20 de septiembre de 2019, 16:37:07
Transportes

25 ANIVERSARIO DE LA ALTA VELOCIDAD


Viajar a 300 kilómetros por hora lo cambia todo

Por MDO

En este 2017 se conmemoran los 25 años de la inauguración de la primera vía de alta velocidad ferroviaria en España, que unía Madrid y Sevilla en tan solo 2 horas y 45 minutos. Un cuarto de siglo después, la revolución que supuso la irrupción de trenes que podían alcanzar los 300 kilómetros por hora se puede observar desde casi cualquier perspectiva desde la que se mire la sociedad española del siglo XXI.


España empezaba por entonces a quitarse complejos. Quince años después de la llegada de la democracia y, con ella, de una apertura más evidente y completa hacia el exterior, aún conservábamos cierta resaca de Naranjito, nos preparábamos para ser, de nuevo, epicentro internacional con la Expo de Sevilla y Montserrat Caballé y Freddie Mercury ya afinaban el ahora icónico ‘Barcelona’. Los noventa nacían invitando a tomar posiciones. ¿De dónde queríamos partir de cara al próximo milenio? Y España apostó por colocarse a la vanguardia del sector ferroviario mundial.

El primer paso fue la inauguración del AVE Madrid-Sevilla en abril de 1992, pero el objetivo a largo plazo ya era entonces un ambicioso plan para colocarse a la cabeza de Europa en alta velocidad. Hoy, 25 años después, es el tercer país con más kilómetros de vías de alta velocidad del mundo (2.715), solo por detrás de China (21.688) y Japón (3.041), y da servicio a más de 35 millones de viajeros anualmente -357,5 millones desde el 92-, convirtiéndose en un factor clave en el equilibrio territorial, igualando en oportunidades los distintos núcleos de población y situándose como referente de la ingeniería y los sistemas de transporte.

Sevilla, Zaragoza, Barcelona, Málaga, Valencia, Valladolid…

471 kilómetros en 2 horas y 45 minutos –que más tarde se reducirían a 2 horas y media-. Inimaginable hasta entonces recorrer esa distancia en tren en menos de cinco o seis horas, los primeros en comprar un billete para aquel vehículo futurista destacaron la velocidad y los servicios, que incluían una cabina telefónica a bordo. El AVE a Sevilla revolucionó el concepto de transporte de viajeros en España y, con ello, influiría en las formas de trabajar, de relacionarse, de vivir, cambiaría el concepto de desarrollo urbanístico y la estructura misma de las ciudades, grandes y pequeñas. El sector ha evolucionado, desde entonces, en cantidad y calidad.

Desde los cuatro corredores principales –Sevilla, Valencia-Alicante, Barcelona y Castilla y León- y combinada en algunos tramos con vías convencionales –un sistema de ancho de ejes variables por el que la red ferroviaria española apostó fuerte desde sus primeros pasos y que se ha convertido en seña de identidad-, la alta velocidad llega actualmente a 27 provincias y conecta 47 ciudades, cubriendo más de 67 por ciento de la población española.

Ampliación de la red de vías de alta velocidad en España entre 1992 y 2017 (Fuente: Fundación de los Ferrocarriles Españoles)

Además, la media distancia ha ayudado a situar en el mapa –económico, de imagen, de turismo...- a ciudades medianas y pequeñas como Ciudad Real, Toledo, Figueres, Calatayud o Requena, que han crecido en población y desarrollo desde la llegada de la alta velocidad.

El tiempo es oro

No es extraño encontrarse hoy viajeros diarios que trabajan en Madrid pero residen en Toledo. Jóvenes que no dejan la casa familiar en Segovia a pesar de estudiar en alguna universidad madrileña. O ejecutivos que dividen sus jornadas laborales entre la capital y Barcelona, los dos centros económicos del país cuya conexión vía ferroviaria es hoy la más utilizada de todo el territorio nacional.

La facilidad de movimiento de los españoles se ha convertido en una de las principales fortalezas de la conocida como ‘Marca España’. La alta velocidad no solo ha cambiado la forma de viajar, sino que ha influido directamente en los modos de vida. Y lo ha hecho gracias a un esfuerzo económico y de ingeniería brutal orientado a la reducción de tiempos, al aumento de la velocidad de los trenes, que se sitúa hoy en una media de 222 km/hora, superior a las de otras potencias ferroviarias como Japón o Francia.

