23 de octubre de 2019, 20:49:01
Cultura y ocio


Crimen y telón: nuevo acierto de Ron Lalá

Por Antonio Castro

La compañía Ron Lalá se ha confirmado en los últimos años como uno de los grupos más coherentes de la escena española. Su último espectáculo, Crimen y telón, se representa hasta el 28 de enero en el teatro Fernán Gómez.


‘¡El teatro ha muerto!’ con esta frase contundente comienza la representación. Y anoche, escuchada en el Fernán Gómez, a muchos nos provocó un escalofrío. A los que tememos un nuevo hachazo al teatro público madrileño en la nueva etapa del Centro Cultural de la Villa, que podría dedicarse a partir del año próximo a la música. Deseamos errar en nuestro presagio, pero las cosas pintan mal para los cómicos.

Obviamente Ron Lalá escribió esta comedia antes de conocerse el rumbo futuro de los teatros municipales. Pero no es inocente la alusión al Matadero. Refiriéndose al Fernán Gómez dice uno de los personajes perseguidores del teatro: ‘Habría que volarlo, como hicimos con el Matadero’. El que quiera entender…

Más allá de estas anécdotas, Crimen y telón es un formidable espectáculo en la línea de lo que han dado en llamar ‘metateatralidad’. O sea: teatro dentro del teatro.

Al comenzar la representación se descubre un cadáver ahorcado: es el teatro. Las brigadas anti-artes deben descubrir al criminal. Estamos en el año 2037 y un solo gobierno rige la Tierra. Todas las bellas artes han sido proscritas y perseguidas: son enemigas del poder político. Y, a su vez, el poder siempre ha sido enemigo del teatro, irreductible a lo largo de los siglos en su independencia para cantar las cuarenta al poderoso de turno. A las autoridades el teatro y la cultura les molestan (¿Les suena?) por eso las combaten hasta su extinción. Pero siempre hay células de resistencia que acaban demostrando la inmortalidad de la escena. Álvaro Tato, autor del texto, ha escrito, con el leve esqueleto de una investigación policíaca, una monumental historia del teatro desde su aparición en el principio de los tiempos hasta nuestros días. Y Yayo Cáceres, con sus compañeros de Ron Lalá, ha creado una maquinaria teatral impecable. Los cinco actores vuelven a dar una lección magistral sobre la escena. Su capacidad de transformación, su buen decir, sus habilidades musicales y sentido del ritmo, convierten Crimen y telón en una estupenda velada teatral. Ellos son Álvaro Tato, Íñigo Echevarría, Miguel Magdalena, Juan Cañas y Daniel Rovalher. Los dos últimos llevan el peso del texto encarnado respectivamente al investigador, expoeta, y al espíritu del Teatro. No podemos olvidarnos de la magistral iluminación de Camacho, creador de una atmósfera inquietante. Ni de la eficacísima escenografía. Un compañero crítico me decía que pocas veces había visto el desangelado escenario del Fernán Gómez, tan bien aprovechado.

El texto juega con la prosa, con el verso, con el ripio. Establece batallas dialécticas a base de citas teatrales entre los personajes de la Comedia y del Drama y se arriesga hasta con una larga escena, casi pirandeliana, jugando con el libreto y los diálogos de los actores. Aunque es mucho más divertida que si fuera de Pirandello. Conscientes, seguramente, de que un sector del público puede desconocer las interioridades de la escena, no renuncian los creadores a un cierto didactismo. Así van apareciendo los distintos términos técnicos y artísticos que conforman una representación. Se acuerda Cáceres de los profesionales que no aparecen en la escena y ha decidido sacarlos en uno de los momentos más surrealistas. Vemos -y oímos- al técnico de luces, al de sonido y al regidor, ese profesional que nadie sabe qué hace pero que tiene la culta de todo. En Crimen y telón son tan protagonistas como los actores.

Finaliza el año teatral madrileño -no la temporada- con un gran regalo. Me atrevería a afirmar que, con La ternura de Sanzol, este Crimen y telón es el espectáculo más original y redondo de los últimos meses. Al acabar la representación el público se puso en pie como activado por un resorte y aclamó largamente a los actores.

Solo me queda desear fervientemente que el teatro no esté agonizando en el Fernán Gómez. Aunque, si alguien tiene la intención de asesinarlo, que no le quepa la menor duda de que, como el aparente cadáver de esta ficción que reseñamos, resucitará más temprano que tarde. Y seguirá aguijoneando al poder como lo viene haciendo desde hace 2.500 años. Al teatro no hay quien lo entierre y, mucho menos, un político. A lo mejor un tecnócrata puede intentar acabar con él, pero el que terminará en la fosa será el osado.

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