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Hecha la ley, hecha la casa

Hecha la ley, hecha la casa

viernes 29 de abril de 2011, 00:00h
Llaman a la puerta y es un tipo del Ayuntamiento. Eso, ahora y en los tiempos de los Reyes Católicos, sólo puede significar una cosa: que te van a pedir algo. En este caso, lo que te pide es entrar, se da una vueltecita por tu casa como si se llamase Pedro, apuntando en su libreta. Tras la visita, te comenta, así como quien no quiere la cosa, que la mitad de tu casa acaba de ser requisada para que el Consejero de Tornillería de Villa Estamostodos, Don Séptimode Caba Llería, la ocupe durante su visita a Madrid para tratar asuntos en la Villa y Corte. Antes de que puedas decir esta casa es mía, el hábil funcionario, ducho en estas lides, te ha colocado a dos palmos de los ojos un documento legal en el que puedes leer algo así como "Regalía de Aposento". Donde hay Rey, no manda marinero, o algo así. Te toca cambiar a los niños de cuarto y colocar a la suegra, otra vez, en el trastero.

Esto, que ahora nos parece como de cuento absurdo, pelín kafkiano, sucedió en nuestro Madrid desde 1561, año en el que Felipe II decidió que fuéramos capital de ese imperio en el que dicen que nunca se ponía el sol, hasta casi finales del siglo XIX. Madrid, como casi siempre que le pasa algo gordo, no estaba preparada para aquello. Uno de los problemas consistía en que no tenia una infraestructura suficiente para albergar a toda la población, tanto permanente como de visita, que acarreaba ser el centro de un entramado imperial de unas dimensiones tan globales. El papel que en nuestro pequeño cuento esgrime el funcionario municipal ante nuestra ojiplática mirada contiene, en efecto, una ley llamada Regalía de Aposento, tradición medieval convertida en disposición fija con la llegada de la capitalidad a Madrid.

Cuando los Reyes eran como los de baraja, no tenían una capital fija, e iban en una especie de Tour Veraniego todo el año por las poblaciones de su reino. Hoy aqui, que tienen unas fresas estupendas, decía la Reina. Y allí plantaban el Pitoste. Al mes siguiente, lo mismo se acercaban a Talavera, que necesitaban un poco de menaje. Y así iban los chiquillos. Con la Conquista de América, el engrandecimiento de la Corona y sus recursos y burocracia, aquel sistema no podía continuar. Y se decide que Madrid sea la capital permanente, pero también que esa Regalía de Aposento, que regulaba que las casas de las ciudades y pueblos donde llegaban los monarcas debían ceder la mitad de su espacio para uso de los integrantes de la Corte, se haga tan permanente como la capitalidad.

De esta manera, se intenta subsanar la carencia en Madrid de tabernas y locales donde albergar a todos los personajes que acarreaba la Corte Imperial. Un tal Lope de Vega, por ejemplo, disponía de su hogar para tales menesteres. Aunque no lo parezca, no se trató sólo de una imposición de Felipín, sino que fueron las mismas fuerzas vivas del Foro las que decidieron acatar la Regalía para poder obtener los supuestos beneficios de ser capital de las Españas. De aquellos polvos vienen estos atascos.

Pero hecha la ley, hecha la casa. Y es que los madrileñitos con posibles, aquellos que por esos siglos vieron las orejas a la Regalía, comenzaron a hacer uso del coco para saltársela como Gatos que eran. Tejados imposibles, establos que sólo eran tales cuando venia el funcionario, fachadas que eran eso, pura fachada. Todo valía con tal de que no llegaran a tu casa y te colocaran a un tío que vaya usted a saber de que pie cojeaba. A aquellas muestras de arquitectura "picaresca" se les denominó "Casas de Malicia". Llegó a haber por lo menos un millar en Madrid, y aun quedan algunas como muestra. La mejor conservada se encuentra en la esquina de la Calle Redondilla con la de los Mancebos. Y en el museo de la ciudad se pueden ver maquetas de algunas de estas singulares construcciones. Uno de los lugares de mayor concentración de este tipo de casas era la Ribera de Curtidores, especialmente favorable para ello dada su pendiente.

No es nada probable que la historia vuelva a repetirse, pero como madrileño prevenido vale por dos, el día que me aparezca un funcionario llamándome a la puerta, no le dejo pasar de la alfombrilla.
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