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El trastorno bipolar afecta a dos de cada cien personas

La enfermedad de las emociones

La enfermedad de las emociones

miércoles 07 de septiembre de 2011, 00:00h
Eufórico o triste. Con ganas de comerse el mundo o con ganas de morir. Con miles de planes o con ningún plan de vida en absoluto. Las personas que padecen trastorno bipolar viven en un carrusel permanente de emociones que trae de cabeza a quienes les rodean. Madridiario ha charlado con expertos, pacientes y familiares para conocer un poco más de un mal que afecta al dos por ciento de la población.
“A veces tengo una sensación horrible. Pienso que todo está fatal, necesito llamar la atención, necesito que me ayuden… Mis vecinos se asustan porque me pongo a dar voces cuando estoy sola en casa. Después me siento muy culpable porque me da vergüenza y porque no quiero que mis hijos se sientan mal”. Quien así habla es una mujer que sufre trastorno bipolar. Hoy está contando sus sensaciones ante otros quince afectados en una de las terapias que se organizan en la Asociación Bipolar de Madrid (ABM) –C/ General Zabala, 14-. “No te tienes que sentir culpable”, le replica otra asistente, “aunque a mi también me pasa”, reconoce después.

Se dice que dos de cada cien personas padece trastorno bipolar. El diagnóstico es lento, tarda una media de ocho años en producirse. Debe ser dictaminado por un psiquiatra mediante observación clínica, y se trata, en palabras del coordinador de ABM, Diego Oliver, de “una enfermedad biológica con repercusiones mentales”. “Se produce como consecuencia de un desequilibrio electroquímico entre neurotransmisores”, añade.

“Es importante que los enfermos sean conscientes de la naturaleza biológica de la enfermedad, porque así comprenderán de una manera más fácil que la medicación es imprescindible. Si alguien tiene diabetes sabe que necesita insulina y no se lo plantea más, sin embargo, una persona con trastorno bipolar suele pasar momentos en los que considera que no necesita tomarse nada, cuando no es así”, afirma Oliver.

Manías y depresiones
El trastorno alterna fases de euforia o manía con fases de depresiones profundas. En las primeras el enfermo entra en un estado muy exaltado pero, a diferencia de lo que se cree, “no es feliz”. “Es verdad que no está deprimido y que se encuentra con una capacidad física bestial pero es porque está obsesionado con alguna idea que no le deja ver más allá, eso no es felicidad”, explica el coordinador del organismo. Algunos pacientes, cuando están en manía, consideran prioritario poner en marcha proyectos de trabajo, comprar compulsivamente, apuntarse a dos carreras al mismo tiempo o, por ejemplo, irse de viaje sin avisar. “No tienen por qué ser cosas malas, lo que sí son siempre es desmedidas, irracionales. La familia no existe, el bipolar no escucha porque solo está centrado en los temas que le interesan en ese momento, incluso le cuesta conciliar el sueño”.

La depresión se da con más frecuencia y son episodios más prolongados. El sentimiento agudo de culpa, ocasionado habitualmente por lo hecho en manía,  provoca pensamientos del tipo “no valgo nada”, “la vida no tiene ningún sentido”, “por qué tengo que vivir si yo no quiero”. La manifestación de estas expresiones es “durísima” para la familia.

¿Cómo comportarse?
“Me siento muy mal, quiero que ella vuelva a ser lo que era. Ha perdido a sus amigos y me da miedo que trabaje, no sé qué hacer”, dice el padre de una chica de 27 años que sufre el trastorno. “Me amenaza con suicidarse, me da miedo dejarla sola”, añade.

La psicóloga Usue Espinós considera que los familiares, pese a la preocupación, no deben sobreproteger a los pacientes. “La sobreprotección hace que ellos se sientan aún más culpables y de lo que se trata es de que puedan ser independientes”, afirma. Sin embargo, los allegados no saben cómo comportarse: “Yo creo que lo mejor es animar para que hagan cosas que les motiven, que sientan que les necesitamos pero sin llegar a controlarlo todo”, afirma Luis, casado con una mujer bipolar.

Lo de animar no siempre resulta fácil. Durante una de las terapias que tienen lugar en la asociación, una chica embarazada que está muy nerviosa asegura: “Yo hago lo posible por animarme, pero no puedo. Me cuesta mucho que acabe el día y solo estoy bien mientras duermo. No tengo hambre y a mi novio no le dejo ni que me toque. Luego me siento peor. Yo no sé si voy a ser buena madre”. “Vas a ser la mejor madre del mundo”, le dice otra de las presentes.

Este tipo de terapias consiguen que, al menos, muchos pacientes comenten en voz alta cómo se encuentran. La mayoría dice sentirse un poco “abandonado”, “hundido” y “no querido”. “Los bipolares somos muy sensibles, muy emocionales, todo nos afecta”, comenta un hombre.

El grito
Tanta sensibilidad ha hecho que al trastorno sea conocido como ‘la enfermedad de las emociones’. Se dice que el famoso cuadro de ‘El grito’, de Edvard Munch, está basado en la desesperación de la hermana del pintor, que fue ingresada en un hospital psiquiátrico de Oslo parece ser que como consecuencia de un trastorno bipolar. El régimen nazi tachó a Munch de degenerado y a su obra de ‘arte demente’. Más adelante la revista Time utilizó la pintura como portada de una edición dedicada a las perturbaciones por culpa y ansiedad, Andy Warhol la imitó y acabó convirtiéndose en un objeto de reproducción en masa.

Según datos del Gobierno regional, en Madrid unos 50.000 ciudadanos sufren esta enfermedad. Pese a su gravedad (es crónica), “el paciente, con tratamiento, puede llevar una vida absolutamente normal”, apunta Oliver. Y es que no es habitual pasar la vida de una fase a otra, sino que los enfermos pasan por periodos calmados -denominados eutimias- que pueden llegar a durar años.
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