17 de octubre de 2019, 15:15:59
Opinión


Pesadilla antes de Navidad

Por Antonio Muñoz

Ya está aquí septiembre, ese mes que es como un cruce de caminos y que siempre nos coge desprevenidos en algo. En el recuerdo, como un tatuaje, quedan las orillas del mar, de oleaje silente como una película muda. El otoño va pidiendo su sitio entre estos perseverantes zarpazos de calor, de fiereza ya impostada. En el aire se respiran los primeros síntomas de otra época. Quién más quien menos hace acopio para el futuro. Los diputados también han abandonado la playa del Congreso pero han dejado las sombrillas clavadas en los escaños porque volverán pronto, a saber cómo. Da igual que les hayan advertido de que era una práctica incívica. Un rey agotado recibirá al mensajero que volverá a traerle las mismas noticias como si fuera el periódico antiguo y arrugado de envolver pescado.


No habrá elecciones en Navidad en cualquier caso. También ellos se han dado cuenta de que les afectaría. De ahí las prisas y, ahora sí, el consenso para modificar la ley y los plazos. Mejor. Reducir la campaña electoral sea o no con las navidades encima resulta saludable. En realidad, podrían evitarla pues llevan casi nueve meses con ella. De volver a celebrarse elecciones más bien tendrían que ponerse desde ahora mismo de acuerdo. No en pedir el voto sino en convencer a la gente de que vayan a depositarlo. Los rumores abstencionistas son un clamor. Su ejército amenaza con superar al de los indecisos. También en esto las elecciones vascas y gallegas serán una prueba si ocurre que el hastío político se propague a las autonomías.

Cabe preguntarse cuán profunda será la herida infringida a la credibilidad de nuestro sistema democrático. Hasta dónde llegará el gran bostezo nacional al que nos están llevando solo comparable al grito ensordecedor del cuadro de Munch. Un agujero negro que amenaza con tragarse los logros y virtudes de ese hallazgo nacional llamado consenso sobre el se construyeron tantas cosas buenas para la convivencia. Se extiende una creciente sensación de engaño como una marea negra a la que ahora faltarán voluntarios para limpiarla.

Lo peor que puede pasar ya no es que haya o no elecciones sino que haya dejado de importarle de verdad a alguien. Empezando por ellos que, diríase que con la boca pequeña, las rechazaban al tiempo que las velaban como la Paz Armada que antecedió a la Primera Guerra. Nos hemos quedado como estábamos, con la misma cara de tontos, alguna más bronceada que otra. Y los más ingenuos hasta se preguntan si les mereció la pena irse de vacaciones para esto. Es cierto que ellos las hicieron, si bien no de seguido. Al menos dejaron la tranquilizadora sensación de que están con nosotros también en los buenos momentos. Tras ellas, Rajoy parece incapaz de abandonar ese rictus prematuramente senil y cansado como de maestro rural antaño pícaro –demasiadas caminatas- y Sánchez sigue dejando la sensación de querer que le fotografíen siempre su perfil bueno aunque vaya en bañador. De Iglesias nada más se supo hasta que se presentó con su camisa de cuadros, repitiendo lo mismo como si se le hubiera atascado la cinta del cassette donde alterna a Carlos Baute y Quilapayún. Y Rivera como ese buen ejecutivo adicto al trabajo que parece, convirtiéndose en el transformista, al final simple prestamista, que tiene una solución para todo como si presentase una teletienda. Y el bucle sigue. Tras el fragor de la batalla, ahora resulta que Rajoy no cede en su empeño y Sánchez amaga con buscar una salida dónde difícilmente -para variar- puede haberla. Así que así estamos todos en plena pesadilla antes de Navidad. Eso sí: A punto de que por primera vez nos toque el gordo a todos.

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