22 de octubre de 2021, 3:37:14
Opinión


Nerón en el puente aéreo

Por Antonio Muñoz


No está confirmado, como tampoco lo está que Nerón fuera de verdad el culpable del incendio de Roma, pero hay quien afirma haber visto a Puigdemont en el Tibidabo, envuelto en una estelada a modo de toga y tocando el arpa, observando el desastre desde las alturas mientras recita Lliupersis. Le habrán confundido porque Nerón gastaba su mismo flequillo. Además, al todavía presidente catalán parecen gustarle más los desgarros de la guitarra eléctrica. Se siente más cercano al rock de Sopa de Cabra que el tañido de las cuerdas de ese instrumento tan delicado que acompaña a las almas sensibles. Lo cierto es que tras componer y cantar su penúltimo poema nacionalista, Puigdemont no ha tenido reparo en exponer a sus conciudadanos a riesgos que eran más que previsibles como consecuencia de una intervención policial. Indeseable posibilidad a la que contribuyeron por cierto finalmente los propios Mossos al quitarse de en medio. O se olvidaron de sus deberes o creyeron estar rememorando la Revolución de los Claveles. En todo caso, a nadie, al margen de sus simpatías, debería agradarle la imagen de ciudadanos heridos. Una imagen dolorosa y triste, sin duda de otra época. Policía y ciudadanos hasta hace tan poco unidos por un mismo dolor causado por el terrorismo, allí en la misma tierra. Algo que parece haberse olvidado de pronto. Hoy vivimos días que rememoran viejos miedos.

A este paso, se cancelarán cenas de navidad para este año, como ya advertíamos, tanto de empresas como familiares, pues así de eficaces han sido para exportar la dialéctica del enfrentamiento al resto de España, más allá del puente aéreo, incluso allí donde aquello del independentismo lo consideraban como una muestra más del folclore catalán como la sardana o los caganers. Ahora, fuera de Cataluña, se suceden las manifestaciones a favor o en contra, como en universos paralelos. También en Madrid, en cuya plaza Mayor estos días ha aparecido sembrado un césped natural como si fuera un pasaje de Cien años de Soledad. Se discute en familia y entre amigos y se abren rencillas insospechadas. Si a eso añadimos que el Clásico, de jugarse, lleva la cita del 23 de diciembre, no sé cómo llegaremos al turrón. Pero quién sabe si habrá fútbol después de que hayamos visto un Nou Camp fantasmal con un partido que recordaba las frágiles treguas entre trincheras. No había fútbol y los jugadores parecían supervivientes de alguna batalla silente, allende las gradas, como si todos hubieran enloquecido corriendo tras un balón y huyeran –también los futbolistas- hacia delante. Nunca el fútbol pareció tan desnudo, tan carente de sentido, tan profanado.

Todo ha sido un despropósito de tal calibre que produce vergüenza ajena que todavía alguien considere que esto ha sido algo más que la insensata manipulación de unos sentimientos Puigdemont no habrá quemado Roma, y menos desde el Tibidabo, pero quizá haya quemado de golpe las naves del independentismo; la credibilidad de un proceso que debería haberse llevado por otro camino, fuera de esa ilegalidad obcecada con el que partió y hoy se consumó en este triste domingo de octubre. No hace falta hacer inventario del desaguisado de hoy, sobre él destaca el sectarismo de un Govern que ha despreciado a los catalanes contrarios a sus dogmas y que ha mentido a su propia gente por mucho que esa gente se haya mostrada mansa y cómplice con el engaño.

¿Y ahora qué? ¿Cuándo volverá España a ocuparse de los asuntos de España? Si, también de los catalanes. Los otros asuntos. ¿Cuándo volverá España a recuperar su ritmo ahora de pronto paralizado como en una foto fija? No parece que sea pronto a juzgar por la ausencia actual de vías de diálogo y las intenciones de proclamar la independencia en esta espiral desquiciada que no parece tener fin.

Así que, más que recordar esa secuencia mítica de la legendaria “Quo Vadis?” con el inolvidable Peter Ustinov de Nerón, la actuación del Govern se asemeja incluso más a la de los Moe, Larry y Curly de “Los tres chiflados”.

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