9 de diciembre de 2021, 6:26:41
Opinión


Mártires

Por Antonio Muñoz


París es una de esas ciudades que conserva grandes recuerdos incluso para quienes nunca han estado allí. Ciudad para ser amada y por tanto evocada. Dispuesta para la celebración pero también para el sufrimiento. Martirizada al comienzo y casi al final de este año en un bucle siniestro sin que el fanatismo y el desprecio a la vida humana hayan cedido un ápice. Es pronto para saber cuán alargada será la sombra de esta masacre en nuestra futura convivencia. De momento, el presidente francés se vio en la necesidad de aplicar un estado de emergencia bélico, desconocido desde hace más de cincuenta años. También ha ordenado el ataque aéreo a uno de los escondrijos de la bestia.

Ahora mismo es tiempo para el consuelo y el abrazo mutuo y solidario del mundo civilizado a falta de que los efectos secundarios políticos y sociales cobren forma definitiva. Esa emoción, la que ahora vibra y parpadea como esas velas solidarias que amortajan los lugares del espanto y también los símbolos civiles de convivencia, es la que no deberíamos dejar que se apague conforme la cicatriz, una vez más, vaya cerrándose. Es esa llama y esa emoción la que debe ser homenaje y recuerdo a los que han perdido la vida y afecto y calor a los allegados. Pero debe acoger también a los que pueden correr el riesgo de perderla aunque sea por ser señalados como falsos culpables. Lo ocurrido en París obliga aún más si cabe a Europa a través de sus instituciones a reforzar el deber humanitario, ahora de nuevo cuestionado por vagas sospechas de infiltración, hacia aquellos que precisamente tuvieron que huir del horror empleado en la capital gala. Esa unidad, de rápida respuesta generalizada en nuestra clase política, debe igualmente mantenerse sin que la proximidad de la campaña electoral la desvirtúe o la socave. Las incorporaciones al pacto antiterrorista no han de tener más protagonismo que el de la unidad por mucho que Sánchez recuerde que fue criticado incluso desde dentro de su partido por abrir en exceso los brazos. Tampoco se deben cargar las tintas contra Pablo Iglesias.

Habrá que reconocerle el rigor, asumiendo ir a contracorriente, de mantener que la aplicación exclusiva de la violencia y los tambores de guerra puede ser contraproducente, pues ese es el terreno, sostiene Iglesias, al que desean llevarnos los terroristas. Otra cosa distinta es preguntarse sino habría sido posible defender ese discurso matizado desde dentro, y no desde fuera de dicho pacto, sin necesidad de reflejar un punto de discordia.


Los deseos de venganza anidan en el corazón humano y son tan comprensibles como el dolor que estos cobardes y repugnantes hechos han provocado en la bondad de las buenas gentes. Pero habrá que dedicar un tiempo al análisis de cuál debe ser ahora la aplicación más adecuada para no caer en viejos errores o seguirle el juego a estos desalmados, extendiendo la sospecha ya no solo hacia los refugiados sino hacia la población musulmana en general. Estamos ante individuos malformados o deformados por conceptos que en muchos casos se les han inoculado desde las perversas artimañas del mal hasta el punto de que, como hemos comprobado, ni siquiera respetan el valor de sus propias vidas. Eso les añade una capacidad todavía más terrorífica de practicarlo, pues es imposible prever dónde y cómo van a atentar y, además sin atenerse a consecuencia posterior alguna. En esta lucha, habría que clarificar quién está realmente con quién, de manera que se quiten las máscaras aquellos que jueguen desde la ambigüedad más o menos calculada. El llamado Estado Islámico es un conglomerado que ni siquiera alcanza la categoría de Estado que no representa más que a quién busca el odio y la destrucción como corresponde al engendro que surgió del despojo de una contienda civil. ¿Cómo combatirlo sin al mismo tiempo reforzarlo? Parece razonable pensar en la mejora de las acciones preventivas que incluyan un mayor entendimiento y colaboración entre las policías e identificar e intervenir las redes de financiación terroristas.


Va a resultar muy difícil legislar desde la prevención sin menoscabar algún derecho, pero será obligación de nuestros representantes velar por el mantenimiento del mayor equilibrio posible en nuestras libertades para que nadie caiga en la tentación de pescar en aguas revueltas. Tampoco los ciudadanos consentirán que esto ocurra por mucho que la preocupación nos amilane.

Sin duda vivimos acosados por la incertidumbre del terror, pero eso no debe impedirnos que vivamos.

Y por supuesto seguir abrazando París. Esa Ciudad de la Luz otra vez profanada desde la alevosía y la nocturnidad cuando se disponía a seguir el curso de su arrolladora vitalidad. Era tan solo una noche cualquiera en la que tantas vidas buscaban el calor de otras sin sospechar de su condición de futuros mártires. Parafraseando a Alberto Méndez en 'Los Girasoles Ciegos', “no es ciudad para tanto sufrimiento”.

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