10 de agosto de 2020, 8:07:37
Distritos


Los bomberos recuerdan a sus compañeros caídos en Almacenes Arias

Por Enrique Villalba

El Cuerpo de Bomberos del Ayuntamiento de Madrid recordó un año más a los diez compañeros fallecidos en la tragedia de los Almacenes Arias (calle Montera 29-31), ocurrida el 4 de septiembre de 1987. Madridiario rememora la tragedia con algunos de sus protagonistas.


Una columna de humo fijaba ese 4 de septiembre el eje del mayor siniestro para los bomberos de la ciudad. Sobre las 19.45 horas, una caja de ropa en llamas (quizás por una colilla) de una de las tiendas de ropa más famosa de la ciudad (conocida como Saldos Arias) prendió un cable eléctrico y el edificio se convirtió en una bola de fuego.

Los bomberos desalojaron los almacenes de forma ordenada y apenas hubo heridos por intoxicación. Cuando el fuego se creía controlado, se desató la histeria porque, a pesar de los esfuerzos de los bomberos, las llamas se reavivaron, amenazando con extenderse a los números 27 y 31 de la calle. Las escalas sacaron de las casas a las familias (sobre todo, ancianos), los clientes del Hotel Montesol se quedaron en la calle con sus maletas y Los Guerrilleros tenían que cerrar. A unos metros de allí, las compras y el ocio continuaban, a pesar de las lenguas de fuego.

El fuego arreció, alimentado por el textil del comercio y sus almacenes, y se volvió casi incontrolable. Los bomberos se emplearon hasta el límite. Sin apenas comer, ni dormir. Varias decenas al borde de la asfixia que una y otra vez se lanzaron a vencer al fuego. Al lugar acudieron compañeros francos fuera de servicio y voluntarios de Protección Civil y un montón de instituciones más para ayudar en las labores de extinción.

Finalmente, de madrugada pudieron controlarse las llamas. Cuando ya se creía controlado el infierno, el sótano cedió y se produjo la tragedia. Los deficientes forjados del inmueble se quebraron engullendo entre los escombros a los bomberos que aún trabajaban en su interior. Por si algo más podía fallar, pronto cedía también la estructura del edificio del número 31 y un torreón de un edificio anexo amenazaba su derrumbe.

Su rescate se hizo mano a mano, retirando a sudor y a sangre los escombros. Sin que ningún bombero quisiera ser relevado del servicio. Hasta bien entrado el día siguiente no se pudo conocer el destino de todos los apagafuegos. En una calle Montera silenciosa, los llantos de las familias de los bomberos delataban el trágico resultado. Diez bomberos habían muerto.

Las causas del suceso todavía hoy día no quedan del todo claras. Según los bomberos, los motivos técnicos del suceso pasaron por el incumplimiento de la legislación urbanística. A la deficiente calidad constructiva, reflejada en el pésimo estado de los forjados, se añadió que la empresa había instalado, adosada a la pared y sin permiso, unas escaleras mecánicas de varias toneladas de peso por cada tramo, adosadas a uno de los muros del edificio, que tuvo que ser derribado. Además, en una de las terrazas se encontraba una torre de refrigeración de varias toneladas de forma ilegal, que ponía en jaque el sostén del inmueble. Se acusó a la familia Arias de un incendio intencionado para cobrar, habida cuenta que el mismo edificio había sufrido un incendio similar en 1964, sin víctimas, y otro en sus grandes almacenes de Barcelona. El juicio fue archivado en 1990, después de que se llegase a un acuerdo entre las partes en materia de indemnizaciones.

Rafael Fernández participó en la extinción y rescate. "Se trataba de un siniestro convencional que se complicó por el descontrol urbanístico. Nos ha marcado a todas las generaciones de bomberos, que sabemos que siempre estamos más allá de la línea de seguridad para poner a la gente a salvo". Emeterio García, oficial jefe de área de Bomberos, vivió la tragedia en primera persona. Argumenta que el suceso provocó que se incrementase el control sobre las edificaciones y se mejorasen los medios personales, técnicos y formativos de los bomberos. "Representa un antes y un después en el Cuerpo, para los que estábamos y para los que vinieron después. Es la mejor demostración del honor y el privilegio que tenemos de poder dar la vida por los demás", explica.
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