19 de octubre de 2019, 19:57:15
Opinión


Navidad en Madrid Central

Por Fernando González


El Ayuntamiento capitalino ha remitido un mapa de Madrid Central a Sus Majestades los Reyes Magos. Espero que lo reciban con la puntualidad que precisa un envío de esa importancia, no vaya a ser que los Reyes regresen al Oriente cargados de apercibimientos municipales. Me imagino al Rey Baltasar preguntándose por la categoría vial de su transporte personal: “¿tendré que ponerle una pegatina a mi camello?” Inquieto por la cuestión responderá el Rey Gaspar: “el animal ensuciará las calles con sus cagarrutas y sus orines, pero no contaminará el aire”.

Baltasar no termina de aclararse: “…y nuestros pajes ¿Cómo van a repartir entre pequeños y grandes los regalos que traemos? Espero que no pretendan que recorran los barrios de Madrid Central a lomos de caballo o en esos artilugios que llaman patinetes”. “Buena pregunta Baltasar, seguramente nos tendremos que mover en furgonetas eléctricas o en furgones híbridos. Melchor tendrá que echar muchas cuentas, aunque me temo que la distribución nos saldrá este año por un dineral”.

Sea como fuere, yo les aseguro que los Magos encontrarán una solución al desaguisado y todos los madrileños tendrán en su hogar los presentes que se merezcan. A cambio de ese esfuerzo, sería bueno que todos los vecinos de Madrid respiremos mejor el próximo año. Estas serán pues las primeras Navidades en Madrid Central, una prueba de fuego para los miles de comercios que se abren al público en esa zona restringida a la movilidad motorizada. No les queda otro remedio que afrontar la ordenanza con la fortaleza y entusiasmo que los caracteriza.

Así las cosas, los escaparates lucen más bonitos que nunca, repletos de viandas suculentas y obsequios para todos. Esplendido también el despliegue de guirnaldas, campanitas, espumillones, copitos de algodón, arbolitos y pesebres. En los tiempos que corren todo ayuda a los tenderos. Me gusta pasearme por los mercados tradicionales y más en estas fiestas señaladas.

Observo con curiosidad el festín que se me presenta: pavos, pulardas, capones, lechoncitos y corderos. En los pasillos paralelos se multiplica la oferta con suculentos productos de la mar. Los hay para todos los gustos y para todos los bolsillos, desde el besugo de ojos saltones a la centolla gallega, pasando por las humildes doradas o los socorridos langostinos. ¡Pasen y vean, tenemos de todo, de primera y barato!

Cada año, siguiendo la tradición, me adentro en el mercadillo de la Plaza Mayor, allí se multiplican los puestos de figuritas para el Belén y los tenderetes de panderetas, trompetillas, matasuegras, caretas horripilantes y artículos de broma. Después compro turrones en Casa Mira y apuro un caldito en Lardy. Por el camino, con la mirada sorprendida del niño que fui, contemplo las luces que cuelgan de las farolas, de los árboles y de las fachadas de los edificios más singulares. En la etapa modernita de Gallardón se abandonó la simbología cristiana y por esa senda seguimos.

Ya no lucen las estrellas, ni los pastores ni los Magos, ahora se iluminan los figurines galácticos, los chupones de colores, los dibujos geométricos y las cortinas incandescentes que combinan secuencias fantásticas. De vuelta a casa, en cualquier esquina, pegados al hogar de un vendedor de castañas asadas, amarraditos los dos por el brazo, cargados de bolsas y recuerdos, una pareja de ancianos cuenta los días que faltan para reunirse con sus hijos y sus nietos. ¡Feliz Navidad amigos lectores!

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