23 de octubre de 2021, 14:18:00
Opinión


El guateque del replicante

Por Antonio Muñoz


En el memorable arranque de “El Guateque”, Peter Sellers se convertía en el peor figurante de la historia del cine pues interrumpía constantemente con sus hilarantes torpezas el rodaje de una película. Finalmente, acababa volando los decorados al apoyar su zapato para atárselo…sobre un detonador. Algo así ha hecho el presidente catalán, convertido en un sorprendente extra de su propia película en la pretendidamente solemne sesión de proclamación de independencia. Si no fuera porque este procés se acerca demasiado al cine de ciencia-ficción, ahora reconvertido en el de suspense, a tenor del discurso, lo del 10 de octubre haría las delicias del Groucho de “Sopa de Ganso” y sus travesuras en el país de Libertonia.

Primero dieron el pucherazo en el Parlament, más tarde lo intentaron con el Referéndum Fantasma, cuyos resultados por cierto se empeñó Puigdemont ¡otra vez! en dar por válidos, para terminar con algo parecido a una tregua. Sin embargo, y más a raíz de esa posterior firma protocolaria del compromiso por la República Catalana cuya escenografía se asemejó a la de las firmas en un libro de condolencias, todo tiene la apariencia de una de aquellas famosas “treguas trampa” de infausto recuerdo.

El desbarajuste de lo vivido en el Parlament quedará en los anales de la historia también por los sorprendentes episodios de improvisación de algo que parecía estar más que escrito y pactado. Una ceremonia de la confusión en la que, a su término, nadie parecía tener muy claro si había ocurrido lo que parecía que iba a ocurrir o por el contrario no había ocurrido nada. Ni siquiera lo sabían con certeza ellos mismos, los políticos que allí estaban, que ya es decir y que daban su punto de vista sobre esa especie de final abierto con el que concluyen algunas películas de culto para debatir en las tertulias cinéfilas.

Aquí, empero, no hay discusión: Está claro que Puigdemont es un replicante: más allá de Orion, Puigdemont sí que declaró la independencia. Acto seguido, solicitó al Parlament una suspensión provisional en espera de no se sabe bien qué futuro. Lo hizo de tal manera que, por si le faltaba algo, enfadó a muchos de los suyos, igualmente confusos, aquellos que le han ofrecido un apoyo tan frágil e interesado y que ya se atreven a ponerle condiciones. Para empezar le fijan fecha límite, caducidad, a ese compromiso firmado a posteriori. Ese documento existe para hacer efectiva esa independencia. Una de esas palabras que pierden su sentido y significado de tanto sobarlas. Incluso para quienes más la han defendido. Como para fiarse de su buena fe. ¿Habría escrito ese giro de guion de no haber existido la manifestación del domingo, el goteo incesante de fuga de empresas, el descrédito internacional y el discurso del Rey, más efectivo de lo que quieren admitir?

A la preocupación y a la zozobra se une ahora la sensación de incertidumbre, de caos y el inexorable cansancio. Puede que eso traiga consigo una bajada en la tensión, aun momentánea. Da la impresión de que todo es una especie de truco para ganar tiempo, a saber para qué cosa: probablemente esa mediación que se parece demasiado a la admisión de una incompetencia. Lo que sea menos volver al mismo lugar del laberinto. Porque España, también Cataluña, tiene que recuperar cuanto antes la normalidad y el movimiento, paralizado ya desde hace demasiados días como para admitir ahora también el veneno de la ambigüedad calculada. De manera que Puigdemont –¿quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos?- ya puestos a asumir que no era día para convertirse en héroe de nada, bien podría haber renunciado a atarse el cordón del zapato encima del detonador. Nos habría ahorrado tiempo y seguro que más disgustos por venir en el largo día después que hoy comienza.

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