13 de noviembre de 2019, 14:29:48
Reportajes


Navalquejigo, el lugar que 'okupa' la sencillez

Por Carles Martínez

La pequeña comunidad de Navalquejigo, a la vera de una iglesia medieval, está compuesta por algo más de 50 habitantes -unos más veteranos que otros-, que se han dedicado durante las últimas décadas a reformar y reconstruir un pueblo que murió antes de llegar al siglo XXI y que resurgió de sus ruinas gracias a estos okupas. En un ambiente plácido y sencillo, los habitantes no ansían las posesiones y pelean por permanecer en el tiempo a sabiendas de las dificultades que la sociedad moderna les presenta.


Si el entorno acompaña o no a Navalquejigo es algo que sólo se imprime sobre sus habitantes. Custodiado a un lado y al otro por El Escorial y Galapagar, se sitúa cercado por la naturaleza y el campo. Algunos caseríos alejados y el complejo residencial de chalés de Los Arroyos delimitan casi de forma simbólica el 'término municipal' de la peculiar aldea.

Un camino de tierra de unos tres metros separa las últimas casas de Los Arroyos del buzón de madera que da la bienvenida a Navalquejigo. Alejándose de la avenida principal que accede a las urbanizaciones, una callejuela de asfalto se acaba posponiendo a la tierra y a un camino arenoso. Allí nos topamos con las primeras caravanas acampadas, todas tras el resguardo de un muro circular hecho de piedra. Enseguida, asoman tímidamente las casas de la aldea y un discreto espacio que actúa como plaza, el núcleo de la comunidad.

Tras una de las zanjas se encuentra atareado Lince, un joven que hace honor a su apodo por su aspecto perspicaz y escurridizo. Dice que es feliz en el lugar que ocupa. Es músico y lleva tres años en Navalquejigo. Vive en una de las casas donde primero estuvo instalado un amigo, pero cuenta que antes permaneció afincado en una de las caravanas. Nos explica que los habitantes que viven allí, o los que en su día lo hicieron, son los responsables de la existencia de esas casas. "Las han construido desde la nada, han reactivado este sitio. Son héroes del siglo XXI", detalla con firmeza.

El verano llega a su fin, Navalquejigo presenta un silencio matutino poco habitual y Lince, posado junto a su perro en su parcela, añade que aguarda a la llegada de muchos de los habitantes que se encuentran "trabajando como temporeros" recogiendo los cultivos. Dice que cuando están todos, "sobre todo en invierno y primavera", son una comunidad de entre 50 y 60 personas.



Muerte y resurrección

Navalquejigo ha vivido distintos pasados. Algunos más oscuros que otros. La existencia de la pequeña localidad se remonta al siglo II antes de Cristo pero no sería pueblo hasta que unos segovianos lo fundaron en el siglo XI. Ya en 1748 contaba con 73 habitantes y recursos como una cárcel picota, una horca, un mesón y una herrería.

Desde sus comienzos, este asentamiento tuvo que enfrentarse a las condiciones de su entorno y, como el pez grande que se come al pequeño, la proximidad a localidades como El Escorial, Galapagar y, en menor medida, la propia capital, no solo frenaron el crecimiento de la aldea, sino que lo redujeron hasta morir varios siglos después.

El año de su 'defunción' fue 1989. El pueblo, afectado por el éxodo, acabó por ser abandonado. Y, como es habitual, se dio paso a años de saqueos, degradación y crecimiento de la maleza del lugar. Una ubicación íntima y desolada que favoreció que muchos adictos de la época aprovecharon para establecer allí su punto habitual de consumo.

Casi una década después, un grupo de jóvenes decidió instalarse allí y acabar con el abandono. Reactivaron la vida del pueblo, ahora okupa, y llevaron a cabo labores de reforma. Construyeron casas a partir de las viejas ruinas, cultivaron huertos y conservaron con sus escasos medios la iglesia de la aldea de origen medieval. Gracias a ella, la zona cuenta desde 2006 con una declaración de Bien de Interés Cultural.

Donde unos años atrás hubo un Ayuntamiento derruido, ahora se alza una casa con diseño esférico y de color beige; los habitantes la construyeron a base de adobe frente la picota central alzada en la plaza del pueblo. Al otro lado, también cuentan con una casa habilitada para uso común donde los miembros de la comunidad pasan el rato "porque en los días de calor se está fresquito", dice riendo Lince. Allí, realizan actividades de ocio: "una batukada cercana al asentamiento se pasa por aquí a ensayar y, como muchos de los habitantes se dedican al circo, también suelen entrenar y practicar en aquel espacio; e incluso se daban clases de artes marciales", vuelve a añadir Lince sin soltar la sonrisa.

