20 de noviembre de 2019, 16:37:28
Opinión


Refugiados en casa

Por Fernando González


El paro juvenil ha derivado en una tragedia insoportable para todos los que habitamos en la Comunidad de Madrid. Más de la mitad de nuestros hijos y nietos, con formación o sin ella, continúan mano sobre mano, refugiados al amparo familiar, aburridos de golpear en tantas puertas laborales cerradas para ellos. Así las cosas, un 75% de nuestros chavales y chavalas consultados por la estadística oficial aceptarían cualquier empleo, al precio que se les imponga y en el país que pueda ocuparles.

Aquí nos independizábamos tardíamente y la tradición señalaba el mismo camino a todos: del hogar familiar al pisito de recién casados, bien entrados ambos en la veintena, empleo fijo y algún dinerillo en la cartilla de ahorros. Ese era el itinerario vital. No había vuelta atrás y los que se quedaban en casa al cuidado de sus padres recibían el dudoso calificativo de solterones.

Me refiero a épocas pretéritas superadas por la evolución trepidante de la sociedad española. Los años de bonanza económica y una formación profesional como nunca tuvimos empujaron a nuestros hijos a la emancipación temprana, tan aplaudida y envidiada por nosotros.

Se fueron con la sonrisa iluminándoles la cara, tentados por los salarios que colgaban del milagro nacional y los créditos basura que les vendieron ejecutivillos de poca monta en cualquier caja. Se alquilaron el apartamento o se lo compraron, lo amueblaron y se dotaron después de todo aquello que se les antojaba imprescindible para mantener una vida libre e independiente.

Al poco tiempo, sin que ellos y nosotros intuyéramos lo que se nos venía encima, reventó el grano de la crisis y se encontraron de la noche al día con una deuda que no podían pagar. Algunos han aguantado como han podido, otros han salido a flote y muchos más han empaquetado en cajas lo que pudieron salvar del desastre y han amarrado en el muelle abrigado de su familia.

Los mejor preparados solo necesitan descansar, recomponer la figura, esperar a que el viento vuelva a soplar de cola e intentarlo de nuevo. Los chavales que dejaron los estudios engañados por los cantos de sirena del trabajo sin cualificar y los salarios de oro, lo tienen crudo. Parados, sin oficio ni beneficio, permanecen agarrados a la mesa paternal donde cada día se les sirve la sopa boba. Contemplan perplejos y deprimidos la nada que les ofrece el futuro y no tienen fuerzas ni ganas de nuevas singladuras.

El Estado debería levantar un monumento a la familia en todas las plazas públicas y el gobierno regional, por su parte, tendría que valorar muy bien las medidas que adopta y no apretar más las clavijas a todos aquellos que todavía se mantienen a sí mismos y han sido capaces de lanzar un salvavidas a sus hijos y sus nietos víctimas del naufragio general.

¡Buena suerte, muchachos!

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