27 de enero de 2020, 11:12:52
Opinión


Terrazas, divertirse sin molestar

Por Ángel del Río


Se llamó “terracitis” al fenómeno que se puso de moda en los ochenta, en plena movida madrileña, de una fiebre masiva por instalar terrazas, sobre todo de verano, en toda la capital. Se convirtieron en la atracción de noctámbulos, “rodriguez”, noctivagos, modernos, turistas y gomosos del momento, para soportar y digerir mejor las largas noches del tórrido estío madrileño.

Pronto ese frenesí acústico de música, copas y despiporre sobre aceras, bulevares y paseos, prolongado hasta altas horas de la madrugada, entró en colisión con el derecho al descanso de la vecindad más próxima.

La “terracitis” dejó de ser una epidemia del verano, para serlo de todo tiempo, ya que los rigores del invierno eran combatidos con estufas procuradas por los hosteleros, para que los clientes pudieran consumir en la calle calentitos y sin ser consumidos por los fríos mesetarios.

Desde entonces el asunto de las terrazas ha sido un continuo ir y venir de protestas, querellas, disposiciones e indisposiciones, fruto de la anarquía en los horarios de cierre y de la emisión de decibelios sin tino.

Ahora la Comunidad está dispuesta a ordenar el sector con horarios límite de apertura y cierre de terrazas, que será, de 8 de la mañana a 1de la madrugada, en invierno, y hasta la 1,30, en verano. A partir de esa hora, todos a la cama, o a beber dentro del local correspondiente. Los ayuntamientos podrán implantar sus horarios, siempre dentro de los límites establecidos por el gobierno regional.

Parece que hosteleros y representantes vecinales están de acuerdo. Ahora hay que cumplir la norma. Siempre se ha dicho, en el caso de Madrid, que es una ciudad abierta, que nunca se acuesta, en donde los que viven despiertos hasta el amanecer no deben perturbar el sueño de quienes prefieren acostarse y descansar. Debe haber noche y madrugada para todos.

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