28 de noviembre de 2020, 7:07:50
Opinión


El orgullo garrulo

Por Rafael Martínez-Simancas


Un tío vestido de angelito pero con quince años de gimnasio encima, torso desnudo y tanga reducido, se me acercó para gritar: “¡te amo!” en plena calle Barbieri. Entonces comprendí el miedo de los pastorcillos ante una aparición mariana, conclusión: los ángeles se visten de lo que les da la gana y también hay locas en la corte celestial. Esto se veía venir, en cuanto se aflojan las costumbres se les sueltan las plumas a los angelitos. Quizá como autodefensa, después del susto que me dio ese hombre, (porque era hombre aún depilado, era hombre a pesar de llevar el pajarito preso en cuero reciclado de Ventas con Peña Aguilera), imaginé un fin de semana que fuera todo lo contrario, el Día del Orgullo Garrulo y la verdad es que sale algo muy divertido.

En vez de pregón de Marta Sánchez que les llamó maricones sin reparos, que hablara desde la plaza de Chueca un machote como Martínez Pujalte acompañado de dos adjuntos con el palillo en la boca y el peine en la cartera convenientemente colocada en el bolsillo de atrás, (¡vaya por Dios!). Y una multitud abigarrada de tíos de pelo en pecho seguirían el pregón pero sin tocarse porque son muy machos, incluso haciendo chistes de esos en los que siempre aparece la metáfora del bigote de una gamba. Luego, en lugar de la carrera con tacones, los cien metros detrás de unos culos voladores premiándose tanto al que llegara antes a la meta como al que mirara de forma más soez. Y un concurso de tíos que quieren imitar a Torrente con más mugre encima que talento. Amén de una subasta de piropos con premio para el más patán, situándose al efecto un andamio para que los participantes se encuentren en su salsa urbana, el ganador obtendría una colección de revistas usadas con chicas en biquini como las que decoraban las taquillas de los barracones en la mili, (comprendo que es una antigüedad hablar del servicio militar pero buena parte de los españoles que tenemos más de cuarenta años cumplimos con la patria en un ambiente cuartelero que alguien debería reproducir como parque temático del mal gusto).

Claro que para un día así, tan normal, tampoco hace falta ir a Chueca, basta con darse una vuelta por la ciudad donde tipos así abundan. Son fáciles de reconocer: eructan sobrados y mean en las paredes cuando tienen ganas que para eso van de testosterona hasta arriba.
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