4 de diciembre de 2021, 7:29:20
Opinión


El obelisco de Calatrava: un despilfarro evitable

Por Patricia García


El pasado mes de noviembre presenté ante el Pleno del Ayuntamiento de Madrid una proposición (que, como de costumbre, fue tumbada por la mayoría del Partido Popular) en la que solicitaba la ampliación de las funciones de una de esas oscuras y desconocidas comisiones que pululan por nuestras administraciones y que, alguna vez, sí pueden servir para algo.

Se trata de la Junta de Valoración de Obras de Arte, creada en agosto de 2013 y heredera a su vez de la antigua Junta Municipal de Adquisición de Obras de Arte, que llevaba sin reunirse por lo menos desde 2009. Compuesta tanto por funcionarios municipales (técnicos de sólida formación que desempeñan su labor en los museos municipales) como de profesionales de reconocido prestigio procedentes de diversas instituciones museísticas, la labor de esta Junta es la de analizar las propuestas de incorporación de obras de arte que aspiren a engrosar el ya abultado patrimonio histórico artístico municipal, bien sea por adquisición (y, por lo tanto, por inversión de dinero público) como por la aceptación de donaciones o legados.

Se trataba de una propuesta muy sencilla con la que básicamente pretendía tres modificaciones: incrementar la presencia de técnicos municipales, incluyendo también representantes del Área de Hacienda, ampliar sus competencias para que la Junta tuviera que realizar un informe preceptivo (que no vinculante) no sólo sobre las adquisiciones, sino también sobre las enajenaciones, y extender la obligación de obtener dichos informes también a los organismos autónomos y las empresas mercantiles dependientes del Ayuntamiento. Y créanme, las tres modificaciones tenían su razón de ser.

Brevemente se lo explico. Quería incrementar la presencia municipal para evitar la "fuga" de legados que alguna vez se ha producido, terminando estos legados en manos de algún otro museo con representación en la Junta municipal. Quería que hubiera que informar también de las enajenaciones para evitar pérdidas patrimoniales (aunque sean temporales) autorizadas a la ligera, como el traslado del Berruguete del Museo de San Isidro al Museo del Prado. Quería que se incluyera a los organismos autónomos y empresas municipales para evitar asuntos vergonzosos como las subastas de cuadros, por una ínfima parte de su valor, llevadas a cabo por Madrid Espacios y Congresos. Y, por último, quería incluir a técnicos del Área de Hacienda para que la Junta, además de estudiar el valor artístico, tuviera apoyo técnico para analizar el valor económico de las transacciones, y no sólo estaba pensando en lo que se compra, sino también en lo que se recibe como donación o legado.

Voy a detenerme aquí un momento. Este verano, y en este mismo medio, se publicó la noticia de que el famoso Obelisco de Calatrava colocado en Plaza de Castilla, que le costó 9,5 millones de euros a Caja Madrid (ese conocido prodigio de la buena gestión) y otros 5 millones al Ayuntamiento, era un regalo envenenado que nunca se debió aceptar.

Resulta que ahora, en el inventario del Ayuntamiento de Madrid, el citado obelisco, a pesar del pan de oro que recubre sus láminas de bronce (si sumamos Calatrava y Gallardón, qué menos que el producto nos salga de oro) no vale más que 100.000 euros. Además, no se puede poner en funcionamiento; ésta es una cosa también muy gallardoniana: si a la Caja Mágica se le mueve el techo, no vamos a poner un obelisco estático. Y no se puede poner en funcionamiento porque su mantenimiento y puesta en marcha salen carísimos y el Ayuntamiento no los puede pagar (y, digo yo, aunque pudiera; estaríamos buenos si cada monumento de Madrid nos saliera por 150.000 euros al año). En conclusión, el exDelegado de Las Artes, Fernando Villalonga, dio instrucciones para que se condenara la maquinaria (curiosamente el Sr. Villalonga era representante de Calatrava en España en el momento en que el Obelisco llegó a Madrid...).

En definitiva, y a lo que voy: si el regalito de Blesa (vaya por Dios, los nombres ilustres que aparecen en esta historia) hubiera pasado en su momento por una Junta profesional y técnica como la que Unión Progreso y Democracia proponía, movida por el interés general de los ciudadanos de Madrid en vez de por la deslumbrante oportunidad de hacerse unas bonitas fotos a costa de un dineral de fondos públicos o semipúblicos, lo más probable es que el Obelisco no se hubiera aceptado.

Pero en fin, la proposición no salió adelante... Me consuela que, en estos tiempos de penurias es improbable que se produzcan, al menos de forma inminente, nuevos desaguisados como éste y, a lo mejor, andando el tiempo, consigo convencer a quien gobierne el Ayuntamiento de que vote las cosas por su propio bien y el de sus ciudadanos y no en su contra.

Patricia García
Concejal de UPyD en el Ayuntamiento de Madrid

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