23 de octubre de 2021, 14:22:30
Cultura y ocio


Delber Grady: rock progresivo made in Madrid

Por Roberto Torres

Anoche, los madrileños Delber Grady presentaron su trabajo Ship of Fools en la sala Moby Dick de Madrid. Un disco de rock progresivo cargado de melodías envolventes y guitarras cuidadísimas que discurren por compases imposibles.



Caminando desde el metro de Estrecho hacia la sala Moby Dick, casi en la Castellana, pensaba eso de qué hace un chico como tú en un sitio como éste. Es viernes, la semana te pesa, y te abocas impasible hacia la incerteza de quien ha pedido acreditaciones para ver un concierto de rock progresivo en la capital del reino. Mi mayor temor era encontrarme un intento frustrado más de emular lo peor de Frank Zappa desde un virtuosismo injustificado; una verborrea sonora que mi atención sólo pudiera soportar en pequeñas dosis; un Pau Donés featuring Incubus.

Nada más entrar a la sala pienso que, al menos, la acústica es buena y la atmósfera es agradable. Pasados un par de minutos, luchan a cuchillo por mi atención la voz de un tenor que suena a bluesman pasado de rosca y la espuma –que no crema- de una cerveza mal tirada, marca de la casa. Gana David Kelly, que, cuando me giro, resulta mutar de bluesman de Chicago a cantautor rock del Bristol de los 70. Me lo imagino en tonos sepia, sonando a crepitar de vinilo, con ese pelo rizado rubio y ese aspecto descuidado. Alucino con que una guitarra Epiphone y una voz rota puedan sonar tan bien. Me fascina cómo llena el escenario. Me rindo ante sus pies cuando se despide versionando La Última Copa de Gardel. “5 minutos y suben Delber Grady”, avisa.

En lo que dura un encuentro fugaz con un amigo pianista al que llevaba años sin ver, empiezan a desfilar ante nosotros Iñigo, Lucas, Pablo, y una cuarta persona que reta mis concepciones sobre el número de componentes que deben conformar un trío musical. Resulta ser Josué, amigo de mi amigo, el pianista, fichado para este concierto porque Iñigo se ha pasado grabando arreglos de guitarra en el disco. Me froto las manos ante lo que está por venir. Se oyen los primeros “I don’t know” del tema que da nombre al disco, Ship of Fools, un in crescendo de seis minutos que suena por momentos a rock sureño con olor californiano y que termina con un ir y venir de frases de guitarra que vuelven loco al personal. Continúan con un par de canciones más del nuevo disco, donde destaca la fuerza de una batería sólida como el cemento, pero repleta de arreglos depuradísimos. Por momentos, bajo y batería parecen el mismo instrumento bicéfalo, que actúa como malla de seguridad ante brakes y cambios de compás arriesgadísimos. Lucas nos da las gracias –se le nota que prefiere tocar el bajo que hablar al micro-, y nos dice que quieren tocar el disco entero: “esto ha sido la cara A, luego os tocaremos la cara B”. Singles de seis minutos, cara A y cara B; empiezo a imaginarlos también en sepia, hasta arriba de ácido y empapados en sudor junto a Jefferson Airplane. A mi yo más purista le apena que esta música no tenga una demanda mayor hoy en día; a mi yo más egoísta le fascina poder disfrutar de ella en una sala tan cálida y acogedora como esta.

No hacen descanso. En su lugar, anuncian que tocarán dos temas de Neil Young. Se escucha una especie de risa nerviosa colectiva. Algún novato le pregunta a su colega, más curtido, si están de broma. Iñigo no tiene cara de bromear. Y aún menos cuando canta a Neil Young.

La segunda parte del concierto es simplemente sublime. Los temas se estructuran como quieren, extendiéndose hasta los quince minutos, pero manteniendo la coherencia en un ejercicio técnico y creativo fascinante (pienso en la apasionante Watcher). Su defensa de los pasajes más arduos me recuerda a esas partidas del juego Snake donde la serpiente es tan larga que no da tiempo a pensar en hacia dónde moverse, sólo a comer pixeles como alma que lleva el diablo. Consiguen transmitir ese trance al público, que los acompaña durante frases eternas donde suena desde una suerte de compás de bulería progresiva hasta solos de guitarra que recuerdan al primer álbum de Supertramp. Y es que, por atreverse, tocan hasta reggae.

Termina el concierto y deshago el camino hacia el metro. Pienso si es adecuada la etiqueta de rock progresivo para hablar de Delber Grady. Imagino que, a lo mejor, hay que darle un toque más siglo XXI y, como al neofascismo o el neocolonialismo, llamarlo neorock progresivo. Y es que quien piense que ver a estos chavales de Madrid es encontrarse ante unos tipos que les gusta Jimi Hendrix y quieren parecerse a Can, se quedará corto: en sus temas se respiran tres décadas más de música, cargadas de jazz, heavy, grunge y hasta música indie. Hoy, escribiendo esto, me doy cuenta de lo lento que estuve saliendo de la sala sin mi LP debajo del brazo. Un error de novato, supongo.
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