16 de septiembre de 2019, 14:55:35
Opinión


Vox, La Manada y la masculinidad hegemónica

Por Raúl Cordero


Vox tiene público porque intermedia políticamente con el imaginario de una parte de la sociedad. Por eso es importante atender a lo que dicen y confrontarlo con la razón democrática, haciendo aflorar, sobre todo, los elementos de su discurso que no son tan minoritarios, sino que tienen encaje en el paradigma posmoderno/neoliberal contemporáneo. En este caso, conviene escuchar especialmente el discurso machista de Vox, porque si bien no es mayoritario, sí es la articulación política de los márgenes más extremos (o no tanto) de la sociedad en que vivimos todos y todas.

Atendamos a las siguientes declaraciones del portavoz de Vox en Andalucía, Francisco Serrano, en relación a la sentencia contra La Manada: "Nos encontramos ante la paradoja progre, en la cual la relación más segura entre un hombre y una mujer, será únicamente a través de la prostitución. Desde ahora, la diferencia entre tener sexo gratis y pagando, es que gratis te puede salir más caro”.

Serrano ha entendido que, efectivamente, los hombres han encontrado dos únicas formas de acceder sexualmente a mujeres que no les desean, la violación y la prostitución, y se queja del incremento del coste que establece la sentencia contra La Manada. En su imaginario no cabe una sociedad en que los varones tengamos que convivir con nuestros deseos insatisfechos, porque como nos explicó Kate Millet, los mitos y creencias patriarcales atribuyen al varón una capacidad sexual superior y, como consecuencia, una necesidad sexual más apremiante. Forma parte de los mitos patriarcales la creencia en la irrefrenabilidad de la sexualidad masculina. Pero esto es una falacia. Los hombres podemos, perfectamente, frenar nuestros impulsos.

En realidad, lo que Vox reivindica son espacios libres de feminismo para el ejercicio de la masculinidad hegemónica. Una masculinidad que se ha visto impugnada doblemente en las últimas décadas. Por un lado, como consecuencia de la crisis del hombre proveedor de seguridad y sustento que la incertidumbre neoliberal, y la última crisis económica, han generado en occidente, abriendo grietas profundas en la autoestima masculina con nuevas formas de precariedad que inhabilitan al varón para cumplir con los mandatos de la masculinidad. Por otro, por la fuerte impugnación que el feminismo radical, desde finales de los años 60, ha sido capaz de armar contra la posición social de los varones como aristocracia. Ambas cosas, la crisis del pater familias y la crítica al androcentrismo, provocan un resquebrajamiento en la subjetividad masculina (Ranea) que sólo tiene dos vías de reconstrucción posible: asumir una menor masculinidad como parte de un compromiso militante de lucha contra el patriarcado; o buscar espacios para la reconstrucción subjetiva de la masculinidad tradicional, no tanto desde la auctoritas del pater familias, sino como grupo de iguales en la fratría (Pateman).

Un espacio clave para esta reconstrucción subjetiva, que apuntala el edificio patriarcal al permitir el ejercicio de la masculinidad hegemónica sin interferencias feministas, es la prostitución (Ranea). Los espacios prostibularios son enormes agujeros democráticos en los que desarrollar la feminidad y masculinidad patriarcales, dejando en suspenso los Derechos Humanos (la edad de entrada en prostitución en España es cada vez menor, aumenta la prostitución infantil, y la principal fuente proveedora de oferta son las redes de trata). Como institución social, la prostitución, independientemente de los grados de “voluntariedad” y “consentimiento”, es funcional al orden patriarcal en la medida en que enfatiza los géneros y que éstos son la principal estrategia de dominación del patriarcado. Es una institución generizada, como demuestra la evidencia empírica: el 99,7% de los demandantes de prostitución son hombres; más del 90% de la oferta son mujeres y niñas.

Las declaraciones de Serrano son terribles porque expresan exactamente el imaginario de la fratría: si pueden condenarte a 15 años por violación, la diferencia entre tener sexo gratis y pagando, es que gratis te puede salir más caro. En su sociedad imaginada, rigen las figuras de la puta y la santa, y los cachorros de Vox están confusos. ¿Cuál es ahora la santa? ¿No era aquella que satisfacía a menor coste las necesidades masculinas? De ahí la inmediata reacción de la derecha en redes sociales: ahora, por lo visto, sois todas putas. Así está el patio.

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