18 de octubre de 2021, 5:30:53
Opinión


Inmundicia grafitera


 


Madrid padece una viruela grafitera que afea sus calles y plazas. Patrullas de vándalos pintamonas, pulverizador en ristre, salpican de garabatos esquizoides los escenarios públicos y privados de nuestra Villa. Estos trogloditas contemporáneos utilizan como lienzo cualquier pared, cierre metálico o escaparate acristalado que les venga a mano y allí quedan los escupitajos tintados. En ciertas ocasiones, abrumado por la proliferación de tantos manchurrones en las fachadas y monumentos de mi ciudad, me detengo a contemplar la chapuza y no soy capaz de relacionar las pintadas con ninguna expresión gráfica conocida. Buscándole una explicación lógica a tanto desafuero, trato de analizar lo que pretende comunicarnos el tatuaje callejero, intento de interpretar el mensaje oculto en esa maraña de trazos amontonados en lo que fue una superficie virgen, miro pacientemente y solo intuyo la rúbrica grotesca de algún descerebrado que pretende justificar su existencia ensuciándolo todo.

No seré yo quien discuta los orígenes del grafiti como una expresión espontánea y democrática de arte urbano, una demostración cultural que se dejaba en cualquier rincón ciudadano, pintadas sobre los muros fríos y grises de una sociedad desamparada. Tampoco pretendo descalificar con mis críticas a los buenos grafiteros que engalanaron las tapias de medio mundo con sus novedosas creaciones, pero aquellos artistas no tienen relación alguna con los impostores actuales. De aquel personaje irrepetible que se identificaba como Muelle en sus arabescos -diseñador cotizado que fue después, desaparecido tempranamente-, de aquel Muelle hasta ese tipo que hoy embadurna con su firma todos los espacios limpios va un buen trecho. En mi barrio es un tal Jorba, o algo parecido, el encargado de manchar lo encalado repetidamente. Es un guarro con mayúsculas, un gamberro indocumentado, un mequetrefe incívico que probablemente fue incapaz de dibujar un patito en el parvulario de su escuela.

A pesar de los esfuerzos que todos hacemos por mantener limpia una urbe que aspira a sede olímpica, Madrid parece descuidada y suburbial por culpa de estos majaderos que lo dejan todo hecho una pena. Los vecinos respetamos las disposiciones municipales, renovamos periódicamente las fincas donde vivimos, modernizamos las instalaciones comunitarias, pintamos y revocamos las fachadas, limpiamos las escaleras y los portales, reciclamos los desperdicios y retiramos  de la calle los cubos de la basura. Cumplimos nuestra parte del contrato y nos gastamos nuestros buenos euros en estos menesteres. El Ayuntamiento se gasta también un dinerito importante en mantener presentable y saludable la ciudad de Madrid. ¿De qué bula disfrutan los grafiteros? ¿Cómo es posible que no se ataje, de una vez por todas, una lacra tan degradante? Más difícil parecía eliminar de las aceras las cacas perrunas y vamos camino de ello. Multiplíquense las multas y persígase decididamente a los infractores. ¡Acabemos con la inmundicia grafitera!
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