21 de octubre de 2019, 10:27:47
Cultura y ocio


‘El burlador de Sevilla’: sí, pero no

Por Antonio Castro

Todavía, hasta el 29 de noviembre, puede verse en el teatro Español ‘El burlador de Sevilla’. Don Juan Tenorio, el primero en la historia del teatro, ha vuelto por Todos los Santos con un montaje dirigido por Darío Facal, alejado de cualquier tradición o convencionalismo. El hecho de que en la taquilla se anuncie que hay escenas de contenido ‘erótico’, nos pone en guardia.


De Tirso queda poco, apenas la belleza entrevista en algunas tiradas de versos. Y el fatalismo dramático para los pecadores. Por muy largo que lo fíen los libertinos, no hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague. Sentencia que, por cierto, Antonio de Zamora utilizó como título para su Tenorio de 1714. En el burlador no existe doña Inés y don Juan arde en los infiernos sin la salvación romántica por el amor y el arrepentimiento postrero.

En 1975, hace ¡40 años! se estrenó en Madrid el primer montaje de ‘Jesucristo Superstar’. No había micrófonos inalámbricos y los cantantes debían usar aquellos de largos cables. Recuerdo que, cada vez que entraban o salían de escena, debían preocuparse por ellos. Luego la tecnología avanzó y aquel engorro hace décadas que desapareció. Por eso no entiendo la afición de Facal a llenar el escenario con micrófonos de pie conectados por una maraña de cables. Desde mi punto de vista solo sirven para entorpecer la acción, limitando el trabajo de los intérpretes, más preocupados por encontrar dónde dejar su micrófono y no tropezar con el cableado, que de insuflar vida a sus personajes. Además, al recitar ante ellos, con gran volumen, se pierde gran cantidad de matices del texto, totalmente empastado el sonido. Del gran monólogo de Tisbea no logré enterarme de nada, porque no entendía el texto. Ese fallo se repite en bastantes escenas. El Español tiene una acústica extraordinaria, que permite a los buenos actores interpretar a pleno pulmón. Aunque ya en montajes anteriores se ha introducido la amplificación en esta sala. Incomprensible para mí.

Hay en la propuesta de Facal un aluvión de imágenes extraordinarias, potentes, subrayadas con una iluminación espectacular y una ambientación sonora espléndida. Pero esas imágenes, como el incendio en la cabaña de Tisbea, se ven constantemente emborronadas por la decena de pies de los micrófonos. Con un escenario despejado se apreciaría toda la belleza iconográfica. Además, quedé totalmente desconcertado porque no sé si la función la hacen en serio o en clave de parodia. Hay algunas escenas en las que parece un remedo del don Mendo, con rechifla del recitador de turno incluída. Pero otras son de una intensidad y dramatismo apabullantes. Como el imponente final, auténtico hallazgo de la función.

A veces un aluvión de ideas debe depurarse para quedarse con las más efectivas o efectistas. Meter en escena todo lo que se le ocurre al director acaba provocando un batiburrillo en el que es difícil encontrar lo bueno entre la morralla. Y eso le ocurre, para mí, a este burlador: que pudiendo ser un espectáculo extraordinario, se queda en una serie de apuntes interesantes. De los actores hablaré cuando los vea interpretar cómodamente, sin sujeciones a una tecnología de hace medio siglo.
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