26 de enero de 2020, 9:43:16
Distritos


Un libro recoge la metamorfosis de Chamartín de aldea a distrito

Por Enrique Villalba

El Centro de Documentación y Estudios para la Historia de Madrid de la Universidad Autónoma de Madrid, bajo la dirección de Virgilio Pinto y la edición del Ayuntamiento de Madrid, ha escrito el libro 'Chamartín. Aldea, villa, distrito', que recoge los avatares y desarrollo de este emplazamiento de la capital.


Los orígenes de Chamartín no están claros. Perteneciente al alfoz de Madrid, su toponímico se relaciona con la legendaria abadía benedictina de San Martín. Durante el siglo XIV, contó con algunos pequeños núcleos de población que, en muchos casos, desaparecieron entre pestes y avatares políticos, como fue el caso de Alcubilla. La situación llegó a tal punto que, a mediados del siglo XV, la vecindad del pueblo original casi había desaparecido. A finales de siglo recuperó su población.

La cortesanización de Madrid favoreció el crecimiento paulatino de Chamartín como espacio agrícola de importancia que daba servicio a Madrid, especialmente vendiendo vino. En el siglo XVI se produjo una oleada de hidalgos, burócratas y servidores reales que implantaron sus haciendas en el municipio, a costa de los campesinos Fue en esta época cuando se creó la hacienda de Las Crujías (futura hacienda de Maudes). En el siglo XVII, la población residente se estancó, afectando a la producción agrícola y endeudando a los habitantes, que fueron vendiendo sus tierras. Felipe IV vendió el control jurisdiccional de Chamartín en 1627 al marqués Francisco de Trejo, familiar de los obispos de Cartagena y Málaga. Este le dio el nombre de La Rosa, puede que en honor a una rosa de diamantes que dio en las capitulaciones matrimoniales a su esposa. La villa pasó a manos de Juan Francisco Jiménez de Góngora, propietario de la finca de los duques de Pastrana, que recuperó el nombre de Chamartín y amplió el territorio, incluyendo tierras de labor y creando un coto de caza. También trataron de formalizar la creación de un colegio mercedario con panteón en su villa, aunque finalmente crearon el convento de las Góngoras. Su viuda vendió la villa y el palacio a la duquesa del Infantado.

Rafael Gili, profesor del Centro de Documentación y Estudios para la historia de Madrid de la UAM y coautor del libro, explica que "Chamartín es una de las aldeas medievales que contrarrestan el influjo del expansionismo de los señores feudales en los siglos XIV y SV. Al llegar a Madrid, los poderosos van adquiriendo propiedades en la zona y se hacen con el señorío".

En el siglo XVIII hubo un repunte de la población en Chamartín. Se erigió un segundo palacio y se instalaron nuevas tiendas de ultramarinos. La duquesa cedió las explotación de el bosque y las tierras de labor a los vecinos, a cambio de rentas anuales. Crecieron, no obstante, las propiedades de la nobleza y el clero en Chamartín.

En el comienzo del siglo XIX, Chamartín sufrió varias crisis agrarias y hambrunas. Napoleón ubicó al duque de Berg en Chamartín antes de entrar en Madrid y luego 'le pétit caporal' instaló su cuartel general en el palacio ducal nuevo del municipio. Con el advenimiento del Trienio Liberal comenzó un proceso de transferencia de propiedades de los terratenientes, incluido el ducado del Infantado, y el clero a la burguesía comercial, destacando el francés Louis Gilhou. "La abolición del régimen estamental pone en el mercado mucho patrimonio que compra la burguesía. A partir de aquí, comenzará su ampliación, derivada de la fiebre especulativa y el desorden urbanístico generado en los espacios fronterizos a Madrid", continúa el historiador.

