22 de octubre de 2021, 15:33:25
Opinión


Un domingo en Madrid

Por Antonio Muñoz


Amaneció Madrid con un cielo sorprendentemente encapotado, como si quisiera advertirnos de algo imprevisible. No eran esos los pronósticos que habían avanzado un día más caluroso que el sábado. Amaneció la calle Ferraz y aledaños, repletos de unidades móviles de radio y televisión en esquinas inventadas como las avanzadillas nocturnas de un desembarco. En el parque del Oeste, se repite la misma escena de cada día festivo: futuros bañistas impacientes que buscan un sol todavía tierno, turistas desconcertados; las cabinas del teleférico en su obstinado viaje, tan repletas como de pronto despechadas, obedeciendo a su rutina como la música de una vieja partitura en el cielo antiguo de la ciudad. Perros atados con correas que ladran añorando a otros dueños. Bellas mujeres en bicicleta, deportistas de trote incomprensible, algunos avergonzados por su vocación tardía. Por supuesto, terrazas siempre llenas como lo están todas las que pueblan la ciudad, sean legales o no. En la noche ya pueden verse patrullas municipales que confiscan el ocio de los madrileños llevándose mesas, sillas y sombrillas de rincones colonizados. “¿Qué voy a hacer si todo el mundo quiere sentarse a la fresca?”, se justificaba uno de los dueños. En la primera hora de la tarde de este domingo, una sirena cruza el Paseo de Rosales. Atienden a un hombre que acaba de desvanecerse en una de esas terrazas, como un soldado abatido. Es aún joven y nada haría sospechar que fuese a desvanecerse así de repente. Antes de que llegue el Samur, ha dado tiempo a que sea atendido por los camareros antes raudos que ahora parecen haber detenido su rutina para ejercer su verdadero oficio de sanitarios. Una mujer abanica el rostro del hombre y le intenta reanimar con una toalla empapada. Llega el equipo del Samur y se llevan al hombre, aún renqueante que deja tras de sí una extraña sensación de culpa, de haber cometido algún delito. Lo último que se le había oído decir fue: “Hoy va a ser un gran día, el Madrid ganará la Liga”. Se lo dijo a una de esas mujeres que hacía poco paseaban en bicicleta.

Sólo unos minutos después, una algarabía al principio jubilosa y repentinamente agria estalla unos metros más allá. Un aficionado del Atleti, se ha encarado con un grupo de comensales, forofos del Madrid, en una terraza. Le tiran hasta trozos de comida envueltos en cánticos y consignas, apenas esquivados desde la moto que sale desbocada hacia Ferraz. Unas pocas horas después la policía cerrará ambos sentidos de la calle. Por fin, se sabe que el Madrid ha ganado la Liga con la fe que le ha faltado a un Barcelona atrapado en sus remontadas estériles. La ciudad se prepara, pasada ya la medianoche, para vivir otra madrugada agitada de cánticos, luces y sirenas como si así, de paso, se espantaran los rigores del lunes. En Ferraz, Pedro Sánchez recibe el frío apretón de manos de Susana Díaz. Sánchez ha consumado su venganza, su particular remontada. Cuando ni siquiera los partidos logran entender la voluntad de su militancia que no será la de un presidente con los ciudadanos. En la calle, flota una inevitable sensación de dèja vu y de incertidumbre. El Barça no ha ganado la liga pero se sabe que desde Cataluña se sigue pensando en remontadas. Algunas celebraciones languidecen pronto en Ferraz. De camino a casa, Pedro Sánchez nota que el sudor frío del apretón de manos de sus rivales, ahora empieza a recorrerle la espalda. Pasada la medianoche, cuando algunos militantes todavía agitan sus pancartas del PSOE y ya muchos las sustituyen por las del Real Madrid, Patxi López, el único que aún anda por allí, se toma, casi en soledad, una cerveza en una de esas terrazas. Está a menos de cincuenta metros de la sede socialista y tiene la expresión de no haber deseado otra cosa en todo el día.

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