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Gólgota picnic: concierto para actores

Gólgota picnic: concierto para actores

sábado 08 de enero de 2011, 00:00h
Rodrigo García, uno de los hombres de teatro más controvertidos de las últimas décadas, entra por primera vez en un teatro oficial con su montaje 'Gólgota picnic'.  Gerardo Vera, director del CDN, tendrá, seguramente, que escuchar muchas cosas por haber programado este espectáculo en el María Guerrero. Rodrigo hace un teatro incómodo, apreciado en festivales internacionales, pero apenas presente en circuitos como el del teatro público español.
Al entrar en la sala se percibe un olor dulzón, que permanece en las pituitarias horas después de haber salido. Proviene de los cientos de panes de  hamburguesa que alfombran el escenario. Sobre ese suelo de reminiscencias eucarísticas celebran el picnic los actores. Primero, con una especie de festival de la hortaliza, seguido por un alarde de gusanos vivos entre panes y hasta por la acción de una picadora de carne que tritura unos cuantos kilos para hacerle una peluca a un señor. Se supone que al Señor. No faltan los desnudos integrales de toda la compañía, recibiendo una ducha multicolor de la que saldrá una especie de Sábana Santa, momento, por cierto, muy potente plásticamente. Toda esta ceremonia de lo absurdo es para -creí entender- diseccionar el mensaje evangélico y la propia figura de Jesucristo. Parece que, desde el punto de vista del autor, esos mensajes dicen exactamente lo contrario de lo que se afirma universalmente.

Tengo la impresión de que una de las premisas del teatro de estos profesionales que pretenden epatar, sorprender, escandalizar, educar o revolucionar al público, es la de hacer espectáculos larguísimos. Le suele pasar a Angélica Lidell. Normalmente, sobre un escenario, los inventos pierden la capacidad de sorprender si se prolongan durante mucho rato.

Trascurridos noventa minutos de este Gólgota, se introduce un piano al escenario. El pianista interpreta la reducción para este instrumento de  'Las siete últimas palabras de Cristo en la Cruz'. Las interpreta desnudo, porque de todos es sabido que Haydn suena muchísimo mejor si el artista lo ejecuta en pelotas. Tras los cincuenta minutos de concierto para piano solista -y desnudo- se proyectan unas imágenes de un cristo caricaturizado planeando sobre el mundo. No conseguí averiguar si con intención de abalanzarse sobre él, o expelido por las maldades y atrocidades que somos capaces de cometer la raza humana, como ya se indica en el introito del montaje. Así termina el calvario. Perdón, el Gólgota. Lo bueno de estos montajes es que lo mismo pueden servir para el Gólgota que para el diario íntimo de unos soldados de misión en el Golfo Pérsico. Si el pianista interpreta su versión de alguna partitura de Henry Purcell podría salir un 'happening' muy bonito. Y si encuentra la versión pianística de la cantata 'Arrano Beltza' (águila negra) de González Acilu se lograría algo apocalíptico.

No se le puede negar a Rodrigo García el mérito de hacer teatro formalmente complejo para el que necesita la complicidad de un equipo avezado. Los cinco actores se prestan entusiastas a realizar todo tipo de acciones, muchas de ellas sumamente incómodas. Y el director se rodea de un equipo técnico-artístico capaz de plasmar sus ideas con brillantez. En su periplo internacional ha podido contactar -y  convencer- con gentes como el pianista italiano Marino Formenti, el portugués John Romao -ayudante de dirección- o la madrileña Belén Montoliú, diseñadora de vestuario que trabaja en Alemania desde hace algún tiempo.

Tengo curiosidad por saber cómo será la reacción del público de pago en una función de sábado. Pero lo preguntaré a algún espía. Con el teatro de Rodrigo García pasa como con el turismo en Bucarest: se tiene que ir una vez y con eso basta para toda una vida.
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