15 de diciembre de 2019, 14:46:18
Opinión


Madrid Norte: un reto formidable

Por Fernando González


Me sorprende, sinceramente, que aún quede algo de sensatez y responsabilidad en la dirigencia política que nos gobierna. En otra situación, distinta de la que padecemos, el pacto global que permitirá la remodelación urbanística del norte de Madrid sería una noticia con mayúsculas, un titular de campanillas, un reto formidable, pero las perturbaciones que tambalean la estabilidad del gobierno regional convierten el anuncio en una medianía informativa. Sin embargo, a pesar de los pesares, por encima del dichoso master de Cristina Cifuentes, la intervención aprobada cambiará para siempre el Madrid que conocemos.

Se trata de soterrar el enjambre de vías que terminan en la Estación de Chamartín y recuperar los terrenos colindantes del complejo ferroviario. Se modificará también la cabecera de la autovía A-1 Madrid-Burgos, suprimiendo así el colapso diario que sufren los conductores que viven y trabajan en ese perímetro norteño. En el suelo resultante de la operación, financiada con capitales privados y públicos, se proyectan promociones residenciales de precio libre y precio tasado, edificios singulares enmarcados en un nuevo distrito financiero, dotaciones de uso terciario, rondas ajardinadas y numerosas zonas verdes.

Se reformará también la terminal de trenes y todo su entorno. Se nos anuncia, en definitiva, la obra urbana más ambiciosa que se haya afrontado nunca en una metrópolis europea. Aunque parezca mentira, ha llegado la hora de cerrar un plan que se diseñó cien años atrás, parado durante décadas por culpa de infinitos desacuerdos políticos y económicos.

El Paseo de la Castellana se planificó en tiempos de la Regenta María Cristina, a mediados del siglo XIX. Se aprovechó para ello el cauce fluvial del arroyo Castellana, que manaba más allá de lo que hoy se conoce como Plaza de Castilla y fluía hasta el Hipódromo de Madrid, lugar que ahora ocupan los Nuevos Ministerios levantados en los años treinta por los gobiernos de la Segunda República. Se pretendía unir el norte con el sur de la Villa.

Así nació el eje central que atraviesa Madrid y prolonga los Paseos de Recoletos y del Prado. Muy pronto la burguesía madrileña se instaló en los márgenes de la nueva avenida, levantando en la zona numerosos palacetes. Buena parte de ellos, la totalidad prácticamente, desapareció con la reordenación urbanística impuesta por el desarrollismo franquista en los años setenta del siglo pasado. Durante la Guerra Civil el Paseo de la Castellana se llamó de la Unión Proletaria. Terminada la contienda, se denominó Avenida del Generalísimo, localización que se mantuvo hasta la recuperación de la Democracia.

En aquellos tiempos solo había descampados en los límites de la Castellana, que por entonces ya tenía seis carriles centrales y dos más en los laterales. A lo largo de su recorrido, a derecha e izquierda, solo se divisaban los arrabales de la Colonia del Viso, el Estadio de Chamartín, el altivo deposito del Canal, algunas barriadas aisladas y el complejo hospitalario de La Paz. Más allá se acababa el mundo. No era posible expansión alguna que saltara por encima del embudo de líneas férreas que pasaban por allí.

A la modernidad proclamada de las inclinadas Torres Kio y al desafío majestuoso de los cuatro rascacielos levantados sobre la antigua Ciudad Deportiva del Real Madrid, se añadirá ahora el complejo Nuevo Norte. Un compromiso espléndido que fomentará la construcción de más de 10.000 viviendas, 2.000 de ellas de protección oficial, complementadas por un tinglado económico financiero extraordinario. Para hacerlo posible se crearán más de 25.000 empleos. El plan está trazado y aprobado. Madrid estará completo.

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