10 de diciembre de 2019, 2:58:05
Opinión


Es la política, estúpidos

Por Nino Olmeda


Durante la campaña electoral de Bill Clinton en 1992 contra George H. W. Bush (padre), que lo llevó a convertirse en presidente de los Estados Unidos, ‘La economía, estúpido’ (the economy, stupid), fue una frase muy utilizada en la política estadounidense. Aunque Bush era considerado imbatible por la mayoría de los analistas políticos, sobre todo por sus éxitos en política exterior, obvió cuestiones más vinculadas con la vida cotidiana de los ciudadanos y con sus necesidades más necesarias, es decir, con la economía y el reparto desigual de la riqueza.

27 años después y en esta ocasión en las elecciones municipales y autonómicas de 2019, es necesario recordar que James Carville, estratega de la campaña electoral de Bill Clinton, con esta frase resumía su intención de enfrentar el cambio contra más de lo mismo. Sin atreverme a llamar estúpido a nadie en concreto, porque no sabría identificar a los responsables de tanta estupidez, me viene a la mente una frase que resume mi reacción ante el resultado electoral en la Comunidad de Madrid: ‘Es la política, no la aritmética’.

La política es la actividad de los que gobiernan o aspiran a gobernar los asuntos que afectan a la sociedad o a un país y la aritmética es la parte de la matemática que estudia los números y las operaciones que se hacen con ellos. Parece claro que no se sabe distinguir una cuestión de la otra, ya que en aritmética 1 + 1 = 2 y en política 1 + 1 + Vox = 0. Esta percepción no es mía, sino de un excelente amigo de derechas, pero la comparto.

Teniendo en cuenta que los resultados de los comicios han dejado muy claro que el ganador, el socialista Ángel Gabilondo, ha obtenido el mismo resultado que en 2015, que el liberal Ignacio Aguado ha sacado nueve diputados más que hace cuatro años, que la ‘podemita’ Isabel Serra se ha dejado por el camino 20 de los 27 escaños que tenía, que la popular Isabel Díaz Ayuso ha perdido 18 y se queda con 30 y que los dos nuevos (Más Madrid con 20 y Vox con 12) han entrado con más o menos fuerza, quizá sería el momento de hacer política y no sumas y restas que no llevan más que a la confusión y a desvirtuar las actividades relacionadas con la gobernabilidad, con la gestión de lo público.

Desde el minuto cero, incluso antes de que terminase el recuento, Pablo Casado presumió de victoria del PP y levantó el brazo de la candidata colocada por él en signo de triunfo, sin saber de qué se ríe después de obtener el peor resultado de la historia. Casado sentía que, a pesar del revolcón electoral en toda España, que la suma podía hacer milagros en Madrid y que era necesario dorar la píldora a la extrema derecha para que no ganen ‘los que quieren dividir España’ y ‘acabar con la libertad’, según la derecha más reaccionaria.

Ignacio Aguado no se veía de presidente, sí de vicepresidente de un gobierno a tres, donde uno de ellos representa todo lo contrario de los supuestos postulados liberales de Ciudadanos. En el PP hay un enorme cabreo por los cambios de rumbo de Casado desde la nada a la absoluta temeridad. Ya no habla de coaliciones de perdedores ni se refiere a Vox como partido de extrema derecha, pero teme que la política actúe y se deje la aritmética para sumar peras y manzanas.

Si la política se deteriora y pasa a un cuarto o quinto lugar y la aritmética triunfa en la gestión de lo público, la democracia se deteriora y el mercado persa entra en funcionamiento y los trapicheos se normalizan. Mi querido amigo de derechas, tan enojado como yo por todo lo que sucede, dice que con Vox entre medias no hemos de hablar de derechas e izquierdas sino de democracia sí o no.

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