22 de septiembre de 2021, 20:51:10
Opinión


Etiquetas

Por Mara Colás


Hay ciertos roles que nos vienen impuestos y de los que resulta muy difícil zafarse con el paso del tiempo. La realidad está distorsionada cuando se etiqueta y la persona es prisionera de aquello que los demás piensan o esperan de ella. A veces esta trampa de ser etiquetados nos llega impuesta por circunstancias ajenas, por ejemplo cuando se hace defensa de alguna cuestión que, aunque no nos afecte personalmente, se hace por justicia o sentido común, a sabiendas de que lo que nos espera es una adjudicación instantánea de la etiqueta de algo que, en realidad, no eres.

Los estereotipos son complejos y muy difíciles de romper y aún menos, de erradicar. A veces son inocentes, pero otras muy peligrosos, como aquellos asociados con la religión, la identidad sexual, ideología política o de género.

La terrible costumbre de etiquetar a otros se usa para dañar, ofender o marginar a la víctima. De esta manera, se anula la posibilidad de otorgar al contrario la posibilidad de mostrarse en libertad sin prejuicios.

Y llegamos al quid de esta cuestión cuando la etiqueta es todo lo contrario, se convierte en el termino del que apropiarse, un objeto de orgullo con afán de ideología exclusiva en terminología . En este momento en España “ser la izquierda” se convierte en el fin de toda meta política, la eterna terminología objeto de muy dudosa propiedad. “La izquierda de siempre somos nosotros” dicen los socialistas del PSOE, a lo que los nuevos partidos que aglutina Podemos se autodefinen como los auténticos de izquierdas; como si solo el término izquierda manejase algún tipo de destino final brillante y exitoso, solo por llevarlo como denominación de origen.

Lo mismo ocurre en sentido contrario: “las derechas”, dicho añejo y acuñado en tiempos de Maricastaña que ofende a los que pertenecen a esta teórica derecha española que hoy el PP representa, y que a Ciudadanos se le etiqueta y adjudica, término que se usa como insulto previo a otro, inapropiado, muy ofensivo y que denota ignorancia histórica; el de “ser un facha”.

En este tiempo cualquiera que no haga reverencias a la denominada verdadera izquierda, la que sea y de quien sea, es un facha, quiera o no, sea liberal, conservador, socialdemócrata o solo un sencillo demócrata sin definición, simplemente quien no comulgue con ninguno de los partidos que transitan esta España revuelta que nos ha tocado vivir.

No sé que memoria histórica ha despertado a lo peor de las bestias que fuimos, a los viejos fantasmas del pasado, a la vileza, el odio y la animadversión de un tiempo de Machado que algunos creímos superado y que nunca debió volver.

Ha vuelto la etiqueta despectiva y estamos en la etiqueta superlativa. Estamos solo en los extremos: blancos y negros, arriba y abajo, o los buenos y los malos, pero, ¿dónde estamos buscando la terminología a futuro?.

¿Y los mediadores?

¿Y los huérfanos de ideología que solo buscan avanzar y entenderse?

Y los que pensamos en múltiples matices del precioso color gris, ¿ya no tenemos opciones de buscar consenso, entendimiento y salidas, sin prejuicios ni etiquetas?

Terminología, perversión del lenguaje y etiquetas, perjudican seriamente la salud política y el futuro de este estado desestabilizado.

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