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Crítica teatral.- Veraneantes

Crítica teatral.- Veraneantes

No parece que la humanidad haya cambiado mucho en el último siglo. Gorki estrenó en 1904 “Veraneantes”, una comedia sobre amores, ambiciones, anhelos y frustraciones. Miguel del Arco trae esos personajes a nuestros días y a nuestro entorno.
Un grupo de amigos reunido  en una casa de verano para pasar las vacaciones. Como se preguntan los protagonistas de “Arte” estos también podrían concluir: ¿Por qué somos amigos si no nos soportamos?
La Abadía presenta hasta el 29 de mayo este gran trabajo teatral, que se disfruta intensamente porque los actores están al alcance de la mano del público, entrando y saliendo de entre los espectadores.

“Veraneantes” es un retablo de personajes variopintos, ninguno de ellos “normal”. Está el político carente de escrúpulos con una esposa sojuzgada; el activista pelma, el joven descerebrado, el profesional de éxito, el veterano aburrido… Sus historias se cruzan constantemente en ese espacio de aparente relax que es la playa o la casa en el campo. El tórrido verano termina como todos: con una gran tormenta que empapa a los protagonistas con sus contradicciones y mentiras. Los veraneantes se van y, como dice la amiga-criada que se queda en lugar: tras la marcha lo dejan todo lleno de mierda.
Sabemos que la acción transcurre en España porque en un momento lo dice algún personaje. Pero podría ocurrir en cualquier otro país. Los personajes y sus actitudes serían los mismos. Son arquetipos geniales, perfectamente dibujados y reconocibles en nuestro entorno. El reparto es perfecto. Todos los actores encajan a la perfección en sus personajes.

Hay que comentar al potencial espectador que va a presenciar un trabajo teatral muy serio y concienzudo. No es una producción convencional para llenar dos horas. Actores y directores se embarcan en una aventura colectiva, en la línea de su trabajo anterior, “La función por hacer”.  Son once jóvenes actores con carreras individuales estimables, que se supeditan al conjunto. Y el resultado es una magnífica velada teatral. Ellos –y supongo que Del Arco- nos devuelven la extraordinaria escuela de una interpretación naturalista.

No impostan, no fingen, no echan mano de trucos del oficio. Salen a la arena a decir su papel y a hacernos creer que sufren por amor, que tienen problemas familiares, que se odian… y nos lo creemos. Si estuviéramos en una velada de ballet hablaríamos de solos, pasos a dos, pasos a cuatro, escenas del cuerpo de baile… términos aplicables a esta representación. Los protagonistas entran y salen. Se encuentran y se despiden. Cada cierto tiempo vuelven todos a escena para los momentos más explosivos. Pero el director nos va dando la oportunidad de conocerlos individualmente. No renuncia a una cierta ironía, incluso al humor, a pesar de que, analizados los problemas, son auténticos dramones.

Siendo injusto, lo admito, destacar a alguno de los intérpretes, no me resisto a hacerlo. Vaya por delante que todos están estupendos. Pero a mí me ha sorprendido Miquel Fernández. Acostumbrados a verlo en musicales, aquí se revela como un potente actor, del que aprovechan también su talento musical. Bárbara Lennie es una excepcional conductora-instigadora de todo el grupo y Cristóbal Suárez logra su mejor trabajo hasta la fecha con el personaje más complicado de componer.
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