"Construyeron casas a partir de las viejas ruinas, cultivaron huertos y conservaron con sus escasos medios la iglesia de la aldea".

"Tenemos instalada una ducha en esa casa por si alguien tiene algún problema con la suya. Además, es habitual que muchas personas pasen por el pueblo trazando rutas por el campo a pie, bicicleta o caballo, por eso también está ahí, por si se quieren refrescar. Les dejamos que se queden incluso a dormir si lo necesitan", cuenta el habitante.

El trabajo es la clave del funcionamiento

La política de autogestión en Navalquejigo es evidente, no hay privilegios ni ayudas; y el terreno, pende de un hilo.

Lince destaca que cuentan con auténticas proezas de la construcción y de la rehabilitación. Los habitantes consiguen tener luz eléctrica a partir de la energía proporcionada por unas placas solares que ellos mismos han financiado. Poseen estufas y las cocinas funcionan a gas. Se abastecen como pueden y lo consiguen.

Hay casas divididas por la mitad y donde vive más de una persona. No es un secreto que tal vez, en un futuro, haga falta construir más habitáculos. Son muchos los que en los últimos años han ido apareciendo por el pueblo afectados por diferentes circunstancias, como los desahucios.

Los vecinos toman la energía de placas solares.

¿Y los niños?, "hay bastantes, algunos han nacido aquí y van casi todos a colegios que hay por la zona de Los Arroyos", desarrolla Lince con aspecto dubitativo, sabe que pese a que viven en Navalquejigo, cada uno lleva su vida y "no es posible hacer piña con todos al cien por cien", narra.

¿Y los terrenos?

Los vecinos cuentan que la sombra del desalojo siempre campa sobre sus casas y caravanas. "No sabemos lo que duraremos aquí, pero de momento aguantamos", dice Lince. Ellos especulan que los dueños originarios son una familia histórica cuyo apellido otorga el nombre a la macrourbanización, sin embargo, también figura en los documentos que el terreno fue vendido a la constructora Edisan.

Para su suerte, que la iglesia tenga una consideración de Bien de Interés Cultural aleja la especulación y ayuda a la persistencia de la aldea. Sin embargo, pese a esta condición, algunos de los habitantes más veteranos vivieron en 2007 un desahucio trágico que duró meses y que para beneficio de los okupas culminó con un levantamiento de las medidas cautelares que les permitió regresar a sus casas.

Contraste de realidades

Casi a mediodía, una joven vecina de Los Arroyos, junto a su chihuaha, pasea por los caminos de acceso al pueblo. Dice que suele escoger esta zona porque los caminos se alejan del asfalto en dirección al campo y al perro parece agradarle.

"Son muy agradables, no molestan para nada", añade la joven que sin detenerse se aleja cruzando una de las calles de Navalquejigo.

Junto a un abrevadero -también medieval- de fecha incalculable, Lince corrobora lo que decía la otra joven. "Son distintas realidades pero nos respetamos, no hay mal rollo. Si bien, cierto recelo", cuenta. Lo dice sin más importancia que la que le da al abrevadero, del cual comenta que proporcionaba agua potable a los vecinos y a los excursionistas "hasta que decidieron cortar el suministro".

"La sombra del desalojo siempre campa sobre sus casas y caravanas".

Lince sabe que al final es un "tira y afloja" con las instituciones, ya que, paradójicamente, se les instaló un sistema de alcantarillado frente a dicha fuente. "Saben que en un futuro hasta les puede interesar tener aquí estas tuberías y conductos", termina.

Nuestro confidente por un día señala que debe volver a sus tareas, pero no sin antes lanzar un deseo al aire. A Lince le gustaría que viniese más gente y se acondicionase mejor la zona, pero es consciente de que la organización sería mucho peor. Reitera y nos invita a que regresemos en invierno o primavera, las épocas con mayor número de gente.

Cierra la zanja y se marcha junto a su perro. En la plaza, otros perros campan libres, sin intuir que también forman parte del lienzo que dibuja Navalquejigo en el paisaje. Al fondo, entre los chopos se pierde una pareja de excursionistas que dejan el pueblo a sus espaldas.

Lince se aleja entre huerta y arbustos camino a su casa.

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