19 de septiembre de 2019, 21:10:48
Opinión


Garrido en su encrucijada

Por Nino Olmeda


Recuerdo, estando de comida familiar y con la televisión encendida, aunque no prestaba mucha atención, oír palabras que me asustaron, no solo por lo que vociferaban los que hablaban, sino también porque me sonó a pasado añejo y de malos recuerdos. Alcé la mirada para ver qué era eso: uno de los primeros actos de la nueva fuerza de extrema derecha, en la plaza de toros de Vistalegre.

Poco tiempo después, en un desayuno informativo de Servimedia, pregunté al entonces presidente de la Comunidad de Madrid, Ángel Garrido, por esta nueva formación política creada por un señor que ocupó un cargo en el Gobierno presidido por Esperanza Aguirre y del que no se sabe qué hizo pero sí lo que cobraba. Su respuesta fue tajante: “En el PP no tenemos que intentar parecernos en nada” a esta formación de extrema derecha. Añadió que “sería el mayor error que podíamos cometer, que alguien nos asemejara aunque sea un poco” con ellos.

Horas después de esta afirmación, el nuevo presidente del PP, Pablo Casado, habló de este mismo partido y dijo todo contrario, habló de la extrema derecha en términos amables y afables, hablando de ellos como coleguitas. Entonces pensé que Garrido empezaba mal su relación con Casado, que fue el responsable de elegir el nombre del candidato del PP a la Presidencia de la Comunidad de Madrid y de rechazar la continuidad de Garrido, quien reaccionó, en un primer momento, con elegancia y serenidad, a pesar del feo que le hicieron: se enteró de que era despedido y sustituido por Isabel Díaz Ayuso en el momento de la cita con el nuevo jefe nacional de los populares.

Garrido, que lanzó loas al que le había defenestrado, aceptó con disciplina la decisión y decidió ir, en contraprestación por la mala jugada recibida, en las lista del PP al Parlamento Europeo. Todo parecía en paz y según lo previsto en el guion de Casado, cuya decisión no sentó bien en el Consejo de Gobierno presidido por Garrido. Se comentaba que no había que desesperar porque todo podía volverse a atrás y que el todavía presidente optase a repetir en el cargo. Algunos soñaban con que se repitiese la ‘Operación Ruth Beitia, pero olvidaron que Díaz Ayuso no es saltadora de altura. Parecía raro que Garrido, tan poco amigo de la ultraderecha, aceptase todo del que le había puesto de patitas en la calle y del que entonces se derechizaba a un ritmo tan rápido como el de la cerilla sobre el papel de fumar.

El entonces presidente regional tejió en su mente una encrucijada o situación difícil en que no se sabe qué conducta seguir y quizá pensaba que con el paso dado de pasarse a Ciudadanos, podía salir de esa tela de araña que envolvía su realidad interna. Sin saber o no que una encrucijada también es una emboscada, dejó a un PP muy escorado a posiciones extremas para no perder a los que son llamados por la nueva formación de extrema derecha.

Se marchó a un partido que pretende aspirar a algo con la confluencia de todas las derechas, entre ellas, aquella a la que “no tenemos que intentar parecernos en nada”. Garrido hizo lo que creyó más conveniente para él, aunque las formas, tan importantes en democracia, dejan mucho que desear, porque la política, aunque lo parezca, no es un zoco ni una partida de póker con ‘burlangas’ sentados en la mesa con tapete verde.

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