23 de octubre de 2021, 14:32:10
Opinión


Babel

Por Antonio Muñoz


Faltan huevos en Europa. Al parecer como consecuencia del cierre de granjas y el sacrificio de cientos de miles de aves contaminadas por insecticida. Faltan huevos y suben los precios. Habló Puigdemont y no solo subió el pan, que se dice, sino los huevos, escasos y por tanto más caros. Por eso el expresident de la exrepública se fue a Bélgica, seguro que preocupado por el desabastecimiento. Faltan huevos en Europa y mantequilla también en Francia, dicen. Menos mal que Bertolucci hizo “El último tango en París” hace ya cuarenta y cinco años años. Puigdemont no se ha dado por aludido y prefirió cruzar la frontera para hacer un último tango, no en París, que ya no se lleva, sino un remake de “Si hoy es Martes, esto es Bélgica”, película que trata de un grupo de turistas que pierden la noción del país en el que están.

Se fue Puigdemont a Bélgica para atisbar mejor el cielo independentista, allí subido en su Torre de Babel para presumir de su don de lenguas. En España dejó a los que no se manejan tan bien. Como a esos Jordis a los que flaco favor ha hecho con su saga/fuga. Dicen en el Génesis que la Torre sucumbió precisamente porque nadie se aclaraba con tantas lenguas distintas y todos iban a su bola. Puigdemont se ha quedado con esto último y se fue a Bélgica ignorando el sagrado sacramento de los capitanes que jamás abandonan el barco naufragado. Bueno. Al menos aprendemos idiomas escuchándole. Rajoy el primero. “No sabré de leyes y sus obligaciones, Rajoy, pero mira como le doy al inglés y al francés e incluso al español. Ni te digo el catalán.” Y así en su Torre de Babel, a Puigdemont no se le entendió muy bien lo que decía pero sí lo que hacía, como viene siendo costumbre.

Tanto criticar a Rajoy que ha entrado en ósmosis. Ahora es Puigdemont quien recurre al plasma. Desde ahí pretende por lo visto, aunque nunca se sabe, hacer una declaración a la carta -¿de ajuste?- ante la Audiencia mientras otros consejeros si acudirán a declarar como si fueran apóstoles desperdigados y quizá ya desorientados en sus creencias. Algo está cambiando en España si ya vamos a los aeropuertos a aplaudir y abuchear a los políticos en lugar de a los futbolistas. No es de extrañar. Algunos independentistas estaban dispuestos a dejar de serlo si Messi cogía un avión y seguía los pasos del clarividente Neymar. Así que mejor declaro por televisión -se dice a si mismo Puigdemont- que para eso me han estado retransmitiendo en directo hasta hacerme descorrer la cortina de la ducha para comprobar que no esté Ferreras.

El golpe del 23-F fue el de los transistores. El golpe del 27-O ha certificado que ha sido el de las televisiones. O el de la televisión si adjudicamos por puntos el mérito a la Sexta. Pronto, empero, volverán a programarse películas y series y concursos y los debates recuperarán su insoportable levedad. Nada dura eternamente.

Y será entonces cuando nos demos cuenta de que, en Babel, ya no es que falten huevos y mantequilla, y que nos suben la luz, sino que los lobos siguen acechando en cualquier carril bici, salivando ante la estupidez humana.

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