En 1840 comenzó el cambio radical en la fisonomía urbana de Chamartín, al calor del rápido desarrollo de la capital, que condicionó su crecimiento. Fue creándose una conurbación. Este crecimiento conllevó también nuevos asentamientos de infravivienda en Chamartín para obreros de Madrid. En cien años, la población se multiplicó por 600, pasando de 116 vecinos en 1848 a casi 65.000 en 1940, superando a capitales de provincia como Pamplona y acercándose a otras como Salamanca. La población se concentró especialmente en Tetuán de las Victorias, tributario de la carretera de Francia (hoy calle Bravo Murillo) y beneficiado por el paso de los tranvías, en la huerta del Obispo y en el caserío de Castillejos. A partir de 1870 se produjo el proceso de urbanización de la zona que derivaría en la anexión definitiva a Madrid en la década de los 40 del siglo XX. Crecieron los caseríos y surgió una barriada obrera denominada Prosperidad, creada con casas bajas, barracas y corralas. También se permitió a Arturo Soria crear su Ciudad Lineal, junto a su tranvía circunvalación.

La colonización obrera del municipio se aceleró a principios del siglo XX, impulsada en la década de los años 20 por la Ley de Casas Baratas, que provocó el surgimiento de numerosas colonias singulares. Crecieron Cuatro Caminos, La Ventilla y las inmediaciones de la calle de Marqués de Viana, donde se implantaban instalaciones del entonces reciente Canal de Isabel II. Fue en esta época cuando se pavimentó la zona y se fueron construyendo infraestructuras públicas (escuelas, juzgados, casas de socorro y casa consistorial). También se creó en el palacio Gilhou una residencia de niños ciegos (hoy sede de la ONCE), un sanatorio de niños retrasados, el avanzadísimo hospital del Enfermedades Infecciosas y el de Convalecientes de Maudes, el cuartel Infanta María Teresa, el colegio de huérfanos de la Armada, el Sagrado Corazón en un nuevo edificio diseñado por el marqués de Cubas y Nuestra Señora del Recuerdo como el palacio viejo de los antiguos duques del Infantado. En 1934, Chamartín se dividió en siete distritos administrativos, incluyendo Tetuán, Ventilla, Almenara y Progreso (incluía la Ciudad Lineal). La burguesía comenzó a invertir en la producción agrícola y en la arquitectura de la zona. También se asentaron profesionales liberales, fábricas como la de curtidos de Gilhou, otra de jabones, o numerosos alfares. Pronto se exportaban a Madrid materiales de construcción, ganado, leche, papel y trapos.

En la Segunda República y la Guerra Civil, Chamartín sufrió la crispación política en forma de atentados y pistolerismo. Durante la contienda, el municipio se alineó con el Gobierno. La zona fue bombardeada por la aviación alemana durante la batalla de Madrid. Fue lugar de abastecimiento para la capital ya que hasta la estación llegaban suministros desde Valencia y otros puntos de la península. La zona fue ocupada el 28 de marzo de 1939 por el ejército nacional. Hasta la anexión de Chamartín a Madrid en 1948, el municipio era el más poblado de todo el cinturón de la capital. Para Gili, "la anexión fue una respuesta a la incapacidad de los municipios metropolitanos de adaptarse a la nueva ordenación territorial que se pretendía para Madrid. La de Chamartín refuerza la idea de prolongación de la Castellana, la avenida de la Paz, Príncipe de Vergara y Serrano. Estos nuevos trazados contagian la política urbanística madrileña a Chamartín".

Desde su unión, el territorio del antiguo municipio fue siendo fragmentado para nutrir otras unidades administrativas. En la Posguerra se procedió a la construcción de viviendas de protección social , alcantarillado y nuevos servicios municipales. También se promovió la ampliación de la Castellana, planteada durante el período republicano, hasta la plaza de Castilla, y la calle del Príncipe de Vergara. En los años 50 se amplió Serrano (abriendo camino a la ampliación del complejo del CSIC de la colina de los Chopos) y, en los 60, se creó el parque de Berlín. Desde entonces, Chamartín completó su urbanización y se terciarizó.

Según el concejal presidente de Chamartín, Luis Miguel Boto, el libro recoge la historia de Chamartín y representa la historia de las gentes que vivieron y constribuyeron a conformar lo que hoy es el distrito. "Han sido los verdaderos protagonistas de lo que pasó y de lo que pasa: que gracias a este desarrollo es hoy uno de los distritos más dinámicos y con mejor proyección de Madrid y uno de los que cuentan con mayor nivel de calidad de vida de la ciudad". Gili concluye que, "a menudo, proyectos editoriales olvidan la historia independiente de cada zona de Madrid. Solo se asocian a la capital desde su ósmosis a mediados del siglo XX".

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