24 de enero de 2021, 13:25:30
Opinión


Alegría y desolación

Por Pedro Fernández Vicente


Ya pasó. Por fin se jugó la segunda final de la Champions que enfrentó a los dos grandes de la capital de España. Ganó el Real Madrid, como hace dos años, y en el último minuto. El fútbol es cruel, le dijeron al Cholo como pregunta, pero lo negó, el fútbol es maravilloso, dijo. Es verdad. No precisa justificación. El Real Madrid se proclamó campeón de Europa una vez más, y ya van once, a costa de un gran Atlético de Madrid que se ha esforzado, luchado, trabajado y superado para llegar hasta esta final con la idea fija de ser, al menos una vez, el mejor equipo del continente. Se lo merecía, pero el palo de una portería lo evitó. Dos penaltis expulsados por ambos postes se llevaron la ilusión de tantos y tantos aficionados y malgastó el trabajo de un equipo a lo largo de todo un año. Incluso los aficionados madridistas lo reconocían, aunque no todos, claro está. El comentario recorría los círculos futbolísticos: el Atlético se lo había merecido. ¡Qué pena!

Soy seguidor del Real Madrid, mi espíritu está algo contento con esta victoria, pero hay otros sentimientos que se cruzan en mis pensamientos durante todo el día de hoy. También estoy sorprendido de que mi equipo haya conseguido tanto éxito con tan poco esfuerzo, porque los blancos han hecho más bien poco para merecer este título que celebramos todos los que sentimos los colores, del que ya es el rey de Europa.

También estoy pesaroso porque sé que esta victoria justificará los enormes errores que se cometen en la dirección deportiva de Concha Espina. La Copa de Europa será la muestra de que no son necesarios los cambios en las formas, en la política deportiva de un club que cada vez está más lejos del Barcelona, porque las decisiones deportivas no están encaminadas a generar victorias, sino a otras cuestiones menos confesables. Este éxito puede tapar errores importantes que harán mucho daño al futuro del club.

Quiero decir dos cosas importantes que me gustaría que compartiesen conmigo todos los aficionados. Un exceso posterior al partido. No me siento identificado con el gesto de Ronaldo cuando se quitó la camiseta para celebrar el gol que acababa de marcar en el último penalti. No comparto el exhibicionismo y el exceso de un jugador que tampoco había dado tantos motivos de celebración con su juego.

Pero si comparto el paseo de Sergio Ramos por el campo, abrazando y consolando a sus compañeros del Atlético de Madrid que sufrían mientras vivían un momento diferente por culpa de un palo.

Hay que saber ganar. Solo los que saben ganar son capaces de saber perder.

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