13 de noviembre de 2019, 14:17:28
Cultura y ocio


El mayor espectáculo del mundo

Por Fernando González


A lo largo de una existencia bien aprovechada uno puede cambiarse de oficio, de mujer, de marca de automóviles, de ideología o de patria, pero de lo que nunca se mudará es de equipo de futbol. Con tal rotundidad se expresaba uno de los personajes más característicos de la película argentina "El secreto de tus ojos". Puedo asegurarles que la sentencia citada va a misa. Yo no conozco a nadie que haya traicionado a sus colores futbolísticos para sustituirlos por otros distintos. En mi familia siempre se militó en la tribu del Real Madrid y con esa herencia me marcharé yo al otro barrio. Asomándose por la ventana de mi hogar infantil se veía la silueta del Estadio de Chamartín, resplandeciente y perfilada cuando los encuentros se jugaban por la noche. A pesar de mi estirpe madridista, el Atlético de Madrid nunca me provocó la antipatía que siempre advertí en muchísimos merengones de mi entorno.

Muchas tardes domingueras, con el almuerzo todavía en el gaznate, de la mano de mi padre primero y con mis amigos después, bajada apresuradamente la cuenta del Paseo de la Habana hasta la calle de Concha Espina. Después me afincaba con holgura en los mejores huecos del graderío blanco. El maravilloso espectáculo del futbol iba a comenzar. Hace muchos años, en lo que hoy es la esquina comercial del Bernabéu, estaban los campos arenosos y el gimnasio donde entrenaban los artistas que hicieron pentacampeón de Europa al Real Madrid. Había también una piscina recoleta para los socios, adornada con flores, estatuas de atletas griegos, cascadas de agua y un solárium para broncearse en cueros. En uno de los laterales de la pileta se abría al público un restaurante espléndido, que servía excelentes paellas y los percebes más hermosos que yo haya visto nunca. En aquel lugar, situado en la trasera de uno de los fondos del Estadio, aprendió a nadar el niño que yo era.

Cuando aquellos colosos idolatrados terminaban la faena y se cerraba la fábrica, apelativo que Di Stefano utilizaba para referirse al Bernabéu, recién duchados y elegantemente trajeados, comían en la marisquería de aquel recinto recreativo. Bellísimas mujeres revoloteaban entre las mesas reclamando la mirada cómplice de los astros del balón. Rememoro a Pachín, Del Sol, Puskas, Rial, Gento, a la Saeta Rubia y a otros más, cuyos nombres no logro asociar ahora con las caras que recuerdo. Un día de agosto, a punto de comenzar una nueva temporada, paseando con mi progenitor por el bordillo de la pileta, se nos acercó Emilio Santamaría, central por entonces de aquel Real Madrid de ensueño. Con su acento dulzón y arrastrado, aprendido en el Rio de la Plata, nos preguntó: "¿Al pibe le gusta el futbol?". "Es muy pequeño todavía, pero le gustará". Mi padre acertó de pleno. Tiempo después, con el carnet de socio en la cartera, el futbol entró en mi vida y ahí continua.

Me viene también a la memoria nuestra pandilla familiar, colocada en círculo alrededor de la mesa camilla, escuchando en silencio las retransmisiones radiofónicas de las repetidas hazañas del Madrid de las cinco Copas. Bermejo, Prats o Mariñas eran tan buenos narradores, que sus voces nos transportaban a los terrenos europeos donde el Real escribía sus glorias deportivas. El NODO certificaba después sus triunfos memorables, mostrándonos a los campeones llegando a Barajas con la orejona en los brazos. Comenzó el declive de los inmortales cuando la TV llegó a mi casa. Aquel cacharro solo nos ofrecía finales perdidas y eliminatorias dolorosas. En blanco y negro sufrimos la superioridad del Benfica de Eusebio y Colunna, la derrota frente al Inter de Luisito Suárez, Mazzola y Maldini padre y la aparición en escena de otros equipos formidables.

Repentinamente aparecieron los yeyés y con ellos se ganó la Sexta. Acurrucado y angustiado, alborozado finalmente, celebré el 2-1 definitivo. Aquella alineación del Madrid es la única que puedo repetir de carrerilla: Araquistaín, Pachín, De Felipe, Sanchís padre, Pirri, Zoco, Serena, Amancio, Grosso, Velázquez y Gento. Serena empató un partido que íbamos perdiendo y Amancio logró el gol de la victoria. Gento se convirtió aquella noche en el jugador con más Copas de Europa: tantas como seis. Horas después reviví todo y a todo color en las páginas de Pueblo y Marca. A partir de ese día y hasta el gol de Mijatovic a la Juve, decenas de años después, el Real Madrid no volvió a coronarse en Europa. Para desgracia de la peña y de ellos mismos, uno de los equipos herederos de tan ilustres campeones, llamado de los García por la redundancia de tan común apellido en sus filas, perdió una final en París a manos del Liverpool. ¡Qué disgusto! Por Chamartín pasaron después grandes estrellas del trepidante futbol alemán como Breitner y Netczer, pero fueron los Gallego, del Bosque, Juanito, Santillana, García Remón, Miguel Angel, Jancovic, Angel, Valdano, Pinino Más, Benito, Rocha, Sol y muchísimos más los jugadores que ganaron decenas de Ligas, alguna Copa del Rey y dos memorables Copas de la UEFA.

Más adelante llegó el desembarco de los machos y en la pradera del Bernabéu los adversarios tuvieron que rendirse a la tropa de los Camacho, Maceda, Hugo Sánchez, Gordillo y compañía. Batallón que se enriqueció después con la Quinta del Buitre, Manolo Sanchís, Martín Vázquez y Michel. Tampoco ganaron la Copa de Europa y el mal fario les acompañó por todos los países europeos donde jugaron. Viéndoles correr con el balón, combinarse en el campo con una magia que solo ellos conocían y rematar al fondo de las redes con una puntería inigualable, tengo que decirles que nunca he disfrutado tanto del futbol como en aquellos años. Sólo el Barcelona de Guardiola ha igualado lo que hicieron aquellos tipos. Tampoco las incorporaciones de Schuster o Laudrup vencieron la maldición que privó a esa generación de la Copa de Europa. El desconocido PSV holandés, el tanque artillado del Bayern muniqués y la finura estratégica del Milán de Arrigo se cruzaron en el camino.

Cambió el milenio y la derecha gobernó España, advenimientos singulares que acompañaron la conquista de tres Copas de Europa contemporáneas. La primera de ellas, contra todo pronóstico, la facturó un montenegrino malabarista y engominado procedente del Valencia. Por aquellos tiempos estaban en el Madrid, o fueron llegando, celebridades como Mijatovic, Suker, Karembeau y Seedorf, los tres Fernandos - Morientes, Redondo y Hierro -, la flecha de nombre Roberto Carlos, los chavales madrileños Iker Casillas y Raúl González, apuntados ya en la mítica madridista. El elenco se engrandeció con los fichajes a lo Florentino: Figo, Ronaldo, Beckam, Mcmanaman, Anelka y Zidane. Todos ellos se trajeron a Madrid la Octava y la Novena. Diez años después el Real Madrid de los Cristiano, Benzemá, Bale, Modric, Pépe, Ramos, Alonso y demás compañeros, se enfrenta por la Copa de Europa al Atlético de Coque, Courtois, Gabi, Filipe Luís, Juanfran, Godín, Miranda, Turán, Villa y Costa. El trofeo, en cualquier caso, se quedará en Madrid. ¡Que comience ya el mayor espectáculo del mundo!

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