y tocarles para que recuerden que son personas. "Son activistas, sí. Activistas de la vida. No son así, están así. Pero las autoridades quieren negar su realidad", denuncia.

"La culpa es de la quiebra del sistema capitalista que deja a familias enteras en la calle"

Derecho a ser pobres

"Es una pena y una vergüenza que el Ayuntamiento les niegue su realidad, su derecho a ser pobres", continúa Daniel en referencia a las declaraciones del alcalde, José Luis Martínez-Almeida, y la vicealcaldesa, Begoña Villacís, insistiendo en que "solo hay 12 sintecho" en la acampada mientras que los demás son "activistas".

El Consistorio, que se encontraba en una Junta de Gobierno mientras los acampados se trasladaron al Palacio de Cibeles a protestar, les recriminó, además, que "ocupar las calles" de forma ilegal no era "la mejor manera de negociar". "Claro -apostilla Daniel-, la mejor manera de negociar es que se mueran en silencio", zanja.

Selena coge su tienda de campaña y huye de la Policía antes de que se la quiten. (Foto: Chema Barroso)

Tras el desalojo de la plaza frente a la sede del Ayuntamiento, los acampados temen que les barran también del Paseo del Prado. "Nos han advertido de que no nos separemos", relatan.

Sin embargo, como en toda relación humana, los acampados no están exentos de conflictos. Los que se extienden frente al Ministerio de Sanidad acusan a los de la zona de Cibeles de ser "violentos" y de aprovechar la situación de los sintecho "reales" para hacer política. De ahí salió, según los de Cibeles, la "excusa" del Ayuntamiento para asegurar que solo un 15 por ciento de los acampados son verdaderos sintecho.

María y Tasio hacen tiempo hasta que la Policía les desalojó. (Foto: Chema Barroso)

Unos datos "fáciles de contrastar" para muchos de ellos, que se empeñan en mostrar a la prensa documentación con sus partes de atención del Samur Social -que recibe críticas de unos y otros por su "deficiente" labor- o los sellos de los albergues en los que logran ubicarse. También con las solicitudes presentadas en el Consistorio para pedir un techo en el que vivir. "No somos activistas que empatizan con la causa de los sintecho. Somos sintecho que nos hemos vuelto activistas por las circunstancias", concluyen.

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