El desarrollo de la alta velocidad permite hoy viajar entre Madrid y Sevilla en 2,20 horas, entre Madrid y Barcelona en 2,30 o entre Madrid y Valencia en tan solo 1 hora y 35 minutos.


De esta manera, el interés del ciudadano por el transporte ferroviario se ha incrementado en un 102 por ciento desde 1991 (antes de la alta velocidad), consolidándose como la primera opción de los españoles para sus viajes intrapeninsulares, por encima del avión.



La irrupción de la alta velocidad llegó para cambiar para siempre la forma de viajar en España, desarrollándose también hacia dentro, en una experiencia de usuario que poco tiene ya que ver con la de aquellos pioneros de la ruta Madrid-Sevilla en el 92. La innovación y desarrollo tecnológico ha trascendido de los ámbitos de la seguridad y la infraestructura para revolucionar, también, el interior de los vagones: desde las aplicaciones móviles que agilizan los trámites de compra o cambio en los tickets hasta la implantación, actualmente en proceso, de red WiFi para los viajeros.

Impacto socioeconómico

España se convirtió en 1992 en el cuarto país del mundo en desarrollar líneas ferroviarias de alta velocidad. Los poco más de una quincena que hoy cuentan con este tipo de infraestructuras se cuelan en los puestos más altos de los ránquines de la OCDE.

El impacto socioeconómico de la red de alta velocidad es complejo de cuantificar, pero el Ministerio de Fomento estima que por cada euro invertido, se genera otro de riqueza para la ciudadanía –empleos- y las empresas –beneficios-. Desde 1992 se ha invertido un total de 51.775 millones de euros, con lo que la repercusión directa superaría también los 50 millones.

De forma indirecta, el turismo y el comercio se han visto también beneficiados por el impulso ferroviario de los últimos 25 años. Por ejemplo, Córdoba ha experimentado un crecimiento hotelero del 50 por ciento desde 1992 y en el corredor del Mediterráneo las exportaciones se han incrementado un 35 por ciento gracias a las inversiones en alta velocidad.

Además, el desarrollo en ingeniería y sistemas de comunicación posiciona a la industria española en puestos mundiales de referencia. Muestra de ello es la patente del sistema de comunicación y señalización Da Vinci, creado en España como efectivo garante de la seguridad del AVE Madrid-Sevilla y que se ha exportado y rentabilizado en redes ferroviarias de otros países.

El futuro, en verde

Otra mirada distinta sobre la repercusión de la alta velocidad indica que, en estos 25 años, la sociedad se ha ahorrado 4.286 millones de euros derivados del impacto sobre el cambio climático, la contaminación la tasa de accidentes que hubiera tenido realizar este transporte por otros medios. En esta misma línea, el desarrollo ferroviario ha evitado a España la emisión de más de 12,9 millones de toneladas de CO2 y un incremento en el consumo energético de más de 2,6 millones de toneladas equivalentes de petróleo.

Y el futuro del transporte español, además de seguir ampliando su capacidad y las prestaciones a los usuarios, pasa por este camino de la necesaria protección del medio ambiente. Según los datos de la Agencia Internacional de la Energía y de la Unión Internacional del Ferrocarril, el transporte es responsable del 23 por ciento de los gases de efecto invernadero por consumo de combustible, con una perspectiva de emisión al alza “como consecuencia de la globalización económica y la pujanza de los mercados”. En este escenario, el transporte ferroviario se presenta como la opción menos dañina para el medio ambiente: representa un 8 por ciento del transporte mundial y solo es responsable del 3,5 por ciento de las emisiones.

En nuestro país, el operador de la alta velocidad, Renfe, ha logrado reducir un 56 por ciento sus emisiones desde los años noventa y se ha marcado una estrategia de sostenibilidad y eficiencia energética para continuar por esta senda, investigando en torno a combustibles sostenibles como el gas natural licuado o las pilas de hidrógeno. El objetivo: un transporte ferroviario de cero emisiones.

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