17 de octubre de 2019, 15:48:22
Cultura y ocio


Cuentos como churros: 'Tregua'

Por MDO

Los escritores Víctor García Antón y Kike Cherta de 'Cuentos como churros' ya tienen listo su segundo cuento ganador -'Tregua'- correspondiente al mes de julio y que publicamos en este diario digital. El último relato ganador podrá leerse en agosto gracias a los buenos ingredientes que nuestros lectores han facilitado a los 'churreros'.


ASÍ ES EL SEGUNDO CUENTO GANADOR:

'TREGUA'

Me despertaron unos ruidos en la cocina. Primero pensé que debía ser el amor de mi vida, que se había levantado a beber un vaso de agua. Pero luego recordé que estaba solo, y que el amor de mi vida ya no dormía a mi lado. Fui a la cocina y me encontré a la Bruja de Octubre rebuscando en la nevera.

La Bruja se disculpó, no pretendía despertarme, tan solo tenía hambre. Me señaló la ventana entreabierta, como si eso justificara su presencia. Era arrugada y vestía unos andrajos sucios de vómito. Parecía más una mendiga que una bruja de poder omnisciente, pero es que no hay que fiarse de las apariencias. En todo caso, era inofensiva y yo ya me había desvelado. Le pregunté a la Bruja qué quería comer. Me dijo que se moría por un huevo frito.

Casqué dos huevos y los freí. En la misma sartén, calenté también unas tiras de jamón. Tosté un poco de pan. Preparé una ensalada ligera, tomate, queso y aguacate. La Bruja de Octubre me observaba cocinar derrumbada en la silla, con una expresión de deleite en los ojos. Su pelo churretoso formaba un único mechón compacto que se arrullaba sobre su frente igual que un gato. Le serví la comida y me senté a contemplar cómo daba cuenta de ella. Apenas usó los cubiertos. Causaba la misma fascinación que ver a una riada llevarse por delante coches y carritos de supermercado. De postre, le serví una cuajada con miel.

La Bruja de Octubre terminó de comer y me preguntó si, por casualidad, no tendría un cigarrito. Yo llevaba sin fumar siete años, pero en las últimas semanas había recaido y guardaba un paquete de tabaco para las emergencias. Le encendí un cigarrillo y me dije, qué diablos, y me encendí otro a mí. Fue entonces, mientras se recostaba satisfecha y tomaba una larga calada, cuando la Bruja de Octubre aprovechó para decirme que no era una mendiga chalada cualquiera, si no que era la mismísima Bruja de Octubre. En agradecidimiento por la cena, me concedería un deseo.

Yo me quedé pensativo. A punto estuve de reírme de ella, de acompañarla a la puerta despidiéndola con frases acariciadoras. Pero al final le pedí que me ayudara a olvidar al amor de mi vida. La Bruja me preguntó tres veces si estaba seguro. Yo le respondí tres veces que sí.

La Bruja de Octubre fue a la nevera y sacó un huevo. Luego me ordenó que abriera la boca. Lo hice. Metió la mano y rebuscó dentro de mí. Extrajo algo que no pude ver pero que oí chillar con voz de niña. La Bruja apretó aquella cosa gritona contra el pálido huevo y la cascara cedió sin romperse, como si fuera gelatina.

La Bruja de Octubre me informó de que debía proteger aquel huevo durante el resto de mi vida, bajo ningún concepto debía romperse. Ahora allí dentro, nadando en la yema, vivían todos los recuerdos del amor de mi vida. Por más que yo lo miraba, el huevo parecía normal y corriente. Yo le di las gracias y ella se despidió. Salió por la misma ventana entreabierta por la que había entrado.

Siete meses después, en el trabajo me ascendieron a gerente. Me dejé barba y barriga feliz. Conocí a una mujer. Era rubia. Tuvimos tres hijos. Una vez ganamos un viaje a Praga. También hice un curso de pintura en acuarela. Mis hijos se cayeron del columpio, aprendieron a dar portazos en su habitación, fueron a la universidad, tuvieron sus propios hijos. Mesa de Nochebuena larga y escandalosa. En tres meses, mi mujer se consumió y desapareció; se la llevó un cáncer de útero. Yo me jubilé. Probé a cultivar un huerto minúsculo. Se me llenaron de dolores los huesos. Una señora colombiana comenzó a venir cada mañana para ayudarme a limpiar la casa, me preparaba la comida y callaba mientras veíamos juntos la tele. Un día, mientras buscaba ropa vieja que regalar a Cáritas, me tropecé con una vieja caja de zapatos. La abrí: dentro se acumulaban postales, sellos, entradas de museo, fotos de un viaje a Cadaqués. Allí, encontré el huevo que me dio la Bruja de Octubre. Me lo quedé mirando un buen rato. El huevo seguía igual de blanco y liso que el primer día. Fui a la cocina y llené una sartén con aceite virgen extra. El huevo se rompió con un sonido nada dramático. Ni rastro de la cosa que gritaba con voz de niña. Lo freí, el huevo. Me lo comí. Rebañé el plato con un pedazo de pan. Luego me senté cerca de la ventana. Podía distinguir mi reflejo arrugado sobre el cristal; mis cejas se me aparecieron enormes y estrafalarias.

Bueno, pensé, estuvo bien.

Al menos, pensé, durante todos estos años tuve una tregua.

Y luego me levanté y fui a buscar al amor de mi vida.
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