25 de junio de 2019, 12:36:07
Opinión


Si no hay vida, no hay trabajo decente

Por Jaime Cedrún


Un trabajo digno es honesto, honorable, moral y éticamente noble; un trabajo debe ser respetado y respetable: decente. Un trabajo con características de este calado es también un trabajo seguro, incompatible con graves accidentes laborales y enfermedades profesionales. Se trabaja para vivir y no para morir, ni en el trayecto al centro de trabajo, ni para caer de un andamio en malas condiciones, ni para sufrir un derrumbe por ahorrar costes, ni para padecer un infarto provocado por un entorno o unos jefes tóxicos.

Si el trabajo no es digno, con un salario justo y unas condiciones que no afecten a la salud y la vida de las personas, no estamos ante el concepto que debiera ser el de “trabajo”. Quizá nos acercaríamos a esclavitud o explotación laboral. Es por ello también necesaria la existencia de sindicatos de clase en los que se organicen los trabajadores y las trabajadoras en defensa de sus derechos y condiciones dignas. En defensa, en última instancia, de su vida.

Desde hace once años, cada 7 de octubre el mundo entero conmemora el Día del Trabajo Decente, a instancias de la Confederación Sindical Internacional (CSI). Pero es en 1999 cuando la Organización Internacional del Trabajo (OIT) se refiere al concepto como a la “generación de oportunidades para que hombres y mujeres accedan a un empleo en condiciones de igualdad, libertad, seguridad y dignidad humanas”.

En la comunidad de Madrid, las enfermedades profesionales y los terribles datos de siniestralidad laboral hacen que tengamos que dar un rotundo golpe en la mesa para cambiar las reglas. Quizá, una vez más, la agenda mediática nacional e internacional acalle el clamor del 7 de octubre y los actos que se realizarán por todo el planeta (en Madrid, en la plaza de Drumen a las 12:00 horas).

No hay trabajo decente si no hay vida. La primera condición de la decencia en el trabajo es la garantía de la vida, de la salud laboral, de unas condiciones dignas con las que los trabajadores no estén expuestos a un siniestro ni tampoco a unos riesgos laborales que terminen produciendo un accidente laboral no traumático.

Sí. Debe detenerse radicalmente esta sangría que padece la comunidad de Madrid. Hablamos de cincuenta y seis accidentes mortales en lo que va de año, ¡siete al mes! Estadísticas terribles que esconden tragedias familiares y situaciones incalificables detrás de las cuales también están las administraciones.

Tragedias como el caso del hombre de 74 años recientemente fallecido mientras podaba árboles a través de un servicio externalizado de una comunidad de propietarios. O el terrible derrumbe acaecido hace pocos días en las obras de rehabilitación del Hotel Ritz de la capital que podría haber sido una masacre con decenas de muertes. Unas obras en las que, por cierto, trabajan hasta doce empresas diferentes diluyéndose así las responsabilidades.

En este escenario del 7 de octubre se hacen imprescindibles algunas iniciativas, como perseguir el delito de riesgo de siniestralidad o la personificación de la fiscalía en los accidentes; así como la complicidad de los medios de comunicación para situar esta lacra en la agenda del debate público.

El trabajo siempre es digno, lo indecente son esas formas que convierten a la clase trabajadora en clase explotada, cuando no esclavizada. Y esa indecencia que implica desigualdad está muy presente en la comunidad de Madrid, donde más del 20 por ciento de sus habitantes se encuentran en situación de pobreza.

La Comunidad de Madrid, paradigma y laboratorio del neoliberalismo económico más ultra, es una región rica con pobres abanderada de las reformas laborales. Es el reino de la desigualdad y los desequilibrios. Más de ocho de cada diez contratos que se formalizan son precarios, y de estos, la mitad tienen una temporalidad inferior a los 15 días.

Precariedad y temporalidad que provocan innumerables accidentes laborales. Las empresas contratan y subcontratan servicios externos y la siniestralidad se dispara en esta cadena de subcontrataciones.

Así pues, reivindicar trabajo decente ya no es reivindicar algo lejano. La indecencia, la muerte en el tajo y la explotación la padecemos cada día en nuestras ciudades. En Madrid lo visualizaremos el domingo, a las 12:00 horas en la céntrica plaza de Drumen.

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