www.madridiario.es
Crítica teatral- Gata sobre el tejado: disseny

Crítica teatral- Gata sobre el tejado: disseny

lunes 07 de febrero de 2011, 00:00h
En este montaje que se ve en el teatro Valle Inclán, ni el tejado ni la gata están calientes. ‘La gata sobre el tejado de zinc caliente’ transcurre, según su autor, en un tórrido verano en el Sur estadounidense. La propuesta de Madrid sugiere, con unos matojos de algodón en el decorado, que es así. Pero también podría pasar en una urbanización de iglús en Laponia. Todo, eso sí, de mucho diseño, de disseny.

'La gata sobre el tejado de zinc caliente' en el teatro Valle InclánLa trajeron por primera vez a España José Luis Alonso y Luis Escobar, en 1959, con Aurora Bautista como Maggie “la gata”. He visto este drama en dos ocasiones anteriores, dirigido por Gandolfo y por Gas, y de ambos solo recuerdo al imponente Lemos en la versión de 1984. La actual, intuyo, tampoco quedará en mi memoria. Y no es que el espectáculo esté mal, que no lo está. O que no interese. Es que, desde mi punto de vista, falta Williams. Estamos viendo últimamente cómo se recortan los grandes textos dramáticos para dejarlos en poco menos de hora  y media de representación. Lo hizo Tolcachir con “Todos eran mis hijos” y ahora Alex Rígola con su “adaptación libre”. El espectador se pierde así los numerosos conflictos menores que incluyen obras como éstas y que no son accesorios, sino complementarios del drama central. Lo que le sucede a los protagonistas es por causa de todos y cada uno de los personajes.

En esta gata apenas hay acción. Los responsables han sacado largas escenas de a dos o los monólogos más atractivos y poco más. El director impone un estatismo, una rigidez, que quedan muy bonitos y fotogénicos, pero que no tienen, ni por asomo, la pasión de los personajes. Sirva como ejemplo la madre, que entra y sale de escena como un zombi y actúa como enajenada.

Este resumen escénico de ‘La gata…’ interesa porque el conflicto –la incomunicación- sigue siendo magistral y porque los actores se esfuerzan. Unos –pocos- bastante, los demás muy poco. Conste que es por la propuesta del director. En una de las primeras escenas Brick y Maggie meten una morcilla: “Yo no soy Paul Newman. Ni yo Elizabeth Taylor”. No era necesaria la puntualización. Pero sí quiero destacar el trabajo de Joan Carreras como el alcohólico Brick. Realmente, desde mi punto de vista, es el mejor del reparto. Obligado a escuchar más que a hablar, se convierte en un individuo frágil, atormentado, vulnerable. Y lo hace desde dentro, sin aspavientos, sabiéndose centro de todos los conflictos pero ajeno a todos ellos. El espectador no puede por menos que sentir simpatía hacia él. Incluso lástima. La larga escena entre padre e hijo es lo mejor de toda la representación.

Decorado único, iluminación casi expresionista, estatismo, un pianista en la esquina, una gata desnuda… todo muy plástico, pero teatralmente es como degustar un cocido “deconstruido”.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios